viernes, 6 de octubre de 2017

SE ZURRABAN DESDE NIÑAS

Luisa y Manuela, vecinas de portalón, se zurraban desde niñas. Crecieron fuertes y macizas con voces  potentes e insultos sobrios. Se casaron con hombres sinsorgos, vacíos de palabras, de boinas pequeñas y amantes de la caza de liebres. Las bregas entre ellas no acabaron  ni al llegar a bisabuelas. Buscaban la pelea, se escupían en los ojos, se agarraban del moño y reñían hasta la extenuación. Mientras duraba la contienda, la familia no les molestaba, se encerraba en casa y preparaba las boticas. Los animales domésticos perdían el sosiego: los perros ladraban, los gallos cantaban, las vacas mugían y las ratas chillaban mientras corrían enloquecidas por sus guaridas del camarote.
 Cuando se les engordaba la sangre, se quitaban los dientes postizos y los guardaban en los bolsillos plastones de sus delantales. El preámbulo consistía en una retahíla integrada por el reino animal.
- Eres una cerda- decía Luisa.
- ¡Calla puerca!- decía Manuela.
- ¡Rata!- decía Luisa.
- ¡Chocho burra!- decía Manuela.
Y ¡zas!, el primer esputo al ojo. ¡Zas! El segundo esputo al otro ojo. Con los pies clavados en la tierra. Tiesas, inalterables ante el lapo cambiante: unas veces en la frente, otras en los ojos. Con los rostros bañados en babas levantaban sus manos como dos muñecos inflados con sangre de robot en sus venas y las escondían en los moños escarbando en el pelo en busca de piel para arañar. Hasta que llegaba la traca final de bofetadas, pescozones, trompadas  y arañazos, la rúbrica de su contienda. La señal para darse la espalda e ir a su manantial (cada una tenía el suyo) a lavarse y peinarse ante el espejo de agua donde nadaban los renacuajos. Allí se ponían los dientes postizos y regresaban a casa a curarse.
Pero no eran malas. 
Algo sucedió cuando estaban a punto de ser mujeres.  Tan algo que una noche gélida con el cielo cosido de nubes, Luisa esperó a Manuela armada del mango de una laya y  le repasó las costillas sin compasión. Fue tan grande el estropicio que Manuela tuvo que guardar cama durante tres meses con el tronco envuelto en un justillo de cuero, cuerdas y ojeteros.  Decían que se trataba de celos promovidos por un cura encanto que vino a la parroquia con la orden de formar una centuria de Hijas de María. Celos. Lo cierto es que nunca se supo el motivo. Ni a nadie le importó, excepto a una peña del juego que apostaba desde Aberdeen, ciudad escocesa, famosa por sus deliciosos whiskys caros. Y es que el cura bonito, elegido en una farra de canónigos y vicarios celebrada en La Venta de Getxo, se había doctorado en la afamada Universidad de Aberdeen en Teología de la Mujer. Las apuestas sobre los combates entre Luisa y Manuela llegaban en saca certificada los martes y viernes en el ferry que amarraba en Zierbena, puerto ballenero del Cantábrico, bajo el amparo del capitán del ferry. 

Recogían provecho de la timba, además del capitán del barco, un colega del puerto ballenero, autoridades nombradas como “de vista gorda”, el cura bonito y los esposos managers de las  púgiles que acordaban el encuentro y la bolsa pactada. Bajo este punto de vista, es casi natural que Luisa y Manuela se zurraran sin ánimo de engañar. Fueron sus viviendas (un hermoso caserío dividido al milímetro en dos mitades) los primeros habitáculos del pueblo que vistieron el pasillo con tiras de Crevillente, que iban desde la cocina hasta la cuadra. También fueron los primeros vecinos en acercar el agua potable a las fregaderas de sus cocinas, iluminar las telarañas de sus cuadras con tubos de neón  y meter a sus jilgueros en jaulas de alambre dorado.  
Juan eta Juan, los maridos de las luchadoras, tenían el nombre par. Eran hombres chiquitos, bien formados, que hablaban a las vacas como si fueran abuelas, aunque todavía no hubiesen parido. Uno de los Juanes fumaba caldo, no el cigarrillo entero, sino capado una pizca para aligerar su narcótico como bálsamo infalible. Eta Juan, el que siempre tuvo cara de muñeca con coloretes de vino tinto, recogía los culines de los cigarrillos que Juan despreciaba para liarse unos pitillos flacos como palillos.  Eran hombres de Garriko prieto, boinas enanas y escarpines blancos, que hablaban a los animales con igual ternura que a sus mujeres. Por supuesto que tenían coche y cochera. Los coches eran del mismo color, verde limón. Los trajeron en el ferry de U.K y rodaron con ellos hasta el pórtico de la Parroquia Madre de Getxo donde el cura que se doctoró en Aberdeen, les cristianó con hisopo de plata.  Estos hombres eran ateos circunstanciales, de los que no asisten a misa y no tienen pudor en jurar poniendo delante el Santo Nombre de Señor con la misma voz melindrosa que emplean los ángeles en el cielo. 
Ellos eran amigos.
Eran hombres de bolsillo alto en el kaiku  y corazones en los codos. Iban a cazar liebres con pantalones de mil rayas y perros entrenados a caminar sin ruido. Juan era el marido de Luisa.  A Juan le cosía la ropa su mujer. Siempre iba como un pincel. Lo mismo a la taberna que a ordeñar las vacas. Hablaba con voz profunda, sin hacer temblar a los pájaros ni ladrar a los perros. También hablaba con rumor cavernoso a Eta Juan, con la diferencia de que al hombre se le acongojaban los ventrículos y le entraban ganas de llorar. Los pájaros y los perros se mostraban felices. Eta Juan se sonaba los mocos para disimular el susto. Puro infortunio. Sin embargo, Eta Juan, cuando se reía, era más guapo que Juan. Es cierto que parecía más poquita cosa que el amigo, pero los agujerillos que se le formaban en los carrillos y su costumbre de mirar de soslayo a los ojos de las mujeres, rompieron muchos corazones. Para entonces Manuela y Luisa ya se zurraban de lo lindo, hoy en el cañaveral de lastos, otro día detrás del cementerio pequeño en el que los estudiantes de medicina descabezaban los cadáveres secos  para fabricar jarras barnizadas para la cerveza. Eta Juan no estudiaba medicina, pero aprendió a abrir nichos sin estropear los huesos de los difuntos. Era una forma como otra cualquiera de sacar unas perras a los estudiantes más gallinas.  Generalmente a los muertos los metían  de pie. Era para sacarlos sin demora si despertaban. Para ello los enterradores colocaban una caña hueca que salía al exterior. Le llamaban “el respiradero”. Eta Juan tenía una abuela enterrada en la planta baja de una torre de nichos. Su abuelo, conocedor de la presencia de la panda de roba cráneos, arrastró el féretro de su difunta esposa a la luz de la luna, la sacó de su descanso eterno y ocupó él su lugar. Aquella misma noche, después del cierre de las tabernas, llegó la caterva al cementerio, apartaron la loseta de mármol que cubría el nicho y recibieron los cinco tiros de perdigones de la escopeta de repetición del abuelo de Eta Juan.
Así alcanzó fama el abuelo de Eta Juan. Y de refilón también Juan, pues a los Juanes la gente los confundía como si fueran uno. La llegada de Luisa y Manuela a su vida y en cierta manera a la vida de todo un pueblo que celebraba los combates de las dos mujeres con admiración, consiguió que un grupo de estudiosos de antropología hicieran un trabajo excelente para Wikipedia.
Un atardecer confuso, de esos que matan el día con niebla subida de la mar, Luisa y Manuela no celebraron su batalla. Fue la primera suspensión de toda su larga historia, algo más de setenta años. Manuela, impresionante mujer de fuerza descomunal, venía perdiendo hechura desde semanas pasadas. Sus caderas habían enflaquecido y había comenzado a llevar guantes de lana para disimular el temblor de sus manos. También Luisa había perdido pelo. Hasta tal punto que su hija mayor, que era quien le ponía el sorki, no había tenido más remedio que rellenar su pañuelo con la puntilla de una saya negra. Aquella noche, Juan eta Juan se encerraron en un privado de la taberna y se contaron sin apartar sus ojos del pozo de vino, las desgracias de sus mujeres.
- Son noventa años dándose ostias, tú -dijo Juan.
-  Llegar a la vejez  así, es un triunfo -dijo Eta Juan.
- El olor de su orín ha cambiado.- Juan dio un trago.
- ¿A peor?- Eta Juan llenó los vasos.
- Yo diría que a diferente -Ambos vaciaron sus vasos.
- ¡Cosas de mujeres! Volvieron a vaciar sus vasos.
Llevaban cuatro botellas cuando Eta Juan resopló como un caballo. El brillo de sus  ojos era rojo y verde, como las luces intermitentes de los faros de la bocana del puerto. Eta Juan seguía siendo un viejo bonito. Se rasuraba todos los días en la fregadera de la cocina con jabón de olor, guiñaba sus ojos pillos a sus nietos, dejaba a sus hijos acariciar su rostro, se cambiaba el pantalón de milrayas para salir a la calle. Daba envidia. 

Delante del caserío  crecía una morera de hojas frondosas y racimos de moras blancas.  Eran unas hojas jugosas que servían para alimentar a los gusanos de seda que criaban Luisa y Manuela en sendas cajas de zapatos cuando todavía no habían comenzado a darse  azotinas. En aquellos tiempos Juan y Eta Juan ya habían echado migas de pan a las dos lindas palomitas y las dos habían caído en sus redes. Se hicieron novios impúberes, angelitos con la sangre revuelta, que se escondían en un bosquecillo de encinas para practicar lo que dentro de poco serían agua y manantial.  
 Durante los cálidos meses de verano, no se sabe si los familiares de Luisa o los de Manuela, sacaban de su cuadra un banco corrido y lo colocaban bajo la espesa morera de delante del portal. Era el lugar preferido por las dos niñas para jugar. Y fue, al pasar de los doce años, donde recibieron a los dos Juanes y comieron de la dulce ilusión que ellos traían.  Entonces  Luisa y Manuela  eran dos muchachas con trenzas morenas que hablaban del cielo como si estuviera en la tierra y de la tierra como si fuera un cacho de cielo.  Luisa eligió a Juan. Se enamoró de él desde la primera vez que colocó sus manos en su barriga y sintió su voz, ya casi de hombre, a través de sus dedos.  
- Eran retumbos - contaba a sus nietas. 
Manuela nunca estuvo enamorada con pasión. Le atraía el rostro de niño de Eta Juan. Se prendó de  los visajes de sus ojos y de la manera infantil de esconder su pie izquierdo al caminar. Sin embargo, Eta Juan fue envejeciendo como el buen vino y Manuela no solo pudo dejar la bebida, sino que esperaba a Eta Juan sentada encima de su cama para ayudarle a ponerse el pijama.
- Es un niño trasto -decía Manuela a sus nietas.


Ni Manuela ni Luisa sabían a quién pertenecía la morera.  Tampoco de quién era el banco. Quien lo tuviera lo sacaba a principios de mayo, cuando los rosales se llenaban de rosas y los cerezos de cerezas rojas.  Entonces llegaba el fotógrafo de las romerías a sacar una foto de familia completa. La foto la cortaban por la mitad con regla y cartabón y cada vecino se quedaba con la parte que le correspondía. El banco y el árbol no les daban mayores problemas. Su esbelta presencia, su cuerpo de adulto más alto que el caserío y su función de proteger al banco de los rayos solares, era una querencia aceptada. El problema era que el árbol daba sombra y la sombra nunca estaba quieta.  Y bajo la sombra corría el banco, de tal manera que los vecinos eran dueños de la sombra de la morera y de la potestad de mover el banco.  Fueron Manuela y Luisa, amigas del alma hasta los trece años, las que comenzaron la Guerra de la posesión de la sombra.  No llegaban a las manos, pero sí a los insultos.
Al acabarse setiembre, aprovechando la ausencia  de los habitantes del caserío para ir a recoger peras, alguien taló la morera con una motosierra a un palmo del suelo. 
Y así se marchó su sombra, desapareció el banco y comenzó todo.

FIN.


Arrigúnaga (GETXO), a 26 de agosto de 2017.




miércoles, 2 de agosto de 2017

UN DIFUNTO BROMISTA



      Expiró sin ganas después de comer el postre. Se hallaban presentes la cuidadora colombiana, un cura de mal olor y dos sobrinos nietos, chico y chica, de por lo menos veinte años, seguramente sus únicos herederos. El cura llevaba una hostia y los óleos en un estuche de cuero viejo. Antes de consagrar la hostia, se asperjó la boca con esencia de limón y pronunció las palabras mágicas de la Transustanciación. Después la metió en la boca del muerto y la cerró sin compasión con ambas manos. Sacó del bolsillo un pañuelo de párroco viejo y se lo anudó en la barbilla. Le dio los santos óleos en su frente y en sus pies, se descalzó, se arrodilló encima de sus zapatos y comenzó a rezar el rosario en latín. El sobrino nieto acercó su boca a la oreja de su hermana:
- Son los pies lo que le huelen -le dijo.
- Todo entero huele mal- le respondió su hermana. 
El chico se llamaba Andrés. Era alto y delgado, llevaba algún grano en su frente y una decena de pelos sueltos en el mentón. Empleaba gafas de intelectual, redondas y de aro negro. Su expresión era propia de un chico que se había peleado con el mundo entero. Se había cogido un año sabático en la universidad de Salamanca para escribir una novela con doce crímenes. Por eso las víctimas se llamaban como los apóstoles. Empezaba con Pedro y terminaba con  Juan. 
La chica se llamaba Mar. Estaba tan bien hecha que los hombres le tenían miedo. Estudiaba náutica y quería ser capitán. Al contrario que su hermano, su apariencia denotaba optimismo y seguridad, la careta de los hipócritas.
La colombiana llegó de Pereira hace diez años. Las mujeres de Pereira tienen fama de putas. Y ellas se enorgullecen de ser algo. Soraya Flor es un cielo sin nubes con la cara plácida y las posaderas grandes, enclaustradas en tela vaquera para despistar la genética de su tribu. Llevaba ocho años en la casa. Se quedó allí porque le dejaban llorar y le permitían hablar por teléfono con el hijito que dejó con su abuela. 
Don Mariano y don Mal Olor (el cura) se conocían casi desde niños. Intimaron en la época de las cerezas. Integrados en la misma cuadrilla de jóvenes depredadores nocturnos, terminaban con las cerezas del pueblo. Los aldeanos los combatían a tiros con cartuchos de sal y ladridos de perro malo, pero ellos, uno en el Seminario y otro en la Escuela de Leyes, llegaron a adquirir respeto y consideración. Y dinero. Don Mariano, soltero ilustre y putero de cartel, había tenido tiempo de amasar una fortuna no alejada del millón.  Eso lo sabía bien don Mal Olor. Lo que no sabía nadie es en dónde diablos lo tenía escondido.
Después del esfuerzo Homérico que hizo don Mal Olor para cerrarle la boca a su amigo don Mariano tras rezarle el rosario postrado en sus zapatos, pidió un  vaso de vino a la colombiana Flor que se lo bebió a nuez parada o sin respirar, que es lo mismo. 
- ¡Esto si que es morirse de improviso!- exclamó el cura al levantarse del santo suelo. Sólo Andrés parece que le escuchó. Se fue al grano:
-  Ningún Banco de la ciudad le tiene como gran cliente. Excepto en la Caja de Ahorros, que tiene un pobre saldo, no sabemos de dónde le viene el aval de su fortuna.  
-Estuve aquí hace dos días. Jugamos al chamelo en la mesa de la cocina. Flor nos trajo la coca-cola con coñá para eructar.  Lo hicimos a la par. 
- Sí señor. Eso es todo cierto- dijo Flor.
- ¿Y cuándo se puso a morirse? -preguntó Mar. 
-  Mismamente al llamarla a usted -respondió Flor.- Un poco antes.  Así como a las seis sentí el golpe que se dio al caerse en el baño.  Acá tiene el chichón. Tóquelo si quiere. Hacía ya tiempo que había quitado el pasador de la puerta. Acudí a ver. No tenía la conciencia perdida. Lo arrastré a su cuarto agarrado por los sobacos y lo acomodé en su cama.  Ya sabe lo que escribió don Gabriel, el de Aracataca: “Uno se muere cuando puede y no cuando quiere”.
-  Lo pernicioso del caso es que nuestro señor tío abuelo dejó cubierto su peculio debajo de cualquier tarima de la casa- dijo Andrés con los ojos empañados en lágrimas. Y es que aquel fastidio le removía el desespero.
-  Yo también creo que el tío no se fiaba de los Bancos- dijo la chica Mar-.  Intuyo que tiene su fortuna en un altar.
-  En esta casa no hay capilla- dijo don Mal Olor.
- Pero sí muchos sagrarios- le cortó Andrés explotándose un grano de su frente al palpo- Hay cómodas de cinco cajones, una biblioteca con puertas secretas, diez camas con diez colchones, armarios roperos sin fondo, un armonio que no toca,  un despacho con caras talladas, pero no hay capilla donde levantar un altar. Quizá el cura no ande lejos al pensar que el “altar” de don Mariano es el sinónimo que empleaba él para nombrar  los logros de su vida. “No dejo vacío mi altar”, solía decir con frecuencia.
- ¿Por qué no esperan a leer sus últimas voluntades?- dijo don Mal Olor.
- Últimas voluntades. ¡Ja! -dijo Mar mirando con naturalidad el hilillo de sangre que resbalaba por la frente de su hermano.  
- Yo tampoco creo que su señor tío dejara un testamento- dijo don Mal Olor-. Creo que ustedes le daban miedo. “Esos dos son capaces de matar si no encuentran mi sagrario”, me dijo una vez.
- Con eso quiere decir que la Iglesia es conocedora del agujero mágico- dijo Andrés.
- Si usted me llama Iglesia en lugar de don Mal Olor, lleva los pasos cambiados- dijo el cura.- Poniéndonos a jugar con balas, ¿no ha pensado que América Latina  también lleva cartuchera?
-  ¡No deje asomarse al Diablo que vive en su pecho, páter! -dijo Soraya Flor enseñando sus dientes inmaculados, tan impolutos que su fulgor dibujaba cruces.
Andrés también enseñó sus dientes con el marfil contaminado. Parecían dientes de perro viejo. Gruñó:
- Matar a palos a un cura cínico no va contra la ley. Creo que tampoco es pecado.  
Los ojos del sobrino nieto de don Mariano se pusieron raros. Mermaron y se tiñeron de rojo. 
-  No juegues con el demonio, peste de crío -dijo don Mal Olor  con sonrisa adiestrada.
Mar tomó de la mano a su hermano y lo llevó a la cocina. 
- Primero los colchones-dijo.
Don Mal Olor los vio salir de la cocina, pero no vio los cuchillos de carne que llevaban en sus manos. Desaparecieron por el largo y ancho pasillo, hasta el último cuarto, como llamaban  a la habitación más alejada de la entrada de la casa. Había dos camas. Les quitaron las colchas. El pellejo del colchón de la primera cama era azul con flores blancas. Lo rajaron  con pulcritud. Sacaron su lana. Encontraron un pequeño tambor de hojalata. Nada más. Le dieron la vuelta al cajón de muelles. Rajaron el fondo. Nada. La tela del colchón de la otra cama estaba pintada de sombrillas chinas. Lo rajaron. Sacaron su lana. La palparon con meticulosidad.
- Sólo los viejos miserables guardan sus caudales en el colchón- les dijo el cura desde el dintel de la puerta- Una caja de caudales es más propio. Todos los ricos tienen una minigruber.
Andrés cerró la puerta en la nariz del sacerdote,  que se alejó a gatas.
Emplearon cinco días para desbaratar la casa. Ni siquiera interrumpieron su desvarío la tarde que vinieron los de la funeraria para maquillar la cara del difunto, vestirle un féretro de castaño y llevarlo al crematorio.  El cura se presentaba en la casa a las diez en punto de la mañana  para estudiar  el cataclismo que habían organizado los dos hermanos.  Flor lloraba sin mentira y artificio en una esquina de la cocina.  Asistió a la cremación y recogió las cenizas que le dieron en el cementerio. Las llevó a casa y las colocó en la mesita de noche del cuarto del difunto, seguramente  el único mueble que no había sido investigado por los hermanos porque era diáfano. Fue cuando don Mal Olor arrugó su frente llena de sudor y dijo:
- Su señor tío me dijo que le gustaría que la urna con sus cenizas fueran a parar dentro de la sepultura en donde descansan sus padres desde hace treinta años. Sería un bonito gesto que cumplieran con su deseo.
- ¿Enterrar sus cenizas en el cementerio? - preguntó Andrés.
-  ¿Dónde mejor? - dijo el cura.
Mar todavía no se había desanudado el pañuelo de su cabeza. Era como si la pañoleta, además de protegerla del polvo, le ayudaba a parapetarse de todo mensaje que no se relacionara con la búsqueda del tesoro.
- ¿No hay camarote en esta casa?- escuchó decir a su hermano. 
- ¡Claro que hay camarote!- exclamó entusiasmada Mar-  Lo recuerdo perfectamente. Es grande, tiene ventanas redondas y hay un carrito de bebé. 
Fueron. El cura y la colombiana, detrás. Entraron a trompicones. Había luz suficiente para ver despojos de cinco generaciones. Solo las arañas pudieron contemplar el rostro placentero de los cuatro humanos  que irrumpieron en su hábitat. 
- ¡Qué idiotas hemos sido! - dijo Andrés. Es, sin duda, el lugar perfecto para evaporar tesoros.
Sin decir palabra, Flor y don Mal Olor se pusieron a trabajar con los dos hermanos. En los tres días que duró la búsqueda minuciosa, nadie habló. Al  considerar que estaban revisando lo ya revisado tres y cuatro veces, despertaron de su letargo y regresaron al piso de don Manuel. Fue cuando Flor exclamó al  ver el desastre que había allí:
- ¡Qué poder tienen los muertos!
- Como el piso y el camarote están completamente desmantelados, siempre podrán venir a seguir buscando- dijo el cura.
- Nosotros nos quedamos a vivir aquí-dijo Andrés- Volveremos a coser los colchones, arreglaremos los armarios de la cocina y colocaremos el inodoro en su sitio. No hace falta más para vivir. Tampoco le necesitamos a usted.
 El párroco viejo y de mal olor entró en el cuarto de su amigo de la infancia y bendijo sus cenizas.  Se puso la boina con garbo. Salió dando un portazo. 
Allá a lo lejos, desde la otra punta del pasillo, Soraya Flor preguntó casi cantando que  qué tenía que hacer ella.
- Remendar el roto de tu colchón -dijo Mar.
- ¿Me dejarán llorar y llamar por teléfono a mi hijo?

El cuarto de don Manuel permaneció con la puerta cerrada. La urna con sus cenizas les angustiaba. Sólo Soraya  Flor, que había aprendido en Pereira el arte de despertar a los muertos, golpeaba la puerta con sus nudillos para despertarlo de su siesta.  Pero don Manuel se hacía el sordo.
- Su señor tío siempre ha sido altivo y un poco fatuo-decía Flor a sus sobrinos- ¿Por qué no damos la urna a don Mal Olor para que la ponga en la sepultura de sus papás?
No se la dieron. La llevaron ellos. El cura les esperaba al pie de la sepultura con un calderín de plata repleto de agua bendita. Fue necesaria la fuerza de cuatro sepultureros para mover la losa y la destreza de un albañil para hacer un agujero en la bóveda de ladrillos. Mientras el albañil descendió la urna con las cenizas de don Manuel, arregló el roto y los cuatro sepultureros colocaron la losa, el cura párroco don Mal Olor mojó el hisopo en el calderín y dibujó tres cruces en el cielo. Con el agua bendita sobrante  regó las flores de la tumba de al lado. 
- Aquí dormirá su descanso eterno-dijo el cura.
Andrés, Mar, Soraya Flor y el cura del cuento salieron del cementerio con el pensamiento amarrado a una caja de caudales que de seguro se encontraba  en el camarote o en el piso. Si hubieran mirado por el agujero por el que bajaron las cenizas de don Mariano, habrían visto una caja de herramientas pintada de verde en la cabecera de la sepultura.


FIN 


Arrigúnaga (GETXO) a 11 de julio de 2017.

jueves, 22 de junio de 2017

DIEGO VALOR

   
     Aunque la abuela Ascensión pasó una noche de perros, dijo que se levantaría a soplar la vela de su noventa cumpleaños. Hacía días que había comenzado a sentir “una preocupación punzante” según ella, desde la noche del domingo de Ramos, que fue cuando dos hombres y una mujer salieron de la radio que le regaló el tío Venancio el día de su quince cumpleaños. Nos lo dijo con tal sentimiento que ni sus biznietos dibujaron una mueca de burla ni trataron de decirle que las radios no son casas para vivir. También pudo ser por la sorpresa. La abuela Ascensión  era  la primera vez que expresaba  un infantilismo tan cercano  a la senilidad. Ella usaba, eso sí, palabras olvidadas, circunloquios extenuantes que aburrían, muy propios de la vejez, pero hasta este momento su imaginación o fantasía no habían perturbado sus razonamientos siempre cautos.  
Lo que más me preocupó fue el temor que se le quedó grabado en su arrugado rostro y el brillo de sus ojos perdido tan fulminantemente.  Se había apoderado de ella un desasosiego que contagiaba. Sobre todo cuando se empeñaba en racionalizar la senda que le hacía sufrir. Mi tía Palmira, médico de bastante nombre, estaba convencida de que no sufría por reencontrarse con su primera infancia. Sufría por el sueño que arrastraba desde la noche del Domingo de Ramos. Eso era precisamente lo más  preocupante. Desde entonces no nos dejaba apagar la luz de su habitación. Estaba segura de que si había visto salir a gente de la radio, los vería entrar. “La gente antigua no deja las cosas a medio hacer.” -dijo con total convencimiento. 
La abuela Ascensión me dijo que la radio había comenzado a emitir interferencias catarrosas después de haber conectado con una emisora de Sevilla para emitir una saeta de ¡ayes! “Son saetas de poca imaginación que sólo transmiten dolor de cabeza.”  Ahí precisamente comenzó el suyo. Primero sintió tandas de pinchazos, algo así como si en su cerebro hubieran montado una oficina de Morse que llegaba con una ligera pérdida de visión, un frío hircismo y unos arqueos que la molieron. Sin embargo, pudo levantarse con esfuerzo para girar el interruptor y apagar los tristes vagidos del aparato. Cuando apareció en el vetusto comedor que sus padres mandaron hacer a un ebanista de París, en donde dijo que la esperáramos para soplar el merengue, comprobamos que todos sus años, que hasta entonces había sabido dominar con pócimas secretas y oraciones contra la decrepitud, mudaron su foto de dama sempiterna a anciana con el DNI caducado.
Como nieto predilecto, al decir de mis primos, Totxi  el solterón me llamaban, que había conseguido llegar a los cuarenta y cinco años sin dar un palo al agua con el amparo del Gobierno, me quedé  al lado de la abuela a falta de otros menesteres. El abuelo, que  falleció a una edad discreta, solía echar la culpa de mis malas migas con el trabajo por perder el tiempo en una carrera insustancial que no servía para nada, salvo para tener el cerebro ocupado en lindezas de salón. 
- “¿Conoces a algún ministro licenciado en Filosofía y Letras?”- me solía preguntar.
-  ¿Quién te haría el nudo de la corbata si yo fuera ministro?- le decía yo.
La abuela no puso ninguna objeción a que me quedara en casa para hacerles compañía a Herminia y Teodora, las criadas. Por supuesto que ella se podía arreglar sola, aunque  le quedaba por hacer lo más trabajoso: morirse. 
Era una primavera que había comenzado con frío, el brillo del sol llamaba a despertar al jardín, extensa propiedad que protegía un alto muro con cascos de botellas en su cima. El árbol que más quería era un roble que plantamos mis primos y yo el día de mi primera comunión. Cuando despuntaban los nuevos brotes verdes entre sus hojas oscuras, me acercaba para preguntarle qué tal había pasado el invierno.  Después, como todos los años, le escribía un soneto y se lo leía con voz impostada hasta que los pájaros que se encontraban en su follaje echaban a volar. La abuela Ascensión me regaló una caja de puros cubanos para que fuera guardando en ella mis sonetos al roble, con el consejo de que los enterrara  en la base de su tronco, consejo que había seguido al pie de la letra. Era un secreto bien guardado por los dos. No sólo era yo el que tenía secretos con la abuela. Ella se había preocupado en regalar a cada uno de sus hijos, nietos y biznietos un enigma.
-  Sólo lo debemos de saber tú y yo. No lo divulgues-decía a cada uno de nosotros. 
Pero aunque nos recordaba, generalmente en el día de nuestro cumpleaños, la obligación de guardarlo, creo que ninguno de sus descendientes, excepto yo, lo hizo. Y ella lo sabía. Por eso me dejó quedarme a su lado y me pidió que anduviera ojo avizor por toda la casa ya que los tres personajes que habían salido de la radio que le regaló su tío Venancio, en algún momento deberían regresar a su trabajo. El mueble del aparato de radio era espectacular. Aupado en una base con ruedas, fabricada en el taller de mi tío Jeremías para que la abuela la pudiera arrastrar consigo, se elevaba hasta algo más de un metro. Era una radio de caoba con calados Art Deco, tres pistones de mando y cuatro columnas salomónicas que, sorteando los peligros de tres generaciones, había llegado viva bajo los cuidados de los abuelos. Él, comprando bujías en los viejos rastros del mundo; ella, pasándole sus pinceles de limpieza por los recovecos de su fachada. Mi padre me solía contar que mis tíos y él se sentaban  frente a su altavoz para escuchar  un cómic inglés que pasó a la SER con el nombre de “Diego Valor, piloto del futuro” en  una serie radiofónica de quince emocionantes minutos. Recordé muy bien las evocaciones de la infancia de mi padre, cuando una tarde nebulosa ya en tiempo de la Semana Santa, la abuela Ascensión, sentada en su mecedora de escuchar la radio, me tomó de la mano y me dijo con voz queda:
- El comandante Valor era inteligente y de buena planta, la profesora Fontana, hermosa como una niña mayor y el capitán Laffitte, que hablaba con dengue francés, un rubiales encantador. ¡Oh,  Diego Valor!  ¡Pensar que lo he tenido tan cerca!
- ¿No crees que ya estarán tumbados a la bartola en algún prado celestial?
- Me puedo haber confundido. ¡Si hubiera escuchado al menos su voz! Es la única “literatura” que El Dictador nos dejó auscultar a partir de los cincuenta. Eso y las “novelitas” del atardecer. ¿Crees que no sé de dónde viene la afición a leer de mis hijos? Y tú. ¿Acaso no escribes sonetos a los árboles?
Fueron días de conversaciones peculiares, sólo interrumpidas por miembros de mi familia cuando le venían a visitar. En presencia de ellos, enmudecía. La abuela, que había perdido toda afición de salir al bosquecillo de laureles para buscar nidos de mirlos, cometía vergonzosas faltas de educación ante su prole y los enviaba a tomar chocolate a la cocina diciéndoles que aprovecharan mientras podían. La realidad era que temía no poder mantener todos sus sentidos en los alrededores de la radio. Estaba segura que cualquier descuido favorecería el regreso de sus héroes radiofónicos.

- Lo importante es no llevarle la contraria. Mientras sus divagaciones sean monotemáticas, estamos salvados. La locura llega cuando comienzan a rodar mundo- dijo la tía Palmira, médica de reconocido renombre.
La tarde del lunes, la abuela me preguntó si me acordaba en dónde brotaban las violetas.
- Junto a los troncos de la parra.
-  Llévame.
Era la primera planta curativa que aprendimos a conocer, primero sus hijos, luego sus nietos y después sus biznietos. Las flores de las violetas cortaban la sangre de las heridas. Frente a ellas había un banco de jardín en donde se sentaba la abuela para curarnos las estocadas de Guerra.
Estaba a punto de oscurecer, en ese punto que las naranjas parecen negras y los txiotxus buscan sitio para dormir en la enramada de los arbustos. De pronto, del otro lado del seto que separa el sitio de las violetas de la huerta de los limoneros, llegaron los cuchicheos de varias personas.  No pude pensar otra cosa que eran algunos miembros de nuestra familia que venían a robar los limones de la abuela. Tenían fama de convertir los combinados en sangre  celestial. La anciana acercó su cuerpo al mío. Temblaba. La rodeé con mis brazos y la llevé a casa arropada en mi pecho.
La casa de la abuela la levantó su padre, don Patricio Iturbe, al regresar de Cuba.  Era una alegre casa de indiano plantada en el centro de un jardín de tres hectáreas en donde no faltaban ni las palmeras ni un bosquecillo de cañas de bambú ni el huerto de cacahuetes. Tenía nueve cuartos  para dormir, la salita de la radio, el salón del teléfono, el comedor con dos aparadores, dos trinchantes, una mesa para veinticuatro comensales y seis pinturas sobre la vida de Guillermo Tell. 

- ¡Señora! Los que andan enredando en el jardín no son de la casa. Creo que duermen en el cañaveral de bambú y me da que están perdidos -le dijo el hombre que cuidaba el jardín.
- Son ellos- dijo la abuela. Su carita seca y rugosa escondió sus ojos de diamante en el lecho de sus cuévanos. -Volver a la infancia para morirse después de vivir noventa años es un lujo. No  puedo dejar amodorrarme por los demonios de mi sueño eterno.
Sus elucubraciones de abuela enfática me hicieron pensar que su cabeza ya no le pertenecía del todo. Mi otra abuela, la madre de mi madre, se murió porque se le olvidó tragar. Aquella noche me acosté entristecido. Pero al día siguiente la encontré sentada frente a su tocador  dejándole a Herminia pasar un cepillo por su pelo. La abuela había recuperado su color, sus ojos se movían alegres y su voz  de niña maleducada peleaba con la criada para darle a entender que le hiciera un moño de novia. 

Yo tenía una bicicleta con un sillín de mimbre en donde paseaba a mis sobrinos por las veredas del jardín.  Cuando el sol comenzó a asomarse por los rotos de las nubes, la abuela me preguntó si tenía un rato para llevarla en mi bicicleta hasta el bosque de cañas de bambú.  La amarré con las correas de seguridad y partimos por el camino de perales llenos de flores blancas pintadas de carmín. La abuela no perdía detalle. Me pedía que no dejara de tocar el timbre de la bici para avisar a posibles visitantes de nuestra presencia. Fue un paseo apacible hasta que pasamos la charca de los patos y nos adentramos en el laberinto.  La abuela me rogó con voz temblorosa que la sacara pronto  del enredo que había diseñado su padre, porque tenía miedo. El laberinto era un calco perfecto de la rúbrica de su padre.  
- Es un lugar perfecto para esconderse. No me extrañaría que Diego Valor y la profesora Fontana vinieran aquí a hacer el amor. La firma de mi padre tenía un rulo muerto. El jardinero trazó en el laberinto un lecho de amor sin salida en donde toda la familia se ha escondido alguna vez -me dijo la abuela.
- ¿Los viste bien, abuela? ¿Estás segura de que eran ellos?       
- ¿Cómo no van a ser ellos si saltaron de la radio vestidos  con trajes de cibernautas extravagantes?
Un extraño rumor compuesto de silbidos, guirigays y cisco con sordina precedió a un zumbo.  Tres sillas volantes se fueron en planeo yo creo que del cañaveral de bambú. Cerré los  ojos para recordar la rúbrica de mi bisabuelo e hice el camino que faltaba para la salida del laberinto en un pispás. La abuela se aferró a mi camisa. La escuché decir:
- ¡A casa, Totxi, a casa!
 Pedaleé con todas mis fuerzas. ¡Qué fantástico espectáculo trazaron en el cielo las sillas volantes! Al llegar a la recta que conducía a la entrada principal de la casa, las volvimos a ver allí a lo lejos. Un sonido sideral, como de estrellas rotas, nos derribó. Sentados en el santo suelo vimos a las tres sillas volantes colarse en la casa por la gatera del portón mientras bajaba del cielo la suit “Los Planetas”, de G. Holst.

FIN


Arrigunaga GETXO, a 29 de abril de 2017.

miércoles, 10 de mayo de 2017

EL REQUIEM DE VERDI


     Marichén clavó un tacón de su zapato de diez centímetros en el agujero de un registro del agua y se rompió el tobillo. Le ayudó a levantarse del suelo un perro de ciego amaestrado para ayudar. Antes, un viandante con granos en la cara y gorro de pompón se solidarizó:
- ¡Menuda hostia, tía! ¡Ju-Ju! -le dijo al pasar por su lado. Y la dejó clavada.
Una chavala dejó de hablar por el móvil un par de segundos para decirle:
 - ¡Qué vergüenza!, ¿verdad?- Se ruborizó y también la dejó abandonada.
Sentada en el suelo, Marichén se frotaba el pie sin ánimo de levantar sus ojos para no ver al personal que trotaba de arriba abajo. También ella pensó que una chica tirada en el suelo  con un zapato de diez centímetros de tacón incrustado en el agujerito de un registro de agua y otro zapato arrebujado en su regazo, era una visión desalentadora para cualquier persona con un mínimo de educación. Así permaneció hasta que la lengua de un perro grande le lamió su cara desde la barbilla hasta su frente y le prestó su lomo para acercarla a un banco. 
El perro se marchó con su dueño ciego y Marichén, mientras esperaba a la ambulancia que había llamado con su móvil, sentada correctamente en un banco, miraba a los ojos de los humanos que paseaban imbuidos en sus entretelas. Marichén, emocionada por el apoyo del perro, lo buscó en la lontananza y le lanzó un beso
- No estamos solos- pensó.
Nuestra protagonista permaneció tres meses recluida en su casa con el entretenimiento de algunos libros ya leídos y atendiendo a las numerosas llamadas telefónicas que le prodigaban sus amistades. Sólo llamaron a su puerta una lanzadera de Gas y el repartidor de Pizzas Ñam-Ñam. Le quedó una pequeña cojera. Suficiente como para apartarla de los zapatos con tacones de aguja. Repasó la balda de zapatos y eligió un par para llevarlos al remendón.


Indalecio el zapatero tenía su cuchitril en un bajo con puerta de cristal, con bombilla de sesenta colgada del techo, justo encima del “burro”. Sentado casi en el suelo, en una banqueta mocha, rodeado de zapatos al alcance de la mano, escuchaba una y otra vez el Réquiem de Verdi de un CD que le regaló una sobrina enamorada de la música clásica. No es de extrañar que la gente del barrio le tuviera como un zapatero culto. Seguro que Indalecio fue un chico guapo antes de que el tren de cercanías le triturara sus dos piernas más abajo de las rodillas. Eso sí. Le quedó en su rostro una mueca de terror que procuraba disimular con una sonrisa trasnochada. Aprendió el oficio haciendo zapatos con ayuda de su abuelo para vestir sus pies nuevos que le confeccionó el ebanista Menelao Vicario, un especialista en pies de apóstoles, cristos y ángeles de los pasos de Semana Santa. Indalecio vivía con una tía viuda. En invierno, cuando la lluvia entraba por la mar azotando los senderos, su tía le bajaba a su taller, aupado en una burra y cubierto con un capote de carabinero. Era cuando su aspecto impresionaba hasta a los perros. Parecía un guiñol de tamaño natural que caminaba bamboleándose colgado de sus muletas como un grillo. Y es que Menelao Vicario, además de tallarle unas piernas postizas de madera de satín con sus correas correspondientes, le hizo un par de muletas axilares que las manejaba con la destreza de un saltimbanqui. 
Sus cuatro piernas de madera le permitían dar zancadas de hasta tres metros. Los días que caminaba ataviado con su capote de carabinero, las madres desviaban la mirada de sus retoños para protegerlos de posibles pesadillas. Sin embargo, sentado en su trono de zapatero, con el CD de Verdi a toda marcha, recibía a su clientela serio como un cura en el momento de la consagración. Indalecio tenía algo que no dejaba indiferentes a las mujeres. No, no era lástima. Si las ruedas del maldito vagón no le hubieran cercenado la tibia y el peroné de ambas piernas, de seguro que Indalecio habría pertenecido al montoncito de hombres codiciados. Aún así, apenadas por el estropicio, algunas eran incapaces de colocar sus ojos en su rostro o en el calendario del parque municipal de bomberos que colgaba encima de su cabeza. Al acercarle los zapatos de vestir de sus maridos para que reparara sus suelas, le miraban su nido con astucia, en donde se suponía que dormitaba su señal de identidad. ¡Ay Indalecio, nunca se sabe en qué punto cardinal  reside el diablo!
Indalecio perdió a su padre a los cinco años. Era labrador. Una patada de una vaca harta de que la ordeñaran, puede matar. La vaca golpeó al padre de Indalecio a las siete de la tarde del mes de noviembre. El muchachito presenció el leñazo desde la puerta de la cuadra. Recogió el balde y lo llevó a la cocina en donde su madre preparaba la cena.
- La vaca es mala. Le ha dado una coz a aita -dijo Indalecio. 
Su madre siguió picando patatas para la tortilla de la noche. Tenía el pelo recogido en una coleta, los labios pintados y las uñas de las manos también pintadas de rosa, menos el dedo índice de la mano derecha que tenía la uña cortada recta. Indalecio se acordaría de dos cosas en su vida: la coz de la vaca y cuando escribió en la pizarra de la escuela del cero al cien. Entonces su padre le llevó a los manzanos y le dio cien besos casi sin respirar. No recordaba ningún beso de su madre. Tampoco los echaba de menos. Además, un mes después del entierro de su padre, ella se marchó a vivir con un carnicero unos diez u once pueblos más lejos de Bilbao. Para ir a casa del carnicero, primero había que ir a Bilbao y coger otro tren en una estación distinta. Le llevó una vez su abuelo, pero no le interesó nada el viaje. Además, su madre no se encontraba en casa y el carnicero, cuando les tocó la vez, cortó un kilo de rabadilla para que se lo comiera en su casa. Estaba buena. 
A Indalecio no le faltó nunca el trabajo ni tampoco los regalos. Las mujeres le llevaban a la zapatería alguna que otra botella de coñac, un kilo de garbanzos, un plato de croquetas preparadas para freír y cosas así.  Indalecio ponía una sonrisa triste que conmovía. Era su forma de dar las gracias. Su mueca iba acompañada de una mirada de perro apaleado. Con el paso de los años, Indalecio advirtió que las mujeres más dadivosas eran las que detenían más tiempo sus ojos en su paquete. Y él, reclamado por los tambores del infierno, estiraba sus muñones y levantaba su delantal de cuero con tal gracia que pinchaba al personal.


 Marichén entró cuando Indalecio lustraba un zapato. Era un ejercicio que dejaba libre su tímida mirada. Así, sin dejar de cepillar, sus ojos se quedaron prendidos de la mujer más linda que seguramente andaba por el mundo. Y pudo permanecer mirándola todo el tiempo que ella quiso porque Marichén también dejó colgados sus ojos  en el rostro del zapatero remendón.  Indalecio sólo enrojeció por un instante al pensar que aquella cosa tan bonita permanecía en pie, mientras él estaba sentado. Y así debía de ser, porque aquella mañana se había quitado las piernas de madera de satín, correctamente calzadas con zapatos de ante. Las piernas permanecían recostadas en la pared, al lado de las muletas. Él y ella. El hombre y la mujer. Se gustaron. De eso no había duda. Primero habló Indalecio. Eso sí. Sin dejar de contemplarla.
- ¿La conozco?
Ella respondió. También sin dejar de contemplarle.
- Creo que no.
- Yo soy de los que van llamando la atención -dijo Indalecio. Y pensó que era la primera vez que hacía un chiste con el desaguisado de sus piernas.
- Yo también me rompí el tobillo-dijo Marichén iluminando su rostro con una sonrisa de pecado mortal.
Marichén no recordaba haber gozado de un sosiego semejante. En sus treinta años de vida,  jamás se había encontrado ante un ser humano con poder para subyugar.  Seguramente eran sus labios. También podían ser sus ojos, ¿quizá su voz? Era todo junto. No había duda de que se había enamorado. Y repentinamente un extraño pudor enrojeció su rostro. Sintió alegría. ¿Cómo no se le había ocurrido entrar antes a aquella zapatería? Nunca había sido una mujer decidida. Nunca había volado hasta las nubes azules que surcan el cielo. Sin embargo, Marichén se agachó para dejar en el suelo la bolsa de plástico cos sus zapatos, extendió sus manos y dijo:
- Me llamo Marichén.
Indalecio, sorprendido por el gesto de la mujer, se dejó despertar de su propio sueño. Su cerebro comenzó a exigirle informes. Quiso saber con apremio la talla de su cintura, el contorno de su perfil, la figura de sus piernas. Pero, sobre todo, necesitaba tocarla, oler su piel, acariciar su cabello, sentir su aliento, morder sus labios, reverenciar sus pechos. ¡Ay, Indalecio! ¡El demonio no es tan malo! Cuando estaba próximo a cumplir cuarenta años, aparece en su cuchitril la hembra con la que había soñado toda su vida. La angustia de su pecho, las cosquillas de sus tripas cantaban sin parar. No había duda. Se había enamorado. Indalecio tiró el zapato que estaba lustrando, estiró sus brazos y en el momento que las puntas de sus dedos rozaron las yemas de los dedos de Marichén, corrió un relámpago por sus venas.
- Me llamo Indalecio.
Lo dijo en el preciso instante  que el CD se fragmentó  y la orquesta y los coros del Requiem de Verdi enmudecieron.

FIN


Arrigúnaga (GETXO), a 22 de marzo de 2017.