martes, 16 de enero de 2018

El PRINCIPIO

1


Fabricia Wieneken escribió algunos acontecimientos de la familia en las cuartillas que su marido empleaba para apuntar los pedidos que recibía su fábrica. Las cuartillas las preparaba su secretaria, una mujer que se embutía en un corsé  de varillas de ballena para disimular su cuerpo de gallina. Se llamaba Osiris Chichikov, pero le llamaban la Chichikova, al estilo ruso. Los anclajes para el justillo se los enviaba una prima desde el Puerto de Tórshavn, en las Islas Feroe. Osiris añoraba mucho su casa, los ahumados y a sus padres y solía desaparecer sin decir nada. Regresaba pletórica. Pero un día desapareció y ya no volvió más. Fabricia recibió una carta de su secretaria en la que le agradecía el trato recibido y la paciencia que había tenido con ella. Se despedía para siempre con un adiós lacónico y le rogaba que devolviera los anclajes para su justillo a su prima de Feroe. Fue entonces cuando Fabricia Wieneken comenzó a rasgar el papel que Osiris le había preparado para escribir su diario con su letra que imitaba campos de trigo abatidos por el viento. Hablaba de la compra de un  terreno al borde del acantilado de la playa. Gabriel Iturrate estaba tan emocionado con el relato de su esposa que robaba tiempo a su trabajo para enderezar con su aliento sus letras sesgadas, como si las palabras estuvieran humilladas por un viento que llegaba de Lucerna, la patria de su mujer.  Perteneciente a una familia de relojeros, la joven Fabricia había aprendido de su abuelo a diseñar esferas floridas y números vivos que ilustraban órbitas que luego se fabricaban en serie y los exportaban generalmente a Estados Unidos de América desde el puerto alemán de Bremen. Sin embargo, el peso real de su fortuna les llegó fabricando prismáticos de gran potencia, que los americanos ricos utilizaban para explorar las estrellas, dibujar mapas del cielo y perseguir a las pelotas de golf por el paisaje. 
Era una época en la que hombres arriesgados podían enriquecerse de manos de la industria y hasta ordenar tallar un escudo ortodoxo en el frontis de una casa de ensueño al borde del mar. Fue el quehacer de los Wieneken perfeccionando esferas de gran precisión, y de Gabriel Iturrate instalando los primeros y únicos hornos Chenot que funcionaron en el mundo, un sistema para producir hierro dulce sin tener que recurrir al alto horno y al afinado.
La familia de Fabricia Wieneken estaba relacionada con las cunas más nobles de Lucerna. Aunque había aprendido a diseñar esferas sorprendentes, también dedicaba cuatro horas al día en interpretar partituras de Mozart que le conseguía su abuelo, el hombre más rico de Lucerna, en mercados perdidos, en almonedas regentadas por familias de gitanos o de judíos que recorrían la pequeña Europa en el tiempo que dura una primavera. 
- Sólo quedan un poco lejos Sevilla y Estambul- solía decir Fabricia.
- ¿De dónde?-le preguntó una noche Gabriel Iturrate.
- De mi casa-le respondió la mujer, sin aclararle cuál era con exactitud su casa.
  
 Fabricia Wieneken era una mujer de mucho carácter. Su “carácter” surgía al no levantarse de la mesa sin haberse metido entre pecho y espalda media  botella de vino blanco. Se apreciaba su alegría porque elevaba un poco más la voz. Aquella pequeña exaltación patriótica la hacía atractiva entre muchos hombres, generalmente tímidos, que soñaban en tenerla entre sus brazos. Quizá su atractivo residía en que nadie le vio dar un traspié. Sus carcajadas de rosas recién abiertas atraían a los hombres de todas las edades y hasta el clero sacaba el rosario para disimular el murmullo que agitaba su bajo vientre. Una vez sucedió al revés. Ella escuchó la risa del industrial vasco y le buscó persiguiendo el eco de su alegría por cinco salones. Gabriel Iturrate, un hombre atractivo a juzgar por la alta burguesía de la ciudad suiza de Los Cuatro Lagos, tenía fama de sacar grandes coladas de hierro y de hacer nidos con ramas de cerezos y avellanos para colgarlos en los aleros de la casa que alquilaba para pasar algunas semanas a orillas del río Reuss y de amaestrar a una pareja de jilgueros a comer migas de pan de sus labios. Muchos años después, el nieto de Gabriel Iturrate, Jaime Iturrate, un excelente pintor experto en putas pobres pintadas al óleo, decía que su abuelo, “El Fundador”, como le llamaban en familia a don Gabriel, era el vivo retrato de Gary Cooper. De tal forma que tenía una pintura del actor en “Plumas de caballo”  encima de la chimenea de su estudio. 

Fabricia Wieneken eligió las dos hectáreas de terreno al borde de la mar en donde construyó la mansión más hermosa que nadie había visto hasta entonces. La casa, acotada por una empalizada pintada de verde, se elevó altiva arriba de la peña áspera. Era una casa con tejados empinados y ventanas puntiagudas; sus paredes terminadas a cara vista decían que algo tenía que ver con una mansión old english, estilo importado por algunos arquitectos vascos del Reino Unido, pero una torre ladeada con tejado a cuatro aguas y otra torre gótica que cubría el ábside de la capilla, daban a la casa un aspecto ecléctico. Su aspecto era colosal. Cuando se colgaban las nubes grises, pesadas como una colada de plomo, encima de sus torrecillas y palomares, semejaba una litografía romántica de cuento.
Los trabajadores de la fundición juraban que el matrimonio acudía en bata de cama a presenciar, desde una terraza construida con tal fin, los esputos de los convertidores Vessemer y que en el éxtasis de las eclosiones abrían su ropa de cama y copulaban pintando dibujos chinescos en una pared de ladrillos refractarios. Los más imaginativos decían que eran como santos y se santiguaban cuando columbraban los espíritus puros de sus patrones en la pared. Todo era desvarío. Por ejemplo, su único hijo, Fernando Iturrate, que llegó a ser el mejor carpintero de marionetas de Europa, fue concebido en la canícula de agosto.
                                         
La historia de los Iturrate podría haber comenzado mucho antes de la compra del terreno al borde del acantilado de la playa. Por lo menos cuando Gabriel Iturrate comenzó la carrera de ingeniero en Madrid. Fue seguramente el desconocimiento puntual de la vida de Gabriel, la que movió a Patricia a escribir sólo “su historia” en un momento real. O por lo menos cuando ella se encontraba ya asentada en el comienzo de su vida de casada y establecida en la tierra de su marido. 
Para conocer la vida de Gabriel Iturrate, lo más lógico hubiera sido preguntar a su madre, una mujer que, ya entrada en años, desgranaba el pasado como si fueran cuentos infantiles. 
 Fabricia ignoraba que una mañana, antes del amanecer, la madre de su marido madrugó para hacer fuego con los zuecos de ir al corral y vestirse su corsé nuevo. Le vieron tres personas en el apeadero del ferrocarril con un saco de loneta. Sólo tres personas fueron suficientes para contar minuciosamente cómo iba vestida. Luego, el revisor del tren añadió que tras pasar Miranda de Ebro, se encerró en el W.C. para ponerse un casquete con velo, pintarse los labios, darse colorete y echarse colonia Tabú, de la casa Mirurgya. Es como le descubrió su hijo entre el público momentos antes de que el Decano de la Escuela de Ingeniería de Madrid leía su nombre para que se acercara a recoger su título de Ingeniero Industrial. La señora actuó como una viuda experimentada: escondió su rostro entre sus manos y lloró sin aspavientos mientras sonaban los aplausos. Al sentir que su hijo le apretaba con sus dedos sus hombros, dejó caer sus brazos a lo largo de su cuerpo y lo miró con la misma dulzura que lo hizo después de darlo a luz. 

- He quemado mis zuecos para calentar la leche de mi desayuno- dijo lo suficientemente alto como para que su voz templada llegara a todos los rincones del paraninfo-. También he cerrado la puerta de nuestra casa con llave para avisar a los mendigos que no estoy en casa. Ahora te llamarán don Gabriel Iturrate y yo seré por fin la madre de don Gabriel. ¿No les parece un sueño? 
Nunca se había proclamado un discurso así en aquel lugar sagrado de la ciencia. Un aplauso caliente calificó de cum laude las originales palabras de aquella madre que puso el broche final a una ceremonia con tres líneas de novela. Aquella noche su hijo le llevó a cenar a un restaurante en el que un hombre tocaba la guitarra y una niña, la pandereta. Cenaron sopa, bistec y un plátano. Luciana dio a su hijo unas monedas para que las dejara en la caja de la guitarra. Después su hijo le acompañó a la pensión en la que había alquilado un cuarto que daba a un gran patio en donde había una huerta y un gallinero. Debajo de un árbol (seguramente un manzano) se dibujaba la figura de un burro. Era el Madrid de finales del XIX.

- ¿No tienen cuartos que den a una calle por donde pasen carruajes? -preguntó Luciana a su hijo. 
- Pensé que preferías ver las estrellas. Pero mañana preguntaremos lo que se puede hacer.
- Quiero ver carruajes, berlinas con dos cocheros, calesas, automóviles, carrozas con nobles que viven en palacios. Quiero comprarme zapatos, un sombrero, entrar en una tienda de telas bonitas. Esta casa de huéspedes no está a nuestra altura. ¡Tampoco quiero volver a montar en un pollino! 
Gabriel Iturrate se colocó encima de su nariz los cristales para estudiar. Examinó el rostro de su madre como si tuviera delante a un invento alemán de última generación, una máquina desconocida preparada para fabricar dinero cuando hasta entonces sólo había elaborado suspiros y lágrimas. Habló:
- Creo que primero deberé colocarme en una empresa para ahorrar y entonces a lo mejor te puedes comprar zapatos, telas y sombreros. Es el orden lógico, creo yo.
- Es el orden lógico si tu padre no me hubiera dado indicaciones y no nos hubiera dejado una libreta de ahorros con unos miles de duros. Creo que ha llegado el momento de quemarlos con inteligencia.
Los ciento ochenta y tantos centímetros de altura de Gabriel Iturrate se mecieron en los tiestos de sus zapatos. Sabía por experiencia que su madre no gastaba una frase que desluciera a la anterior ni que agrietara su discurso. Más que una mujer de pueblo verbosa, se expresaba como un texto de resistencia de materiales. Los ojos de Gabriel Iturrate, tan azules como los de sus antepasados marinos, estudiaron con parsimonia el rostro de su madre. Un rostro hermoso por el que muchos hombres se lo hubieran jugado a puñetazos para adivinar el sabor del carmín de sus labios. Ella se dejó mirar como una planta presentada a un concurso floral, luego tomó de un brazo a su hijo y tiró de él hasta que consiguió que Gabriel perdiera su equilibrio y ambos terminaron sentados en el borde de la cama. 
- Tu padre comía con buen apetito. Pero yo sabía que ya no tenía hambre. Fue el cuchillo que se me clavó en el alma. No hace falta tener hambre para simular tener buen apetito. Enmascaraba su buen apetito para no meter la tristeza en casa. 
- No son horas para tus galimatías, madre.
- De esos enredos entendemos las mujeres, es verdad. Sabemos  cuando entra la congoja en casa. Tu padre estuvo disimulando su buen apetito hasta que una noche dejó de mascar un filete y se lo dio a Soplo. Tú eras todavía demasiado niño para ciertas cosas. Pero desde el día que regaló la carne al perro ya no le volvió más el hambre. Había llegado el momento más difícil: convencerle que había que visitar a un buen médico para que nos dijera por qué no tenía apetito. Tu padre me llevaba veinte años. Me acordé cuando el médico habló con palabras tan claras como si estuvieran escritas en un cielo diáfano con pintura roja y él las fuera leyendo, sin vuelta de hoja: “La edad es la peor enfermedad para sanar. Yo suelo recetar un bastón y paseos. Hasta que las piernas aguanten. Todo lo demás no son más que sacaperras para enriquecer a los boticarios”. Tu padre siguió los consejos del médico. Se compró un bastón de caña y se acercaba con Soplo hasta el borde de la peña a contar los barcos que entraban y salían de la Ría. Si había movimiento decía que la economía del País iba bien. Me alegraba verle alejarse desde la ventana de la cocina con la espalda recta y su chaqueta azul. Le vigilaba hasta que tomaba el camino de la peña. Tú no tendrías arriba de cinco años y ya habías aprendido a hacer preguntas demasiado impertinentes. Todo fue bien hasta que un maldito día tu padre regresó a casa tras caminar no más de cien metros.
- “Creo que el cielo se está pintando de negro por allá atrás”.
- Te acuerdas lo que dijo. “Allá atrás” era el Norte. Lo dijo con la voz que les nace a los hombres que escuchan los cascos de los caballos negros que tienen en la funeraria.
- ¿Quién te ha enseñado a expresarte como un sibila? -preguntó Gabriel con una sonrisa en su boca.
- La soledad, el tiempo y los libros. El tiempo me lo regalaste tú cuando viniste a estudiar tan lejos de casa. Los libros se fueron amontonando alrededor de tu padre cuando sus piernas se negaron a caminar y le sentamos en una butaca; después le tumbamos en su cama. ¿Has olvidado cuando le leías libros que no comprendías? Él siempre te escuchaba con los ojos cerrados, hasta que un atardecer comenzó a cantar. ¿También has olvidado que tu padre comenzó a cantar para aprender a morirse?
- Hay cosas que los hombres preferimos olvidar.
- Tu padre cantó para olvidarse del dolor de sus huesos.
- O porque era feliz. Muchos hombres dicen que sienten un hálito cuando escuchan los pasos de la muerte.
- Eras demasiado pequeño para comprenderle. Aunque también he pensado que tu padre cantó porque ya había traspasado su fortuna a mi nombre para que pudieras estudiar. ¡Vete a saber! Y también he pensado que tu padre volvería a cantar hoy si viera que conservo íntegros los miles de duros que nos dejó en su maleta que usaba para ir a la mar. He podido pagar tus estudios con mi trabajo. Te he mantenido con mi trabajo. Te he alojado, vestido, calzado. ¡Dios! ¡Dios! Y la fortuna que ahorró tu padre se ha multiplicado con los años. ¿Qué piensas hacer? Te juro que no es poca manteca. Ya sabes que yo me conformo con nada. El caldo de una gallina vieja bien condimentada alimenta a medio asilo.
- Mañana iremos a buscar un cuarto que te guste. Después te acompañaré a hacer compras. Luego regresaremos a casa. Si guardas tanto dinero, quiero viajar a Alemania a trabajar algún tiempo en una fundición de hierro y aprender lo que no sé. Si es que somos ricos quizá monte una empresa de hierro. Quiero colar acero. El mejor acero del mundo. Cuando esté preparado, traeremos carbón de Inglaterra y el humo de las chimeneas alcanzará las nubes.
- ¡Soñador!
- Ya lo verás. Pero dime, madre: ¿Dónde has trabajado tanto para hacer las cosas que has enumerado?
- ¡En mi cama de matrimonio!: ¡De puta! De puta de notarios, boticarios y curas doctorados en Roma. De puta de marinos que recordaban puertos rozados en su vida de mar. De zorra de cerdos de nuestro pueblo que ahorraban tres meses de su sueldo para llenar nuestro maletín. ¡Zorra!, hijo. ¡Tu madre es una zorra!

                                  

3


 Gabriel hundió sus narices en el pelo de su madre y le besó en su frente.
   


FIN

martes, 5 de diciembre de 2017

SABINILLO. Semblanza de un carabinero bueno.

                           
 Pedro, el enterrador, dice que mi abuelo no se murió del todo. Afirma con conocimiento de causa que los difuntos salen de sus tumbas con barro en sus cuerpos y que no tienen más que pasar por las duchas municipales para recuperar su estampa. También dice que se cortan el pelo y se arreglan las uñas de las manos y de los pies; que hacen gárgaras con aguardiente y evacuan hasta que se les aclara la orina. Pero casi nadie le toma en serio porque todo el mundo sabe cómo es Pedro.

 Mi abuelo usaba boina, le faltaba un diente, tenía un hoyuelo en el mentón, medía uno sesenta y se pintaba los labios de color rojo cardenal. Sólo bebía vino y comía pan viejo. Representaba setenta años. Él decía que no tenía ninguno porque todavía no había nacido. Generalmente los miércoles iba a la Plaza de Abastos, que es día de mercado y compraba palo de regaliz para los niños que jugaban en el patio del asilo. Mi abuelo se llamaba Sabino. Se apellidaba Deán y sus ancestros, hasta donde se perdía la memoria, había pertenecido al cuerpo de carabineros reales.
Cuando le dieron tierra, una mujer se quedó a su lado echándole amores. Le dijo que iba a dejar la puerta de casa sin llave y la botella de anís encima de la mesa de la cocina. Era Damiana, su amante vital.
     Los vecinos de San Bartolomé de Xobe tenían que ir a Ribela a comprar matarratas si no querían que  los bichos les comieran el maíz. Sabino mataba las ratas a balazos. Sabino Deán tuvo un brillante porvenir en el Cuerpo porque sabía leer de carrerilla, pero era chisgaravís y prefería perseguir a las ratas que vigilar a los bandoleros y detener a los traficantes de café. Y aunque no mermó demasiado como guardia, siempre le admiraron su inteligencia natural y sus raros conocimientos. Sobre todo por sus raros conocimientos adquiridos en sus  sesiones de lectura junto al fuego de la cantina del cuartel. Había un hombre rico en el pueblo, don Copago Cenador, que le dejaba enredar en su biblioteca los domingos por la mañana.
En 1898 Sabino Deán se libró de la Guerra de Cuba y luego de la de Filipinas. Para no ir a ninguna  pidió el traslado a la provincia de Vizcaya. Con ayuda de don Copago Cenador y de su esposa, doña Romana, que era coja de tacón lustrado, lo mandaron de cabo comandante al puesto de carabineros de Hacienda de Gernika. Un cabo comandante, carabinero de Hacienda tenía derecho a casa separada del cuartel, a un caballo o en su falta a un mulo. También podía criar un cerdo para consumo personal con las sobras del rancho del cuartel y al paño para dos cortes de uniforme cada dos años. Con el de verano, Andrea Paz, su mujer, hizo mantel y servilletas con vainica dorada, de general. Aquella mujer era mi abuela, que llegó ya preñada de mi padre, un crío al que llamó Leandro. Mi abuela se murió de repente un año o así después de llegar acá. A partir de entonces, Sabino Deán se fue transformando en un carabinero inescrutable que se movía de tapadillo sin hacer demasiado caso a las ordenanzas militares.  
Le tiraban más los senos de las mozas que el Catecismo del Duque de Ahumada y amaba más el pellejo de una bota que el charol de su tricornio. No se volvió a casar. Se apuntó a una logia masónica y pronto llegó a ostentar cargo. Era listo y vivo. Como no tenía bigote se disfrazaba de mujer y de cura. Amaba a las rosas y, de hecho, las cultivó en el cuartel, debajo de sus ventanas. En su jardín crecía un rosal, que sólo florecía una vez cada cinco años. Y aún en estas ocasiones alumbraba solamente una magnífica flor que exhalaba un olor tan suave que los que aspiraban su fragancia olvidaban su tristeza y su edad. 
Venía a oler el rosal gente de París y de Bermeo y respiraban la rosa y daban volatines de regocijo y se estiraban de las orejas. Misterios antiguos. Como era viudo, joven y uniformado, el mundo se le puso fácil, aunque él se encargaba de complicarlo con sus ideas retorcidas. A su hijo, mi padre, lo crió mayormente Damiana, una vecina. El cabo Sabino pagaba a Damiana en moneda sexual. Era una pareja alegre, cantaban dúos de zarzuela y viajaban juntos. Sabino iba a Madrid a llevar recados del coronel de la Zona y de un diputado que también era masón. Y llevaba con él a Damiana. Iban en el correo de las 9, en tercera clase. Les gustaba ver correr el paisaje y bajar a las cantinas de las estaciones para tomas café, rosquillas de anís y bollos de mantequilla. Estas idas y venidas ungían sus vidas de cierto misterio y algunos vecinos comenzaron a tratarles de usted. Fue por aquella época cuando comenzaron a decir que el cabo Sabino era un demonio. Seguramente fue un grupo de viudas envidiosas las que le motearon con tan mala compasión. Los masones y los demonios, primos hermanos. En Madrid, Sabinillo y Damiana iban al teatro a ver a Celia Gámez en Las Leandras, cuyo pasacalle coreaba todo el mundo. Comían garbanzos con callos y tomaban el aperitivo en la calle Santo Domingo. Cuando Franco y su tropa se sublevaron contra el Gobierno, mi abuelo andaba cerca de los cincuenta. Su cuartelillo de carabineros luchó al lado de la República. Él paseó su cuerpo liviano en el espinazo de un burro llevando y trayendo chismes de un frente a otro. Era lo que mejor se le daba. De todos los horrores que vio, de los que más hablaba, era de los de Teruel. En la parte trasera de casa tenía un huerto y un gallinero. En el huerto crecían las ortigas más hermosas del pueblo. En el gallinero construyó una chabola con paredes de madera y tejado de brezo y la destinó de almacén para su colección de cosas inverosímiles que fue reuniendo en sus viajes. Tenía pies humanos de madera, bragueros para hernias indomesticables, campanillas de misa, carracas de matar a judas, frascos con agua bendita de muchas iglesias, balas, corazas de tortuga, latas de hojalata, botellas de colores,  herramientas para modelar dentaduras postizas y un montón de objetos sin nombre. Cuando Sabino Deán se sentía aburrido, se encerraba en su chabola y ordenaba sus cachivaches unas veces por tamaños, otras por materias. En una hornacina de santo guardaba dos cuernitos, seguramente de cabroncitos jóvenes. Cuando los enseñaba decía que eran los cuernos que había  traído puestos cuando nació.
Según se hacía viejo, mi abuelo se fue ilustrando: sabía la historia de los reyes visigodos, de los emperadores romanos, la de los papas y el nombre de los golfos y cabos del mundo. Conocía la historia del té, cómo cría perlas una ostra, por qué no vemos en la oscuridad, por qué nos quedamos dormidos. Sabía la fábula del calvo y la mosca, sabía confeccionar flores de papel, desenterrar la luz solar, la lista de los seres más pequeños que habitan en nuestro mundo; sabía cuál es el origen de la música, por qué se sostienen en pie los edificios; sabía la historia de Santa Úrsula y las diez mil vírgenes de Bretaña, la de San Crispín, patrón de los zapateros; sabía cómo distribuía un león las horas del día, qué fuerza hace volar a las flechas, cómo hacían los marinos los nudos; conocía las banderas de las naciones, cómo se forma un arco iris, por qué contamos por docenas; sabía con qué producen las abejas los zumbidos, si las flores duermen de noche, conocía la historia de la bicicleta, cómo se fabrican los ladrillos, por qué se apaga el fuego, cuál es el origen de nuestros pensamientos; sabía hacer pompas de jabón, un violín con un caja de cigarros, tinta invisible, dulce de coco, un globo. Sabía cómo ayudó Lady Godiva a su pueblo, por qué botan las pelotas, por qué nos inquietamos, a dónde va a parar el humo, la historia del caballo, por qué se mueven las cosas, sabía a quién pertenece la cara que vemos en la luna, sabía la letra de la Marsellesa; sabía por qué se les caen los rabos a los renacuajos, por qué andan los relojes, por qué las gotas de lluvia son a veces grandes y a veces pequeñas; por qué no nos vemos a nosotros mismos en los sueños. Sabía recitar muchos poemas y contar docenas de historias sacadas de los libros. Cuando iba en su mulo de un frente a otro, pensaba en todas las cosas que sabía para matar el miedo. Al llegar a las trincheras se quitaba las alpargatas y se sentaba en una piedra. Leía los nombres de las cartas con la precaución de quien espera que el llamado estuviera muerto. Es lo que mayormente hizo en la Guerra: llevar cartas de vecinos de un lado a otro. Al principio vestía su uniforme de carabinero, pero cuando cayó Bilbao se vestía de civil o de religioso, según la conveniencia. También solía emplear las albardas del animal para transportar pan y tocino. Y dejaba usar la trasera de la mula a los soldados más niños. por si los mataban vírgenes de todo animal, racional o irracional. Con el tiempo la gente se olvidó que Sabino era carabinero. 
Era Sabinillo, una especie de mensajero que caminaba de trinchera en trinchera llevando y trayendo recados. Los republicanos creían que era de los suyos y los nacionales también. Por eso no le disparaban. La mula se le murió de un sobresalto en 1956. Para entonces el cabo Sabinillo ya tenía dos libretas de la Caja de Ahorros llenas de duros. Los hizo con estraperlo, mayormente de aceite y tabaco, aunque algún año compró latas de arenques y berberechos a muy buen precio. Lo gordo del dinero lo sacó con la penicilina y con las medias de cristal. Iba a medias con un capitán de la marina mercante. El capitán compraba el género en América y él lo sacaba del barco a la luz del día, como objetos decomisados por la autoridad. Y es que los carabineros son del cuerpo hasta la muerte. Mi abuelo se compró una moto con sidecar y un sombrero verde con pluma de pato azulón. Los domingos le paseaba un carabinero más guapo que Dios, de uniforme, y él iba sentado en el sidecar fumando puro. También paseaba en su sidecar a Damiana. Entonces él iba de paquete, bien agarrado a la cintura del guardia civil más guapo que Dios, y ella en el sidecar. Damiana usaba pañuelo para el pelo y se ponía gafas de sol.
El abuelo, en sus últimos tiempos, aunque se vestía de civil, volvió a usar tricornio. En el último trayecto de su vida se hizo amigo de un perro. El perro se llamaba Estalin. Dicen que se lo regaló un fraile algo loco que vivía en Zenarruza. Este fraile era alemán y plantaba patatas y nabos. Se levantaba a las tres de la mañana a tocar el armonio. Mi abuelo se refugiaba en el convento y permanecía allí durante semanas. El perro Lin era un foxterrier de muy malas pulgas. Le gustaban las manzanas y las pantorrillas de las chicas. Cuando Lin mordía a alguien, mi abuelo miraba para otro lado, como si el perro no le perteneciera. Y si le regañaban demasiado, se echaba el tricornio a las cejas y asustaba con sus ojos cansados de ver matar. La mirada era lo único duro que tenía mi abuelo. Su voz, sus modales, su sonrisa, su andar, todo infundía paz. Sus ojos podían llegar a provocar fuego. Dicen que cuando se murió, mucha gente se preguntaba por el color de sus ojos. Nadie los recordaba porque la gente, ante su presencia, miraban al suelo.
FIN

jueves, 2 de noviembre de 2017

EL ÁRBOL SIN SOMBRA


Mi tío Zabulón heredó de mi abuelo un árbol sin sombra, un extraordinario ejemplar sin flores ni frutos con hojas perennes del tamaño de las orejas de un burro adulto. Dicen que lo trajo Pedro el Navegante, un hombre al que se solía nombrar sin saber quién fue. “Vino, la abuela le dio talo, él plantó el arbolillo y se marchó.” No había más noticias de él.
El árbol que no daba sombra creció descomunal, tan alto como la punta del pararrayos de la iglesia, con un tronco  corpulento como los nueve hombres necesarios para abrazarlo tocándose la punta de sus dedos. Estaba a quince minutos de casa, en lo alto de una loma, en el centro de un cono de sereno claror sólo mutable con la hora del día y con el tiempo reinante.  Si la lluvia, la niebla o la nieve; el amanecer o el anochecer se producían sin sol, el árbol, al igual que cualquier bulto de la naturaleza, no engendraba misterio.  Pero si el cielo era azul y la tierra hacía su recorrido por los caminos del cosmos alrededor del sol, el árbol dejaba pasar sus rayos sin ensuciar el suelo. Aquel capricho de la naturaleza llegó a muchos pueblos y ciudades de aquí y del extranjero. Y cuando creció y anchó su copa en un tiempo record, comenzaron a llegar curiosos para tumbarse junto a su tronco y bañarse en la luminosidad  de debajo de sus hojas.

El tío Zabulón era hermano de mi madre. Era el tío predilecto de una docena de sobrinos que nos dejaba subirnos a sus barbas con tal de que le permitiéramos jugar con nosotros. Solía disfrazarse de árabe con sábanas y toallas blancas, se pintaba un bigote y se alargaba las patillas con corcho quemado. Imitaba a Buster Keaton copiándole  su mirada a la perfección, sabía caminar como Charlot  y visajear y gesticular como la abuela cuando estaba cabreada. Sin embargo, cuando más nos hacía reír era cuando se ponía tetas postizas y daba de mamar a un primo de mantos. 
Entonces, sus ojos se agrandaban como los de Jesucristo rezando al Padre en el Campo de los Olivos. Mi madre solía decir que el tío Zabulón era un trasto desde antes de aprender a andar, un trasto engañador que siempre desatendió los consejos de los abuelos para aprender a caminar por el camino de los hombres decentes. Por fuerza tuvo que hacer algo muy malo para que la abuela le dejara de hablar. Al tío Zabulón se le calentaba la lengua por menos de nada,  era un sabelotodo, un palabrero que no daba a torcer su brazo por  nada del mundo, que se le disparaba el puño como única arma persuasiva. Algo realmente ofensivo debió de hacer para que la abuela, mujer entera, pidiera al abuelo que lo desheredara. Así, el abuelo dividió sus propiedades, que no eran pocas, a partes iguales entre el resto de sus  hijos. Al tío Zabulón le dejó la loma en donde estaba el árbol que no daba sombra, un altozano reseco en donde siempre había sol. Mi madre recibió, por ser la única mujer, la casa de los abuelos y las tres hectáreas que la rodeaban donde se sembraba el maíz para todo el año. Ella solía decirme que desde entonces el tío Zabulón le  trataba como a una extraña. 

Tendría que cumplir yo ocho años para que mi madre, sentada en el silloncito de paja de la cocina,  me confiara un secreto.  En mi casa apenas se hablaba de la Guerra. Anécdotas. Pequeños sucesos que quizá entonces no fueron tan pequeños, pero que la mente  de un niño carece de discernimiento para situarlos en su verdadero lugar. Los pequeños y también muchos mayores, que sólo comprenden la acción sin indagar el porqué, guardan las historias tan desnudas como el tronco pelado de un cocotero. Sucedió que mi padre consiguió de estraperlo tres cántaras de aceite, entonces un verdadero tesoro. Los nuevos caciques de la tierra, requetés con pistolón al cinto peinaban las casas en busca de rincones ocultos. Se presentaban de sopetón, en parejas. A mis padres no se les ocurrió más que sacarlas del escondrijo habitual y enterrarlas debajo del árbol sin sombra. Les pareció el andurrial perfecto. Tanto que se decidieron a enterrar junto al aceite las cuatro joyas de mi madre (la sortija de petición de mano, los pendientes que le regaló el abuelo el día de su boda, un par de collares, unos  gemelos y un broche) además de doscientas monedas de plata.
  
Fue una noche con viento. Negra. De esas que dicen “como boca del lobo.”  La gente dormía las primeras horas de la noche. No había luces. No se veían las casas. La voz del ventarrón apagaba todos los ruidos. Mi padre y mi madre no se acostaron.  Esperaban, refugiados en la barraca de las herramientas, a que el músculo nocturno  del pueblo entrara en el panteón del sueño. La carretilla con las tres cántaras de aceite aguardaba junto a ellos. Su rueda estaba engrasada. Las joyas y las monedas las llevaba ella debajo de  las sayas  enterradas en su secreto.  Salieron. Ella, por delante. Eran  quince minutos. Llegaron. Acercaron la carretilla al tronco del árbol sin sombra. El viento sacudía sus hojas  grandes como orejas de burro. Asomó una estrella, sólo una, por un filamento de cielo. Él cogió las herramientas y cavó sin reposo. Tuvo suerte. No encontró piedras. Llenaron la tumba. La cubrieron. La madre se quedó en la tierra pisoteada.  
- Volveré de día a memorizar el sitio exacto del enterramiento-dijo el padre.  
- ¿Nos habrá visto alguien? -dijo la madre.
- Una estrella- respondió el padre.
Una estrella y los ojos de la abuela.  Envuelta en un capote del abuelo, la abuela los había seguido sin dejar de cantar. Era su forma de ahuyentar lo extraño. Todo aquel día no molestó a su hija. La dejó a su aire. Solo cuando observó que guardaba sus monedas de plata en un saquito, le dijo:
- ¡Que el demonio toque la flauta! ¡Soy vieja, pero no una vieja tonta!

Los siguió. ¡Ya lo creo que los siguió! Esperó sentada en el taburete de la cocina y al reparar que partían, se puso el capote del abuelo y partió tras ellos a una distancia prudente. Pero no regresó tras ellos. Tampoco delante. Vio un brochazo negro disfrazado de fantasma tirando de la cuerda de un burro. No sintió miedo. Sí asco. Había un bosquecillo de pinos apartado del sendero. Se metió entre una alfombra de helechos que enfriaban sus pantorrillas. Desde allí maldijo a su hijo Zabulón. La abuela sabía que si corría a avisar a su hija y a su marido para que sorprendieran a Zabulón desvalijando su tesoro, corrían el peligro de una pelea fatídica. Conocía la sangre mala que corría por las venas de Zabulón.  Se contuvo.

La abuela no salió de su cuarto en todo el día. No probó bocado. Sólo bebió vino con miel. Al anochecer bajó a acariciar a las vacas. Desde la puerta de la cuadra vio llegar a su hija y a su marido. “Ya lo han visto”, dijo en voz alta a los animales. Fue la primera vez que los vio caminar abrazados. 
Pasaron a su lado. Él traía el brazo por encima del hombro de ella. Ella lo apartó  cuando vio a su madre. La abuela la miró a los ojos. Los tenía secos.
-¡Ay, amá! ¡Por fuerza alguien nos tuvo que seguir esta noche! Se han llevado las tres garrafas de aceite, los duros de plata y mis joyas -dijo mi madre a la abuela.
- ¡Un desgraciado! -exclamó mi padre- ¡No ha podido ser nada más que un desgraciado!

Veinte años después a la abuela se le rompió la aorta. Antes de morir convenció al abuelo que desheredara a Zabulón.  El abuelo no desheredó a Zabulón. Le dejó el montículo donde vivía el árbol que no daba sombra: media hectárea de terreno baldío. Se lo dejó más como un castigo moral, porque el abuelo fue uno de los últimos abuelos que juzgó a su familia desde la cocina de casa y no desde un asilo. Además, para entonces sus hijos y sus nueras,  supieron que Zabulón se portó con su hermana como  un cuatrero. No le retiraron la palabra, pero dejaron de amarle. 
El tío Zabulón no dejó de vestirse de mujer y dar de mamar a un niño. Hasta que se le acabaron los niños de verdad de la familia y se compró un muñeco. Construyó una cabaña con ramas del árbol sin sombra  y se quedó a vivir allí.   
Era en donde iban los niños a reírse hasta el dolor de tripas. Yo también llevé en más de una ocasión a mis hijos y me reí con ellos igual que cuando era niño. Tenía veintiocho años cuando mi madre llegó a casa con cara de asombro.  Ella no había dejado de ir a la colina del árbol sin sombra. Todavía recordaba con fuerza aquella noche de después de la Guerra en la que el tío Zabulón les quitó lo suyo.  Iba recta al lugar donde su marido cavó la fosa y pegaba sus ojos al polvo del suelo en busca de alguno de sus tesoros. ¿Por qué el tío Zabulón no pudo perder un pendiente o el broche que le regaló su familia cuando se casó?  Desde aquella maldita noche, mi madre no dejó de tener pesadillas. La que más se repetía era una en la que, armada con una piedra, rompía el cristal de las garrafas para liberar su contenido. Se despertaba con la sensación de haber anidado en su pecho un puñado de serpientes que le causaban una angustia insoportable. Cuando el dolor de pecho no le dejaba respirar y su frente se cubría de un sudor con olor raro, mi madre se acercaba debajo del árbol que no daba sombra y escarbaba con sus uñas rotas la tierra dura como el hierro.
 Aquel día, yo estaba con mi padre debajo de la parra. Ella vino a nuestro lado. Tenía los ojos llenos de fascinación, como una niña que ve por primera vez un pájaro de colores encima de su mesa de noche.  
-¿Qué te pasa, mujer?- le preguntó mi padre.
-  Ha nacido un manantial en el mismo sitio en donde cavaste el hoyo. El agua baja con fuerza por la ladera de la colina. Es un milagro digno de ser contemplado.- dijo mi madre.
Mi padre la miró preocupado. Luego me miró a mí. Movió la cabeza de un lado al otro. Sólo dijo:
- ¿Por qué no vamos a ver esa maravilla?
- Yo ya la he visto-dijo mi madre.
Yo tenía una niña y un niño. Entré en casa y dije a mi mujer  si quería dar un paseo hasta el árbol sin sombra. Subí al niño a hombros y partimos. Mi mujer cogió a la niña de la mano. Mi padre dijo que ya iría otro día.
Encontramos al tío Zabulón abriendo meandros con una azada. En efecto, el chorro de agua había puesto una hermosa música de bosque debajo del árbol sin sombra. El tío Zabulón dejó de trabajar y cogió a mis hijos de la mano. Los llevó a su choza y salieron con tres barquitos de papel, que los pusieron a navegar en un río en medio de un desierto.  
- Voy a construir una pequeña presa con compuertas y esclusas para regar mi media hectárea de terreno.  Haré un huerto en donde las hortalizas den por lo menos tres cosechas al año. El árbol da luz y el agua les dará sustento - nos dijo.
El tío Zabulón fue a jugar con los niños. Estuvo con ellos hasta que decidimos volver a casa.  
En poco tiempo valló el terreno. Prohibió la entrado a los curiosos. Le hicieron una entrevista en el periódico. Vino una delegación de científicos chinos para estudiar in situ el portento del árbol. Y mi madre ya no apartaba sus ojos de los del tío Zabulón. Porque aquel día que estuvimos jugando a barquitos de papel con los niños, al despedirnos, el tío Zabulón se metió una mano en el bolsillo de su pantalón y me dio el  broche de mi madre.
- Toma. Dáselo. El agua lo ha devuelto del lugar donde lo enterraron los ladrones. O el ladrón. ¡Vete tú a saber!-dijo el tío Zabulón.

FIN


Arrigúnaga (GETXO), a 18 de setiembre 2017

viernes, 6 de octubre de 2017

SE ZURRABAN DESDE NIÑAS

Luisa y Manuela, vecinas de portalón, se zurraban desde niñas. Crecieron fuertes y macizas con voces  potentes e insultos sobrios. Se casaron con hombres sinsorgos, vacíos de palabras, de boinas pequeñas y amantes de la caza de liebres. Las bregas entre ellas no acabaron  ni al llegar a bisabuelas. Buscaban la pelea, se escupían en los ojos, se agarraban del moño y reñían hasta la extenuación. Mientras duraba la contienda, la familia no les molestaba, se encerraba en casa y preparaba las boticas. Los animales domésticos perdían el sosiego: los perros ladraban, los gallos cantaban, las vacas mugían y las ratas chillaban mientras corrían enloquecidas por sus guaridas del camarote.
 Cuando se les engordaba la sangre, se quitaban los dientes postizos y los guardaban en los bolsillos plastones de sus delantales. El preámbulo consistía en una retahíla integrada por el reino animal.
- Eres una cerda- decía Luisa.
- ¡Calla puerca!- decía Manuela.
- ¡Rata!- decía Luisa.
- ¡Chocho burra!- decía Manuela.
Y ¡zas!, el primer esputo al ojo. ¡Zas! El segundo esputo al otro ojo. Con los pies clavados en la tierra. Tiesas, inalterables ante el lapo cambiante: unas veces en la frente, otras en los ojos. Con los rostros bañados en babas levantaban sus manos como dos muñecos inflados con sangre de robot en sus venas y las escondían en los moños escarbando en el pelo en busca de piel para arañar. Hasta que llegaba la traca final de bofetadas, pescozones, trompadas  y arañazos, la rúbrica de su contienda. La señal para darse la espalda e ir a su manantial (cada una tenía el suyo) a lavarse y peinarse ante el espejo de agua donde nadaban los renacuajos. Allí se ponían los dientes postizos y regresaban a casa a curarse.
Pero no eran malas. 
Algo sucedió cuando estaban a punto de ser mujeres.  Tan algo que una noche gélida con el cielo cosido de nubes, Luisa esperó a Manuela armada del mango de una laya y  le repasó las costillas sin compasión. Fue tan grande el estropicio que Manuela tuvo que guardar cama durante tres meses con el tronco envuelto en un justillo de cuero, cuerdas y ojeteros.  Decían que se trataba de celos promovidos por un cura encanto que vino a la parroquia con la orden de formar una centuria de Hijas de María. Celos. Lo cierto es que nunca se supo el motivo. Ni a nadie le importó, excepto a una peña del juego que apostaba desde Aberdeen, ciudad escocesa, famosa por sus deliciosos whiskys caros. Y es que el cura bonito, elegido en una farra de canónigos y vicarios celebrada en La Venta de Getxo, se había doctorado en la afamada Universidad de Aberdeen en Teología de la Mujer. Las apuestas sobre los combates entre Luisa y Manuela llegaban en saca certificada los martes y viernes en el ferry que amarraba en Zierbena, puerto ballenero del Cantábrico, bajo el amparo del capitán del ferry. 

Recogían provecho de la timba, además del capitán del barco, un colega del puerto ballenero, autoridades nombradas como “de vista gorda”, el cura bonito y los esposos managers de las  púgiles que acordaban el encuentro y la bolsa pactada. Bajo este punto de vista, es casi natural que Luisa y Manuela se zurraran sin ánimo de engañar. Fueron sus viviendas (un hermoso caserío dividido al milímetro en dos mitades) los primeros habitáculos del pueblo que vistieron el pasillo con tiras de Crevillente, que iban desde la cocina hasta la cuadra. También fueron los primeros vecinos en acercar el agua potable a las fregaderas de sus cocinas, iluminar las telarañas de sus cuadras con tubos de neón  y meter a sus jilgueros en jaulas de alambre dorado.  
Juan eta Juan, los maridos de las luchadoras, tenían el nombre par. Eran hombres chiquitos, bien formados, que hablaban a las vacas como si fueran abuelas, aunque todavía no hubiesen parido. Uno de los Juanes fumaba caldo, no el cigarrillo entero, sino capado una pizca para aligerar su narcótico como bálsamo infalible. Eta Juan, el que siempre tuvo cara de muñeca con coloretes de vino tinto, recogía los culines de los cigarrillos que Juan despreciaba para liarse unos pitillos flacos como palillos.  Eran hombres de Garriko prieto, boinas enanas y escarpines blancos, que hablaban a los animales con igual ternura que a sus mujeres. Por supuesto que tenían coche y cochera. Los coches eran del mismo color, verde limón. Los trajeron en el ferry de U.K y rodaron con ellos hasta el pórtico de la Parroquia Madre de Getxo donde el cura que se doctoró en Aberdeen, les cristianó con hisopo de plata.  Estos hombres eran ateos circunstanciales, de los que no asisten a misa y no tienen pudor en jurar poniendo delante el Santo Nombre de Señor con la misma voz melindrosa que emplean los ángeles en el cielo. 
Ellos eran amigos.
Eran hombres de bolsillo alto en el kaiku  y corazones en los codos. Iban a cazar liebres con pantalones de mil rayas y perros entrenados a caminar sin ruido. Juan era el marido de Luisa.  A Juan le cosía la ropa su mujer. Siempre iba como un pincel. Lo mismo a la taberna que a ordeñar las vacas. Hablaba con voz profunda, sin hacer temblar a los pájaros ni ladrar a los perros. También hablaba con rumor cavernoso a Eta Juan, con la diferencia de que al hombre se le acongojaban los ventrículos y le entraban ganas de llorar. Los pájaros y los perros se mostraban felices. Eta Juan se sonaba los mocos para disimular el susto. Puro infortunio. Sin embargo, Eta Juan, cuando se reía, era más guapo que Juan. Es cierto que parecía más poquita cosa que el amigo, pero los agujerillos que se le formaban en los carrillos y su costumbre de mirar de soslayo a los ojos de las mujeres, rompieron muchos corazones. Para entonces Manuela y Luisa ya se zurraban de lo lindo, hoy en el cañaveral de lastos, otro día detrás del cementerio pequeño en el que los estudiantes de medicina descabezaban los cadáveres secos  para fabricar jarras barnizadas para la cerveza. Eta Juan no estudiaba medicina, pero aprendió a abrir nichos sin estropear los huesos de los difuntos. Era una forma como otra cualquiera de sacar unas perras a los estudiantes más gallinas.  Generalmente a los muertos los metían  de pie. Era para sacarlos sin demora si despertaban. Para ello los enterradores colocaban una caña hueca que salía al exterior. Le llamaban “el respiradero”. Eta Juan tenía una abuela enterrada en la planta baja de una torre de nichos. Su abuelo, conocedor de la presencia de la panda de roba cráneos, arrastró el féretro de su difunta esposa a la luz de la luna, la sacó de su descanso eterno y ocupó él su lugar. Aquella misma noche, después del cierre de las tabernas, llegó la caterva al cementerio, apartaron la loseta de mármol que cubría el nicho y recibieron los cinco tiros de perdigones de la escopeta de repetición del abuelo de Eta Juan.
Así alcanzó fama el abuelo de Eta Juan. Y de refilón también Juan, pues a los Juanes la gente los confundía como si fueran uno. La llegada de Luisa y Manuela a su vida y en cierta manera a la vida de todo un pueblo que celebraba los combates de las dos mujeres con admiración, consiguió que un grupo de estudiosos de antropología hicieran un trabajo excelente para Wikipedia.
Un atardecer confuso, de esos que matan el día con niebla subida de la mar, Luisa y Manuela no celebraron su batalla. Fue la primera suspensión de toda su larga historia, algo más de setenta años. Manuela, impresionante mujer de fuerza descomunal, venía perdiendo hechura desde semanas pasadas. Sus caderas habían enflaquecido y había comenzado a llevar guantes de lana para disimular el temblor de sus manos. También Luisa había perdido pelo. Hasta tal punto que su hija mayor, que era quien le ponía el sorki, no había tenido más remedio que rellenar su pañuelo con la puntilla de una saya negra. Aquella noche, Juan eta Juan se encerraron en un privado de la taberna y se contaron sin apartar sus ojos del pozo de vino, las desgracias de sus mujeres.
- Son noventa años dándose ostias, tú -dijo Juan.
-  Llegar a la vejez  así, es un triunfo -dijo Eta Juan.
- El olor de su orín ha cambiado.- Juan dio un trago.
- ¿A peor?- Eta Juan llenó los vasos.
- Yo diría que a diferente -Ambos vaciaron sus vasos.
- ¡Cosas de mujeres! Volvieron a vaciar sus vasos.
Llevaban cuatro botellas cuando Eta Juan resopló como un caballo. El brillo de sus  ojos era rojo y verde, como las luces intermitentes de los faros de la bocana del puerto. Eta Juan seguía siendo un viejo bonito. Se rasuraba todos los días en la fregadera de la cocina con jabón de olor, guiñaba sus ojos pillos a sus nietos, dejaba a sus hijos acariciar su rostro, se cambiaba el pantalón de milrayas para salir a la calle. Daba envidia. 

Delante del caserío  crecía una morera de hojas frondosas y racimos de moras blancas.  Eran unas hojas jugosas que servían para alimentar a los gusanos de seda que criaban Luisa y Manuela en sendas cajas de zapatos cuando todavía no habían comenzado a darse  azotinas. En aquellos tiempos Juan y Eta Juan ya habían echado migas de pan a las dos lindas palomitas y las dos habían caído en sus redes. Se hicieron novios impúberes, angelitos con la sangre revuelta, que se escondían en un bosquecillo de encinas para practicar lo que dentro de poco serían agua y manantial.  
 Durante los cálidos meses de verano, no se sabe si los familiares de Luisa o los de Manuela, sacaban de su cuadra un banco corrido y lo colocaban bajo la espesa morera de delante del portal. Era el lugar preferido por las dos niñas para jugar. Y fue, al pasar de los doce años, donde recibieron a los dos Juanes y comieron de la dulce ilusión que ellos traían.  Entonces  Luisa y Manuela  eran dos muchachas con trenzas morenas que hablaban del cielo como si estuviera en la tierra y de la tierra como si fuera un cacho de cielo.  Luisa eligió a Juan. Se enamoró de él desde la primera vez que colocó sus manos en su barriga y sintió su voz, ya casi de hombre, a través de sus dedos.  
- Eran retumbos - contaba a sus nietas. 
Manuela nunca estuvo enamorada con pasión. Le atraía el rostro de niño de Eta Juan. Se prendó de  los visajes de sus ojos y de la manera infantil de esconder su pie izquierdo al caminar. Sin embargo, Eta Juan fue envejeciendo como el buen vino y Manuela no solo pudo dejar la bebida, sino que esperaba a Eta Juan sentada encima de su cama para ayudarle a ponerse el pijama.
- Es un niño trasto -decía Manuela a sus nietas.


Ni Manuela ni Luisa sabían a quién pertenecía la morera.  Tampoco de quién era el banco. Quien lo tuviera lo sacaba a principios de mayo, cuando los rosales se llenaban de rosas y los cerezos de cerezas rojas.  Entonces llegaba el fotógrafo de las romerías a sacar una foto de familia completa. La foto la cortaban por la mitad con regla y cartabón y cada vecino se quedaba con la parte que le correspondía. El banco y el árbol no les daban mayores problemas. Su esbelta presencia, su cuerpo de adulto más alto que el caserío y su función de proteger al banco de los rayos solares, era una querencia aceptada. El problema era que el árbol daba sombra y la sombra nunca estaba quieta.  Y bajo la sombra corría el banco, de tal manera que los vecinos eran dueños de la sombra de la morera y de la potestad de mover el banco.  Fueron Manuela y Luisa, amigas del alma hasta los trece años, las que comenzaron la Guerra de la posesión de la sombra.  No llegaban a las manos, pero sí a los insultos.
Al acabarse setiembre, aprovechando la ausencia  de los habitantes del caserío para ir a recoger peras, alguien taló la morera con una motosierra a un palmo del suelo. 
Y así se marchó su sombra, desapareció el banco y comenzó todo.

FIN.


Arrigúnaga (GETXO), a 26 de agosto de 2017.