miércoles, 29 de marzo de 2017

EL HOMBRE DEL SACO


    En realidad nunca creí que Juana la Seria fuera una bruja. Eso decía mi madre que la conocía de joven y una vez le cosió un abrigo con mangas ranglan. “Entonces era una chica decidida que ayudaba a las madres solteras y acudía a los mítines de gentes progresistas” Después de la Guerra, Juana se fue transformando en una mujer altiva que vivía con su hermano Segundo. Eran pobres y solteros. Vivían de prestado en lo que quedaba de un caserío tullido por el paso del tiempo. No tenían agua, ni luz eléctrica; tenían un fuego bajo en la cocina y jergones con colchones de hojas secas de mazorca para dormir. Muchos días, después de la escuela, entrábamos en su casa a enredar. Y nos cazaban. ¡Ya lo creo que nos cazaban! Juana no hablaba: te agarraba de las orejas y te soplaba en los ojos. Te soplaba tan fuerte que te secaba las lágrimas. A Segundo no le importaba que fuéramos a jugar a su casa. Sólo, cuando le dolía la cabeza, gruñía para despacharnos. Gruñía como un perro. Pero tampoco le gustaba que Juana nos soplara en los ojos. 


- ¡Algún día les borrarás esas cosas tan bonitas que hay dentro de sus ojos!
Era cuando  yo corría a casa para que mi madre me revisara mis ojos para ver si me faltaba algo. 
Dicen que, de joven, Juana iba a cantar nanas a las casas de los ricos. Pero también dicen que Segundo fue sacristán de Santa María, cuando en tal parroquia nunca hubo sacristanes y sí muchas sacristanas. Y un párroco que recordaba en cuaresma que los vascos huelen a alfalfa fresca. Eran las sinsorgadas que quedaron después de la Guerra. Son cosas que pasaron, de poca  credibilidad. También se quedaron un par de frases para medir el tiempo: “Antes de la Guerra”  o “Después de la Guerra”. Yo nací “después de” y nadie ha sabido decirme si  aquello te marcaba en la forma de ser.
Justo encima de la cocina de Juana estaban los jergones en un cuarto grande con tarima de castaño. Se subía por medio de una escalera de pajar. Tenía que ser una gozada dormir allí arriba, fuera del alcance de la mano de los muertos o de los ladrones que meten ruido por las noches. Dicen que “antes de la Guerra” no había muertos en las casas. Ladrones, sí. Pero muertos, no. Un armario largo y robusto hacía de tabique entre las dos camas. Era donde dejaban sus excrementos con forma de txipirón minúsculo las ratas que salían de noche a procurarse alimentos y agua. Segundo veía sus ojos encendidos corriendo por el tablado. Una vez me contó que aprendió a cazarlas con las manos en la cárcel del Dueso cuando esperaba el paseo. Dos fusilados por calabozo y día. Segundo tuvo suerte con las ratas. No vomitó ni con la primera ingesta.
- Si no te liquidan, ya tienes menú para ir tirando-le decía un gudari que aseguraba haber liquidado a tres moros en Upo.
     En la cárcel, los hombres más serios eran capaces de acercarse al foso cantando. El sentido del humor es parte del sentimiento humano.

- ¡Come ratas, Segundo! ¡Aguanta! ¡Seguro que tu hermana te saca de este agujero antes de que te envenenes!-le decían los compañeros de estómago delicado.
Le sacó. Entonces Juana era una mujer gallarda que se ganaba la vida cantando nanas en los palacios del Abra. Cantaba tan dulce que hasta los niños feos se volvían hermosos a la hora de dormir. Juana se cubría el pelo con un pañuelo blanco de dos puntas y su cuerpo olía a manzanas. Sus gestos imprescindibles imponían. Tenía manos de Papa y papada en escalera: una papada perfecta para llevar joyas. Ella sólo se adornaba con collares de chiribitas. El perdón para su hermano lo consiguió el padre de un bebé. Además de la gargantilla de flores, Juana se puso un delantal blanco y se pintó las pestañas con polvo de antracita para lustrar su mirada. El padre del bebé era el secretario de un Juez de Franco. 
- Tengo un hermano en el penal del Dueso con pena de muerte- le dijo ella.
- ¿Sólo una pena?
- ¿Es que se necesitan más para ajusticiarle? Vuestra señoría quizás sepa la manera de perdonarle las penas.
- A lo mejor. Pero tendrás que cantarme para que me duerma. Después de dormir a mi hijo, me acuesto y me cantas “a ron-ron Corderito Divino”.   
Desde entonces, el secretario del juez de Franco lo primero que hacía al llegar a su despacho era revisar las penas de muerte inmediatas. Si la de Segundo se encontraba entre las primeras, la ponía en último lugar. Así, mientras Juana cantó y el secretario actuó, Segundo cazó ratas para su manutención hasta que su pena de muerte fue conmutada por años de cárcel con derecho a rancho de indultado.
 A Juana comenzaron a tenerle miedo en los años de postguerra. Le acusaron de perversidades y dijeron que cantaba canciones de cuna a demonios disfrazados. También le culparon de quemar el confesionario de las monjas de la Dársena, de secar árboles frutales enterrando dientes de ajo entre sus raíces y orinar encima. Quizás lo más llamativo eran las peras de libra que daba un árbol con olor a rosal que creció delante de su casa. Eran, sin duda, las peras más grandes del pueblo.  Vino un general de Madrid a medir y pesar las peras.
 Juana era una mujer de buena estatura que ensuciaba los muros del pueblo con su sombra andante. Producía temor. Sin embargo, el mayor escalofrío llegaba con el rictus que se le había quedado a Segundo en el penal. La carne de rata resucita enfermedades olvidadas y mementos de  ajusticiados. Los roedores se han inmunizado con la llegada de enfermedades nuevas. Los humanos, al contrario, vuelven a enfrentarse a bubas y abscesos con la memoria incapaz de crear brebajes olvidados para curar. 

Cuando se terminó la Guerra, Juana y Segundo dejaron de saludar a la gente. Comenzaron a caminar juntos aunque fueran a distintos lugares. Segundo vestía un traje muy viejo. Costaba adivinar si se trataba de un traje o de una sotana raída. Llevaba un saco al hombro. Primero iba Juana con su pañuelo blanco en la cabeza y su delantal almidonado. Segundo calzaba alpargatas de esparto; alpargatas negras y tobillos repulsivos. Iban a sus quehaceres guardando una distancia de siete pasos. Regresaban ya de noche respetando la distancia. Segundo caminaba con su saco lleno de algo. Juana no se inmutaba ni con la lluvia. Entonces sus pies calzados con txoklos avisaban su presencia. A Segundo comenzaron a llamarle “El Hombre del saco”. A los niños les decían en casa que no llegaran tarde a casa porque les iba a coger el Hombre del saco. Los niños le tiraban piedras y Segundo les daba patadas. Así, muchos niños sentimos la coz de un mulo. Sin embargo, no dejamos de ir a su casa para revisar sus cosas: Segundo tenía un tiragomas colgado en un clavo en la cabecera de su jergón. Lo usaba para matar ratas. En las largas noches de invierno, llenaba la tarima de montoncitos de maíz, esperaba la llegada de dos chispas de fuego, apuntaba en medio, estiraba las gomas y ¡zas!, una rata menos. Por la mañana las metía en el saco y las arrojaba a los jardines de los privilegiados. Juana tenía un rosario de cuentas de algarrobo colgado de un clavo en la cabecera de su jergón. Solía rezar rosarios con misterios inventados. Yo le tenía mucho miedo porque nunca le vi reír. Si iba a su casa era para que me soplara en los ojos. Mi madre estaba convencida de que Juana la Seria no soplaba para hacernos ningún daño. Soplaba para ahuyentar la miseria que veíamos a nuestro alrededor. Otros niños acudían para lavar las pústulas que no desaparecían de sus ojos sólo con la saliva de sus madres. “Antes de la Guerra todas las casas tenían manantiales. Después los manantiales se convirtieron en madrigueras de víboras”, nos predicaba Segundo después de habernos zurrado la badana. En el fondo, Segundo no era malo. Nunca olvidaré la brecha que le hice con un hueso de cañada de vaca vieja. Mi madre me agarró del brazo y me llevó a su casa a pedirle perdón. Pero Segundo estaba demasiado enfadado como para perdonar una pedrada con hueso. No escuchó los razonamientos de mi madre. La llamó madre coñuda y le cerró la puerta en sus narices. Mi madre me prohibió ir a casa de María la Seria a que me sople en los ojos. 
 A finales de los cincuenta cumplí veinte años.  Crecí derecho, con la cintura fina, los brazos largos y dos palas como manos. Las chicas me decían que tenía los ojos limpios. Las madres de las chicas les decían que cuidado conmigo porque tenía cara de demonio.  Y los hombres me admiraban porque jugaba bien a la pelota en el frontón. Apostaban su paga y muchos me daban la mitad. Compré una radio  y mi padre la ponía de noche para oír Radio Pirenaica. Yo me hice carpintero y torneé unos txoklos con una rama de tilo para Juana la Seria. Y es que ella todavía infundía respeto y mi boca se secaba cuando la veía en un bebedero que había cerca de su casa limpiando los puerros que Segundo traía en su saco.  Llevaba ratas y traía puerros.  Pasaron los años y Juana se murió. La enterraron en el cementerio viejo. Alguien debió de empujar el cajón porque su hermano Segundo ya había perdido la cabeza y tampoco fue. Creo que tampoco hubo cura. A Segundo lo encontraron literalmente muerto de frío con los pies dentro del bebedero. Dicen que los renacuajos le estaban comiendo la suciedad de sus pies. Es cierto. Yo le saqué del agua para meterlo en el féretro que le hice en mi carpintería. Y puedo jurar que los sapaburus le habían dejado los pies transparentes como los de un niño de mantos.

FIN



Arrigúnaga (GETXO) 24 de febrero de 2017.

martes, 28 de febrero de 2017

ALLÍ HABÍA UN ROSAL



Un jueves por la tarde, después del catecismo, vi el primer culo adulto no perteneciente a mi familia. Lo vi reflejado en el espejo del armario ropero de nuestra vecina Bernardina Bolanda, hija de Félix Bolanda, engrasador de la marina mercante y de Juana Barbarín, mujer de gran sentimiento, moño propio de viudas y guardesa de la honra de Bernardina Bolanda Barbarín, de unos diecisiete años, piel limpia, ojos sorprendidos y hechuras de gran calidad. De su casa se venía a la mía por un camino estrecho alfombrado con piedras planas colocadas como las caprichosas fronteras de los pueblos de una provincia; de mi casa se llegaba a la suya por el mismo camino, sólo que al revés. La ventana del cuarto de Bernardina caía encima de un rosal cosido al cemento de la fachada con clavos, tornillos, pernos y alambre de cobre. Era un rosal cuyo esqueje lo trajo Félix Bolanda de un jardín privado de Manila poco antes de comenzar la Guerra de Franco en España. Las rosas olían tan de verdad, que allá por mayo, cuando sus zarcillos cargaban más flores, los viejos del asilo se acercaban al rosal, se sacaban bien los mocos y aspiraban el efluvio más placentero con el que se puede soñar. El goteo de ancianos que se colaba en el pequeño jardín de los Bolanda a oler las rosas filipinas alcanzó su cénit al cumplir Bernardina quince años. Y es que la chavala, aún con trece, ya tenía el tamaño y la densidad que la morfología exige para doctorarse con sobresaliente cum laude en belleza absoluta. Además, la niña Bernardina, como la llamaba su madre, era de pensamiento romántico y no dejaba de soñar un solo día en la llegada de un joven apuesto que la sacara de su cuarto por la ventana y le dijera con voz de príncipe: ¡Estás como un tren!
Aquella primavera, un viejo cotilla del asilo se acercó a oler el rosal. Metió sus narices tan dentro que al alzar su cabezota descubrió a la niña Bernardina tocándose encima de su cama. El viejo cotilla pudo hacer por lo menos dos cosas: desmayarse placenteramente o correr al asilo para soplar a otro viejo su descubrimiento. Hizo lo segundo. El asunto corrió como reguero de pólvora. Aquello no se acabó hasta que mi madre me cazó oliendo el rosal. Yo tenía catorce años y Bernardina diecisiete. La perspectiva me impactó con tal robustez que apenas sentí las uñas de mi madre en mis tiernos lomos. Como un niño enamorado de un juguete, me así con todas mis fuerzas a las ramas del rosal anclando manos y brazos en los espinos de sus ramas, hasta que mi madre comenzó a gritar ¡cerdo pecador!, ¡cerdo pecador!, y Bernardina cerró las contraventanas de dos formidables trompazos. Nunca he perdonado a mi madre. Llegué a pensar que por sus venas corría sangre de demonio. Ella era una mujer de huesos grandes y largos que con el tiempo los fue cubriendo con hermosas tajadas de carne y grasa. Cuando se entregaba a la risa, el mondongo de su abdomen se enfrascaba en tal zafarrancho que yo me tenía que contener para  no posar las palmas de mis manos en él. Mi madre es exorbitante en todo lo que dice y hace. Pero, aun comprendiendo su desmedido carácter, no he podido perdonar su desatinada actuación delante de la ventana de la gentil Bernardina, maravilla del género femenino, que hasta hacía poco me paseaba a burrichicos. 
- ¿Sabes lo que ha hecho hoy ese chiquillo? -le decía mi madre todos los días a mi padre.
- Chiquilladas -le respondía mi padre.
- Chiquilladas te voy a dar yo.-Y mi madre cerraba los puños y le cacheteaba sus bíceps. Mi padre me guiñaba un ojo y todo quedaba ahí.
Pero la tarde que me cazó contemplando con cara de lelo el fascinante tras de Bernardina y enterró sus uñas en mi carne llamándome cerdo pecador, se excedió. Todos nuestros vecinos sabían que mi madre pegaba a mi padre. Sin embargo, nadie le daba importancia porque los habían catalogado como cachetinas de amor. Creo que era una querencia admitida en la intimidad de las parejas. El anciano párroco don Seráfico de la Plegaria sabía por el confesonario que las efusivas caricias solían terminar en el lecho conyugal. Por eso seguramente borró de la lista de pecados mortales  a las tundas familiares. El padre Seráfico, ya en su senilidad, compuso un censo de pecados mortales con su correspondiente penitencia, que lo clavó en las partes más visibles del templo. Lo tituló “¡Aintza-lá pekatu mortalá!”y los confesandos tenían la obligación de llevar al confesionario su lista particular y la penitencia correspondiente. 
-¿Sabes en donde he pillado hoy al chiquillo?- preguntó mi madre a mi padre.
- ¡Yo qué sé!- respondió mi padre.
- ¡Contemplando el culo de Bernardina por la ventana del rosal!
- ¡Buen gusto, chaval!
Mi padre vio llegar a mi madre por el rabillo del ojo. La esperó. Mi madre sacó su joroba. Cerró sus puños. Atacó. Mi padre pilló los puños de mi madre en el aire. Echaron un pulso. 
Mi padre dejó libres las manos de mi madre. Se fijó en los puntos de sangre que tenía yo en mis brazos.
- ¿Qué ha pasado hoy aquí? -dijo mi padre.
 Entonces los ojos de mi madre se llenaron de lágrimas y corrió al piso de arriba sin dejar de llorar y se encerró en su cuarto dando un portazo. Yo también me encerré en mi dormitorio, que estaba en la planta baja, sintiéndome un malhechor. No me encerré por dentro porque sabía que mi padre iba a tocar la puerta. Tocó. Le abrí. Miró con detenimiento los rasponazos en mi piel. Fue al baño y me trajo la botella de mercurocromo y la lata de algodón. Me tendió ambas cosas.
- Toma. Vete donde tu madre a que te cure las heridas. Seguro que así deja de llorar-dijo mi padre.
- ¡Me las hizo ella!- exclamé con la voz rota por dos ridículos gallos.
- No seas nena-dijo mi padre-. Los pellizcos de las madres no duelen.
Cogí la lata y el mercurocromo y subí al dormitorio de mis padres. Mi madre me estaba esperando en la puerta. 
- Aita me ha dicho que me desinfectes las heridas.
 Me encontraba muy triste. Aunque mi madre me sacó con una pinza las espinas del rosal, me curó las heridas de sus uñas y me dio un saco de besos, mi decaimiento duró muchos años. Tuve que aprender a olvidar el dolor que causan unas uñas de mujer, sobre todo si son de tu madre. Dicen que las maldades sufridas a lo largo de los años, se olvidan. Sólo cuando llegas a viejo las puedes poner en circulación sin temor al calvario.
 Félix Bolanda venía una vez al año con una maleta llena de globos de todos los colores. Bernardina y Juana hinchaban los globos y los colgaban del techo del pasillo. Cuando Félix bajaba del barco, Juana se pintaba los labios y se daba colorete. Era una mujer hermosa. Mi madre decía que Juana sólo se ponía bragas cuando venía su marido. Mi madre era una extraordinaria ama de casa con profundos conocimientos de las costumbres de la ciudadanía colindante. También sabía cuando Félix sacaba la guitarra para entonar  una canción que hablaba de un marinero borracho que rogaba por Dios que le abrieran la puerta para retozar con su mujer. Juana  encendía las luces de casa y se asomaba por las ventanas haciendo cucús a Félix hasta que Bernardina abría la puerta a su padre. Eran noches traviesas en las que los vecinos salían  a la calle  a ver en el cielo el Camino de Santiago. Los que cogían buen sitio no sólo veían las estrellas, sino también cómo Juana se quitaba las bragas. El que anduviera el resto del año sin estorbos no quería decir que Juana fuera una mala vecina. Mi madre decía que era la mejor vecina que le pudiera haber tocado en suerte. 
Los ancianos del asilo, cuando el sol calentaba los bancos de piedra de la placita del Casino, acudían a coger sitio  y a comentar la quiniela. También llegaban a hablar de su soledad algunas esposas de navegantes que se encontraban en la mar. Los viejos del asilo, en la edad feliz de la picardía, resbalaban sus boinas por sus frentes para esconder el camino de sus ojos y comentar a medias palabras el paisaje de la tribuna de enfrente.
- Si hoy tenemos suerte creo que vamos a poder hablar de la Liga-decía uno.
- También de la Copa-decía otro.
- ¡Toma! ¡Y de la Recopa!- Exclamaba emocionado el más viejo.
- ¡A lo mejor se pone a tiro la Final!
Era el chiste de siempre contado de forma coral y que lo celebraban como si fuera nuevo. ¡Deliciosos ancianos de la Residencia Municipal!
El padre Seráfico paseaba buscando pecados con enjundia. Apuntaba, en su libretita de nombres propios, los alias de los impíos para montar el sermón dominical. Sus parábolas eran tan celebradas que los fieles madrugaban para coger sitio en la iglesia. Fue memorable el sermón que pronunció sobre el quinto mandamiento, no Matar, sobre el asesinato de una madre por su hijo. El Obispo de la Diócesis le pidió que lo repitiera al domingo siguiente. El padre Seráfico era una mina.
Veo que he enredado las cosas trayendo historias que nada o poco tienen que ver con la campanada que sonó en mi ánimo la tarde que Bernardina jugaba con el espejo de la puerta de su ropero. Aquel día mi madre había dado la última puntada a mis primeros pantalones largos. Después de comer, me dijo que me los probara y ya no me los quité.  Mi madre me llamó “mi hombrecito nuevo”. Me sonrojé. Mi padre se rió de mi pinta. Se metió el farias en  su boca y se fue a trabajar. Era jueves, día de catecismo. Las señoritas que dirigían la catequesis eran guapas, olían  rico y nos contaban muchos chismes de la época de San José y así. Nos distribuían por  edades.  Yo estaba con los mayores y desde aquel día era el único que llevaba pantalones largos. Mi señorita era la más guapa de todas. Tenía una voz encantadora. Nos traía tebeos y nos contaba la Historia Sagrada como si se tratara de Blancanieves y los siete enanitos. Fue el primero y último día que asistí a la catequesis con pantalones largos.  Mi señorita me dijo que ya estaba muy crecido para escuchar simplezas.  ¡Lo que hacen unos pantalones como Dios manda! Recuerdo que corrí para ir a casa de Bernardina, enseñarle mi nuevo look y decirle que ya no tenía que ir más al catecismo. Había luz en su cuarto. Las hojas de su ventana estaban arrimadas. Dejaban algo más de un palmo para espiar. ¡Las trampas del Diablo! Siempre, al menos desde que aprendí a andar, entraba en su casa por la puerta de la huerta. Nunca lo hice por la ventana. Sólo asomé mi nariz por la abertura y vi lo que el demonio quiso que viera: el trasero de Bernardina haciendo monadas en el espejo de su cuarto. Parece ser que la velocidad de una erección de un muchacho con la edad comprendida entre catorce y quince años, de 1,75 metros de altura, flaco y sin barba es cero segundos. Bernardina, de rodillas en su cama, con el trasero en pompa, observaba muerta de risa lo que podemos llamar pompis en movimiento, que consistía en elevarlo, bajarlo, o llevarlo a la derecha y después a la izquierda Y otros y muy variados meneos. Pero lo más llamativo quizás era el método que empleaba para vérselo ella sin tener que romperse el pescuezo: se valía de otro espejo de mano. Con la sensación de ser un pervertido taleador (sinónimo de voyeur) me así con todas mis fuerzas al tronco del rosal filipino sin sentir sus espinas en mi pecho, debido seguramente al cándido perfume de sus racimos de flores. Lo único que pude evaluar fueron las sórdidas uñas de mi madre que se clavaron en mis brazos con tal entusiasmo, que me así a las dos hojas de la ventana (una en cada mano) abriéndolas, con mi impulso, de par en par.
Las reacciones de las mujeres son inesperadas. ¿Por qué mi madre comenzó a gritar “¡Cerdo pecador, ¡cerdo pecador!” como una posesa? Una estridencia puede romper la armonía de una vida. Desde  que la niña Bernardina cerró las contraventanas de su cuarto, nunca las ha vuelto a abrir.  Ni para regar el rosal. Y tampoco vienen los ancianos del asilo, porque el rosal comenzó a secarse el día que mi madre me hizo mis primeros pantalones largos. Ahora solo vienen los perros a mear en donde estaba el rosal.


FIN
  

Arrigúnaga (GETXO) 22 de enero de 2017.

lunes, 30 de enero de 2017

EL NEGRO QUE HABLABA CON LOS PERROS



 El primer negro que vi en toda mi vida se llamaba Martín. Tocó la aldaba de mi puerta. Abrí y cerré de un portazo sin dejar de gritar que era un hombre negro con los ojos rojos, los labios rojos y los dientes tan blancos como los dientes postizos de la abuela.
- Aquí no hay negros -dijo mi madre con el cuchillo del pescado en una mano.
- Es negro, ama. Te lo juro.
Ella se limpió las manos en el chorro de la fregadera, se quitó el delantal y dijo:
- Vamos a ver qué quiere ese negro del demonio.
Aunque mi madre se sorprendió al ver que el negro era legítimo, no perdió la compostura. Tampoco puso cara difícil. Sonrió con cordialidad. Pero me agarró fuerte de la mano.
- Soy hojalatero, amiga. Pongo culos nuevos a los pucheros, cazuelas, baldes, cucharones. También les pongo parches; afilo cuchillos, navajas, tijeras; arreglo paraguas y parasoles, juguetes de niños y molinillos de café.
  Sólo tenía siete años, pero ya conocía por minuciosos análisis la mímica más cotidiana de mi madre. Así, al descubrir sus cejas alzadas y sus ojos crecientes, supe que su lógica se hallaba lisiada, seguramente por estar convencida de que los hojalateros eran siempre blancos y gallegos. Por eso me dijo:
- No hay día que no aprendamos cosas nuevas.  Resulta que hay hojalateros negros y yo no lo sabía. Es tan negro como el negro que mató el abuelo en altamar con un arpón de cazar ballenas  al descubrirle robando naranjas. 
- Fue en el río Orinoco.
- Eso decía él. Pero el abuelo contaba muchas mentiras como casi todos los marineros. El abuelo decía que los negros son corpulentos, de manos grandes como palas, de pelo corto y rizado y que te ponían a temblar con solo mirarte. Nada parecido a nuestro hojalatero.
- Se llama Martín.
- Sí. Martín tiene el pelo liso, usa boina, habla cantando, es dulce como una abuela. Y trabaja limpio y rápido. ¿Has visto mi paraguas de golondrinas? ¿Y el culo del puchero rojo? ¡Todo por tres pesetas! 
- A mi no me da miedo.  No me importaría tener uno para jugar.

 Martín, sentado en su cajón de herramientas, sin dejar de martillar los bordes del culo del puchero rojo, metía a ratos sus ojos en los míos como pidiéndome un beso. Martín tenía los ojos grandes, de los que no asustan. Mi ama dice que las personas que tienen los ojos grandes son buenas por naturaleza. Y es verdad que cuando me miraba me entraban ganas de acercarme a su rostro y darle un beso, sobre todo después de llamar con la mano a un perro que pasaba por la carretera. Fue mágico. El perro iba solo. Al llegar a nuestra altura, se detuvo. Se quedó quieto, con la cabeza alzada y las orejas tiesas. Martín lo llamó con la mano. Le hizo tres veces seguidas el gesto de decir “ven”. El perro no dudó, entró por la verja, se acercó a Martín moviendo el rabo y puso sus patas encima de las rodillas del hojalatero. 
- Ya veo que tú tampoco tienes zapatos-dijo Martín al perro.
- Los perros no llevan zapatos-dije a Martín.
- Quieren que los hojalateros les hagamos zapatos de hojalata.
Martín acarició la cabeza del perro. Le midió los pies con un metro. Sacó del bolsillo de su chaqueta una libreta con pastas de hule  y apuntó con un lápiz unos cuantos números. El perro lamió la mano del negro. Ladró. Salió a la carretera y esperó a su amo que venía con una carretilla cargada de sacos con piñas.
- ¿Cómo se llama tu perro?-preguntó Martín al viejo.
- ¡Judas!
- ¡Bonito nombre!-exclamó Martín.
- ¿Le vas a hacer zapatos de hojalata a Judas?- pregunté a Martín.
- A lo mejor. Los perros son unos cabezotas. Todos los perros son cabezotas. Vengo desde Orense andando. No he encontrado en todo el camino un perro razonable. Casi todas las noches duermo en  pajares. Es un buen lugar para un negro. Los perros de las casas, en cuanto se enteran que soy hojalatero, vienen a hacerme compañía y a escuchar de mi boca antiguas leyendas. A los perros les gustan los cuentos. Así, poco a poco, me he enterado de su reivindicación. Dicen que están hartos de pisar chicles, esputos y mokordos de otros perros. Parece ser que a principios de año fue una delegación de chuchos a Roma para decirle al Papa que se habían puesto de acuerdos todos los perros del mundo - ¿Por qué los perros fueron a verle al Papa?-pregunté al negro Martín.
- Porque el Papa se comunica con el Cielo por medio del Espíritu Santo.
- ¿La Paloma?
- Cierto. Además, el Papa sabe muchos idiomas de los hombres y de los animales domésticos. ¿Entiendes?- dijo Martín.
- Creo que sí-dije.
- El Papa se afeita todos los días, se corta las uñas, se ducha con agua bendita, viste de blanco, le huele el aliento a lirios. Es el ejemplo de la purificación. 
El negro Martín me contó que a un perro de la encomienda se le escapó un viento de mucha pestilencia. Tanta que tuvieron que acudir diez mayordomos bajo el mando de un cardenal a orear la sala de las audiencias. El Papa preguntó tres veces que quién había sido. Al no obtener respuesta dijo que hasta que no apareciera el autor incivil del tufo, la reunión quedaba interrumpida y los perros seguirían descalzos.
- ¡Ajá! Por eso los perros se huelen el culo- dije.
- Por eso mismamente.



FIN


viernes, 23 de diciembre de 2016

LA GATA DEL ABUELO SE LLAMABA AUDREY

El abuelo consiguió sacarse una selfie con la gata al hombro.  Entonces la gata tenía veinte años y el abuelo ochenta. Los dos gozaban de perfecta salud, calidad que se observa a primera vista. El abuelo tenía una caterva de álbumes de fotos en un cajón del aparador de su comedor.  Me gustaba ir a su casa a mirar fotos. Por ellas supe que en su juventud había sido hippie.  Había una instantánea muy especial de mis abuelos tomada en Kew Gardens, en Londres, delante de la Gran Pagoda. El abuelo luce una frondosa cabellera a lo Príncipe Valiente casi hasta los hombros, camisa con pasionarias, chaleco negro y pantalones acampanados. La abuela, preciosa mujer rubia natural, lleva un vestido de flores, largo hasta los tobillos. Juraría que no lleva sostén. Se ríe arrugando su nariz. Creo que si hubiera tenido la edad del abuelo, yo también me habría enamorado de una muchacha tan atractiva. Le daba besos furtivos, sin olvidarme de limpiar las huellas de mis labios en la estampa.  
- La abuela sólo se reía cuando era feliz. Ahí teníamos veinte años. ¿Cómo no íbamos a ser felices con  la vida por delante?-decía el abuelo. Y yo sentía envidia o una especie de malestar por no poder hacerme pareja de la abuela.

Entonces el abuelo era un muchacho atractivo. Casi tanto como ahora que le tildaban de señor fascinante. Nunca decían viejo ni tampoco anciano, pese a que llevaba el bolo al cero. Yo me perdí muchos años de abuelo. ¿La culpa? Seguramente mi ama y la tía Mari Petri, dos maravillosas hermanas que sintieron pereza de echar una mano.
- ¡Qué pereza, chica! ¿Por qué nuestro padre no quiere llevar a nuestra madre a una Residencia?-decía la tía Mari Petri.
- ¡Qué demonio de hombre!  ¡Dice que ya sabe arreglárselas solo!- decía mi madre.
La tía Mari Petri y ama hacían los mismos gestos al hablar. No eran muecas elegantes. Usaban una pantomima de cocina de hogar obrero. Sobre todo cuando se ponían de acuerdo y se golpeaban con la palma de la mano en sus posaderas.
La abuela se murió en su casa. El abuelo sólo nos telefoneó cuando terminó de amortajarla, después de llamar a la funeraria, elegir un féretro de pino y acordar la ceremonia con el hombre de lo muertos. Menos meterla en la sepultura lo hizo todo. No la incineraron. ¡Faltaría más! -“Los muertos tienen que desnudarse de su carne hasta quedar en huesos. Es entonces cuando adquieren su verdadero estatus de difunto” -me dijo mi abuelo cuando comencé a recuperarlo. Porque desde que cumplí diez años, mi madre me enseñó el camino a casa del abuelo y me dejaba ir solo a visitarlo. Generalmente iba los sábados. El abuelo hacía natillas para la gata y para mí y nos zampábamos un plato hondo con cartolas cada uno. El plato de la gata tenía flores lilas y el mío un reloj.  El abuelo se quedaba estático sin dejar de mirarme. Yo sentía sus ojos rodar por toda mi piel, sobre todo por las facciones de mi cara. Su mirada no me molestaba. Pero sí el peso de sus bolas.  Porque sus ojos eran como bolas de rodamiento de acero que atascaban mis ganas de hacer nada. Un día sentí algo parecido a vergüenza. 
- ¿Por qué me estás todo el rato mirándome?-le pregunté empapado en sudor de apocamiento.
- Te estoy aprendiendo a querer, chaval. 
Aquellas confesiones de abuelo me dejaban tierno. Era cuando se sentaba al piano y ponía a sus dedos a andar encima de las teclas pulsando Penny Lane.
Al abuelo no le importaba que le acompañara al cementerio. Fue allí, sentados en la losa de la sepultura, donde un atardecer de nubes moradas, me contó el destino de los difuntos que están enterrados cerca del mar.
- Al pasar  los años, en las mareas vivas de setiembre, la mar llama a los muertos mondos para que se preparen a regresar a sus orígenes. La mar golpea con fuerza las paredes del acantilado durante nueve días, tiempo que necesita para ablandar el camino que conduce al fondo de los sepulcros. Y las tumbas se vacían arrastrando a los muertos a una gran explanada de corales donde llega con nitidez desde Islandia el canto de las ballenas. 
El abuelo me solía contar sus grandes conocimientos apoyando su manaza en mi hombro. Sólo cuando me sentía temblar se callaba como un muerto y me subía a sus espaldas y comenzaba a trotar como un percherón. Nunca se cansaba.  
El abuelo solía llevar un mochila que yo usé  para ir a la ikastola cuando era más pequeño. Metía en su interior un cepillo, una botella con agua y limón para limpiar el mármol y un ramillete de geranios de su jardín. Algunas veces me mandaba orinar en la losa. Mientras me vaciaba, él pasaba sus manos por el mármol. Generalmente se las solía limpiar al marcharnos en una fuente que había en la puerta del cementerio. Pero también había días que se  olvidaba.
- El chis de nieto limpia. El chis de viejo mata. ¿Me entiendes?
- Creo que sí.

La selfie que sacó con la gata en su hombro era guay al cuadrado. Estaba tomada de abajo arriba. Seguramente sujetó el móvil a la altura de su barriga en el preciso instante en que la gata tenía las patitas en su hombro y arrimaba su cara a la de él. ¡Vaya pareja de freakis!  Una mañana pasé por su casa antes de ir a la ikastola para que me dejara el móvil.  Quería enseñar a mis compañeros la foto, además de presentar a la gata y también al abuelo. El abuelo se estuvo frotando su cabeza. Yo creo que dudaba en dejarme o no su móvil. De pronto se puso muy colorado. Me dijo con una voz cascada: “Si me das un beso”. ¡Claro que se lo dí! Pero desde entonces nos saludamos chocando las palmas de nuestras manos en el aire. Misterios que no llego a comprender.
Naroa, una chavala muy cargante, me la quiso cambiar por su colección de cromos de las olimpiadas de Atenas. La mandé al infierno. También la vio la andereño.
- ¡Menudo señor más guapo!- exclamó la maestra.
- Es mi abuelo-respondí orgulloso.
La gata se llamaba Audrey. Creo que el abuelo la bautizó así en honor de la actriz británica Audrey Hepburn de quien estuvo enamorado toda su vida. Lo cierto es que la abuela se parecía todo a la actriz. El abuelo decía que él dormía doce horas para poder andar tieso las otras doce. No era cierto. Se levantaba a las cuatro de la madrugada para hacer café y prepararse un porro con la marihuana que cultivaba en su huerto. Regresaba a su cama y se sentaba entre cojines a pensar. Eran sus mejores horas del día. Con los dedos de su mano derecha acariciaba las orejas de la gata mientras sus pensamientos reptaban perpetuamente a la hojarasca de sus años pasados en compañía de la abuela. La pobre se murió porque se le olvidó respirar, el último descuido de su maltrecho cerebro. El abuelo, con los ojos cerrados, dejaba penetrar a sus recuerdos sin negarles la entrada aunque fueran nefastos. Como el día que descubrió a su mujer de la mano de un hombre que tenía, según ella, un aliento primaveral. El abuelo no dijo nada, pero esperó al hombre llegar a casa. Lo paró en el porche, alicató sus orejas con sus dedos de acero y lo metió en la cabaña donde guardaba las herramientas de la huerta.
- Espera- le dijo.
El abuelo depuso un mokordo en una pala, se amarró sus pantalones, volvió al interior de la cabaña, trincó de los pelos al hombre de aliento primaveral, le rellenó su boca de mierda personal, lo condujo a la salita donde estaba la abuela y le dio un par de vueltas a su alrededor.
- Es cierto, cariño, su aliento primaveral es inconfundible- dijo  a la abuela.
- ¿Qué le has hecho al afinador del piano? ¡Diablos! ¡Huele a deposición! 
Y el abuelo me contaba con lágrimas en los ojos que la abuela soltó la carcajada más hermosa de toda su vida. 
La gata sabía qué hora era por los quehaceres del abuelo. Como la mayoría de las personas mayores no sentía ningún estímulo que le condujera a actuar de manera diferente. Sólo le cogía desprevenida los domingos de buen tiempo, que era cuando el abuelo le ponía el arnés y le llevaba a la playa a jugar con cáscaras de mejillones. Sin embargo, cuando sentía las correas en su cuerpo arañaba la puerta de la cocina que era donde el abuelo colgaba la mochila de sacarla de paseo.
Cuando la gata cumplió veinte años, el abuelo le hizo un seguro de vida con una póliza especial de enterramiento. 
- No sea que yo me adelante y cuando le llegue el deceso la dejen en un container -me dijo el abuelo cuando me mostró el documento.
Para entonces, aunque ya me había hecho mayor, seguía visitando al abuelo. La gata se subía a mis piernas y se ponía tripa arriba para que enterrara  mi nariz en las nubes de algodón de su barriga. El abuelo más atractivo del mundo, como aprendió a llamarle la tía Mari Petri, seguía haciéndonos los platones de natillas para que no olvidáramos nuestra infancia. Pero ya no me pedía que orinase en la lápida de la abuela para protegerla de las adversidades climáticas o, desde que un día se fijó en mi balano y me dijo muy fanfarrón que había cambiado mi poder infantil a favor de otros laureles. Y chocamos nuestras palmas en el aire.   
 El año que terminé la universidad, el abuelo no pudo asistir a cantar el Gaudeamus igitur. Estaba con gripe. Falleció una semana después, de neumonía.
Llevé a la gata a casa, pero no traga a ama ni a la tía Mari Petri y se pasa todo el día debajo de mi cama. Cuando llego, me espera en la puerta y no se separa de mí. Pasa las noches encima de mi mesilla mirando por la ventana el Abra y las luces que han nacido a los pies del monte Serantes. 
Vivió veinticuatro años.
Engañé a los sepultureros con una buena propina para que levantaran la lápida de la sepultura y lo dejaran encima del abuelo. 
Cuando voy a limpiar la lápida escucho con nitidez los maullidos de Audrey. Entonces canto Penny Lane con los labios besando el mármol.



FIN


Arrigunaga (GETXO) 22 de noviembre de 2016.






martes, 29 de noviembre de 2016

VIDAS EJEMPLARES


 Moncho y Ramona eran hermanos, guapos, hermosos y de familia venida a menos. Tenían una tía bisabuela beata, Mar Ros, experimentada botánica en yerbas santas recogidas en los bosques del convento de Miraflores; un tío que llegó a capitán general de la pandilla de Franco, que guardaba los puros en su bastón de mando; también tenían un hermano cheposito, el mayor, que se llamaba Pachín y trabajaba en El Corte Inglés en la sección de alfombras orientales. El padre de los tres era secretario de Ayuntamiento y su madre matrona de padres abertzales en un pueblo de Gipuzkoa. Una familia de ahora con todas sus consecuencias. 
Moncho era psicólogo. Tuvo mal ojo. Diez años buscando trabajo. Nada. Ramona era farmacéutica sin farmacia. Mileurista por meses, ocho años de trapillos, clienta de mercadillo, vacaciones en el mar Cantábrico, el de abajo de casa. Las libretas de ahorro de los aitas adelgazaban sin parar. Estaban enfermas. Ramona tenía coche, Moncho una motocicleta de tócame Roque, Pachín coche y un cascajo con motor fuera borda. Los aitas, un Renault con quince años parado en el garaje de casa. Para ir al súper a hacer la compra gorda del mes, sirve. La clase media de antes de Rajoy, ahora despeñada, lucha para que las olas no les cubran la nariz.  Una sociedad sin clase media no respira. Ricos y pobres. A lo mejor es suficiente. Moncho y Ramona  eran conscientes de que sus prerrogativas de niños bien estaban a punto de desaparecer desde que besaron los treinta años. Pertenecían por derecho propio al tanto por ciento de abandonados por la ruleta. Destrozada la lógica que había imperado en las clases sociales, se quedaron en brazos de la soberana madre que reparte el trabajo con lupa: los licenciados en algo, a jardineros; los doctores ingenieros, a bomberos; los economistas, a barberos; los que sobran, de camareros al extranjero. Moncho y Ramona no tenían secretos entre ellos. Se llevaban tan bien que hasta se cambiaban las revistas porno. Su camaradería  venía de antiguo. Su madre les metió en la misma cama cuando todavía eran de mantos, un gran lecho de matrimonio que esperaba ocupas desde que falleció su tía beata Mar Ros. Hermanos con el mismo color de pelo, el mismo brillo en los ojos, el mismo olor de piel, pero diferente edad, que se fue acortando con el tiempo. Los tomaban por gemelos. Y es que, además, su padre, el secretario de Ayuntamiento, supo recalificar sus papeles y hacerlos hermanos gemelos por ley. Total, unas cuantas firmas de otros, memorizadas de tanto verlas. “¡Son tan simétricos!”, le dijo a su esposa. 
- Sí, pero yo estuve con ellos año y medio preñada y parí dos veces.
- ¡Cosas de mujeres!- decía el padre desde que dio el pego a las autoridades competentes en partos.
Ramona y Moncho no protestaron. Ni cuando su padre cometió la travesura ni cuando llegaron a adultos con licencia para votar. Además, les gustaba ser gemelos. Su intimidad rayaba en lo enfermizo. No había día que no se regalaran alguna confidencia. Así, sus vidas llegaron a ser patrimonio de los dos. También se contaban sus aventuras sexuales. Eran buenos. Los mejores, según su opinión. Se reían con salud el uno del otro, a carcajada limpia. Tanto que su hermano mayor acudía a su lado para recibir una raspa de alegría. Se la daban. Pero Pachín, vendedor de alfombras nobles, sonreía por compromiso y pensaba que sus hermanitos habían desequilibrado su visión de la realidad. Pachín era un soso de mala curación porque estaba convencido de que su simpleza era el carácter de la gente feliz. No le faltaba razón.
Ramona y Moncho tenían amigos con los que iban de botellón a mamarse con mezclas inimaginables. No les duró mucho. Su padre les esperaba en la cocina sentado en una banqueta. 
Cuando les sentía enredar en la cerradura, corría a abrirles la puerta con una sonrisa endiablada. Les llevaba de la mano a su habitación y esperaba a que se acostaran para arroparles con mimo. Algo sabía el hombre. Fueron tres largos años lo que tardaron los gemelos en darse cuenta de que su padre no iba a tirar la toalla. Por eso el secretario de Ayuntamiento predicaba que a los hijos hay que educar con perseverancia. Los tres años de juegos nocturnos sirvieron para que Ramona y Moncho hicieran un montón de amigos. Y es que los gemelos atraían. No olvidaban los nombres nuevos, hablaban mirando a los ojos sin abandonar la sonrisa, sin rechazar una caricia, sin negar un beso. Se pusieron de moda. El que no conocía a los gemelos era cosa mala propia de gente imperfecta.  Uno: “En cuanto me miró a los ojos, me enamoré de ella.” Una: “¿No te has dado cuenta cómo se toca la tripa Moncho cuando se ríe? Es único. Un crack.”  
Al cumplir treinta años, el demonio se fijó en ellos. Treinta años es la edad en la que los individuos hacen generalmente examen de conciencia. Es la edad en la que se detienen delante del espejo del baño, sorprendidos porque su rostro ha mudado su gesto de toda la vida. Un fogonazo. Eso es. Es un flash que te obliga a pararte en seco para estudiar qué es lo que te ha cambiado el semblante: unas arruguillas casi invisibles, alguna cana, una expresión nueva en la boca, ¿más dura? Casi es lo de menos. Lo más preocupante es que también el carácter, el sentido común, muda sus costumbres de tal manera que lo que antes era importante, ahora es trivial; lo que te hacía reír, no tiene chispa. Fue Ramona la que se sintió primero acongojada. No contó nada a su hermano.  No quería decirle: “Hermanito, no digas sandeces. Antes tus ocurrencias me divertían un montón. Ahora me parecen propias de un muchacho sin gracia”.  Y es que, además  de reparar en la metamorfosis de su semblante, Ramona  descubrió entre la multitud de ojos que la miraban, unos muy grandes que la sedujeron sin remisión. Eran de Ulises Cañaveral, un hombre chato con la voz cascada, como de terciopelo viejo, que se le reflejaba su corazón en sus ojos al ver o escuchar o tocar u oler a Ramona a cualquier distancia en locales cerrados o en el raso de la calle. 
Ocurrió eso que dicen flechazo, que es cuando a una pareja les nace en sus cabellos un rayo verde, como el fenómeno óptico atmosférico que ocurre poco después de la puesta de sol. Ulises Cañaveral era de vientre hundido, gran comedor de alubias que trabajaba de jardinero en el Ayuntamiento cuidando las rotondas de la carretera. Era un detallista que plantaba flores con guindillas en circunferencias perfectas separadas por caminos de piedras subidas de la playa. Provenía de la Escuela de Agrimensores de Aragón. Fue ella la que se acercó a él. Y desde entonces sufrían cuando se tenían que separar porque temían no volver a encontrarse. Ulises Cañaveral le regalaba flores secas dentro de libros de astronomía, que Ramona comenzó a coleccionar. Ramona regalaba a Ulises guantes de laboratorio, que hurtaba en la farmacia para que no se estropeara las manos en su contacto con la tierra. Cuando Moncho percibió las rarezas de su hermana, cogió su almohada y pidió permiso a su hermano Pachín para acostarse a su lado. Y es que comprendió que su hermana se había hecho mayor y le habían dejado de interesar las conversaciones mundanas.
 Moncho echaba mucho de menos a Ramona. Se aburría. Llevaba siete años presentándose a toda clase de oposiciones en donde pedían psicólogos. Y es que, fuera de los libros que había estudiado en la Facultad, no se había preocupado en adquirir otros conocimientos. ¡El diablo! ¡Primero te larga cuerda y luego la suelta de golpe! Ella, que ha paseado su olor, esencia de pitiminí, ha hecho lo que hay que hacer: derretir su carne de hielo ante un Adán que la toma de la mano y la lleva a pasear por las veredas por donde pasean los enamorados encerrados en su bola de cristal. Feliz pareja que no se harta de respirar el aire viciado que emana de su piel, de capturar sus miradas, de confesarse sus sueños de amor.  Moncho no sabe de estas cosas. Él no es infeliz por no tener trabajo. Es su vida: no parar de buscarlo. Lo hace. Ése es su trabajo. Es lo que le aconsejan sus padres. No parar de buscarlo. Como hacen los demás. Sin embargo, desde que el espejo le devuelve la imagen de un Moncho de treinta años, se ha comenzado a preguntar por qué los años corren tan rápido, por qué su hermana ha dejado de ser gemela, por qué su hermano no se olvida de recordarle que se le está pasando el tiempo de encontrar trabajo, por qué la vida ya no le hace reír.
Ramona era dichosa cuando metía su coche en una rotonda. Las flores de Ulises Cañaveral guiaban los pasos del viejo vehículo por el laberinto de la rotonda apartándola de los peligros de las circunferencias. Ramona preguntaba a Ulises en cuál rotonda le tocaba trabajar. No era raro verla escondida tras un seto vigilando a Ulises. ¡Y es que no podía vivir sin él! En la rotonda del Escapulario, al lado de una tienda de aparatos eléctricos, había un banco de jardín detrás de un aparcamiento de motocicletas. Ramona jugaba sentada allí con su trenza deshecha y pensaba sin dejar de observar a Ulises, en el tiempo perdido de su juventud. Todo lo pasado, apena. El futuro asusta. Sobre todo cuando eres viejo. En el presente se juega con las cartas descubiertas. Moncho comenzó a seguir a su hermana por las rotondas de la ciudad. Cuando descubría a Ulises Cañaveral expuesto a la miraba de los viandantes en el escaparate del jardín central, allí agachado fumigando una cueva de hormigas con alas, o en pie, enseñando el bocho de su barriga vacía de alubias, anhelaba encontrar por fin un trabajo de algo que sirviera para echarse un jodido euro al bolsillo ganado con el sudor de su frente.
Dios aprieta pero…  Lo encontró.  Era un fabuloso curro. Había que tener la carne blanca, los ojos negros, los dedos largos, la sangre limpia. Él era así. Le pidieron imaginación. Tenía. Le aceptaron. Aquella misma noche comunicó a su familia después del telediario que a primeros del mes entrante comenzaba a trabajar en unos laboratorios del polígono industrial del Tazón. Y es que, tras una semana de  estudiar la oferta de una multinacional, tomó la decisión de convertirse en donante de esperma. 
“La vida es una conmiseración oblicua” se dijo sin saber como definir el futuro en general. Un futuro que transcurrió apaciblemente llenando probetas con su esperma 10 de máxima calidad. Tras un año comprando revistas para mantener la producción uniforme, comenzó a viajar. Hay gente que no está dispuesta a que su hijo sea concebido en un laboratorio. Así fue como terminó acostándose con la mujer, mientras el hombre estaba con ellos en la cama. Hay hombres que necesitan estar presentes mientras  su hijo está siendo creado. 
Ramona se soltaba la trenza para ir a trabajar. A Pachín le subieron el sueldo en El Corte Inglés, se dejó perilla y se compró un peine. Moncho escupía un lapo en la palma de su mano izquierda. Era zurdo. ¡Para que digan que el catecismo neoliberal es malo!


FIN


Arrigunaga, (Getxo) a 3 de noviembre de 2016.