jueves, 22 de junio de 2017

DIEGO VALOR

   
     Aunque la abuela Ascensión pasó una noche de perros, dijo que se levantaría a soplar la vela de su noventa cumpleaños. Hacía días que había comenzado a sentir “una preocupación punzante” según ella, desde la noche del domingo de Ramos, que fue cuando dos hombres y una mujer salieron de la radio que le regaló el tío Venancio el día de su quince cumpleaños. Nos lo dijo con tal sentimiento que ni sus biznietos dibujaron una mueca de burla ni trataron de decirle que las radios no son casas para vivir. También pudo ser por la sorpresa. La abuela Ascensión  era  la primera vez que expresaba  un infantilismo tan cercano  a la senilidad. Ella usaba, eso sí, palabras olvidadas, circunloquios extenuantes que aburrían, muy propios de la vejez, pero hasta este momento su imaginación o fantasía no habían perturbado sus razonamientos siempre cautos.  
Lo que más me preocupó fue el temor que se le quedó grabado en su arrugado rostro y el brillo de sus ojos perdido tan fulminantemente.  Se había apoderado de ella un desasosiego que contagiaba. Sobre todo cuando se empeñaba en racionalizar la senda que le hacía sufrir. Mi tía Palmira, médico de bastante nombre, estaba convencida de que no sufría por reencontrarse con su primera infancia. Sufría por el sueño que arrastraba desde la noche del Domingo de Ramos. Eso era precisamente lo más  preocupante. Desde entonces no nos dejaba apagar la luz de su habitación. Estaba segura de que si había visto salir a gente de la radio, los vería entrar. “La gente antigua no deja las cosas a medio hacer.” -dijo con total convencimiento. 
La abuela Ascensión me dijo que la radio había comenzado a emitir interferencias catarrosas después de haber conectado con una emisora de Sevilla para emitir una saeta de ¡ayes! “Son saetas de poca imaginación que sólo transmiten dolor de cabeza.”  Ahí precisamente comenzó el suyo. Primero sintió tandas de pinchazos, algo así como si en su cerebro hubieran montado una oficina de Morse que llegaba con una ligera pérdida de visión, un frío hircismo y unos arqueos que la molieron. Sin embargo, pudo levantarse con esfuerzo para girar el interruptor y apagar los tristes vagidos del aparato. Cuando apareció en el vetusto comedor que sus padres mandaron hacer a un ebanista de París, en donde dijo que la esperáramos para soplar el merengue, comprobamos que todos sus años, que hasta entonces había sabido dominar con pócimas secretas y oraciones contra la decrepitud, mudaron su foto de dama sempiterna a anciana con el DNI caducado.
Como nieto predilecto, al decir de mis primos, Totxi  el solterón me llamaban, que había conseguido llegar a los cuarenta y cinco años sin dar un palo al agua con el amparo del Gobierno, me quedé  al lado de la abuela a falta de otros menesteres. El abuelo, que  falleció a una edad discreta, solía echar la culpa de mis malas migas con el trabajo por perder el tiempo en una carrera insustancial que no servía para nada, salvo para tener el cerebro ocupado en lindezas de salón. 
- “¿Conoces a algún ministro licenciado en Filosofía y Letras?”- me solía preguntar.
-  ¿Quién te haría el nudo de la corbata si yo fuera ministro?- le decía yo.
La abuela no puso ninguna objeción a que me quedara en casa para hacerles compañía a Herminia y Teodora, las criadas. Por supuesto que ella se podía arreglar sola, aunque  le quedaba por hacer lo más trabajoso: morirse. 
Era una primavera que había comenzado con frío, el brillo del sol llamaba a despertar al jardín, extensa propiedad que protegía un alto muro con cascos de botellas en su cima. El árbol que más quería era un roble que plantamos mis primos y yo el día de mi primera comunión. Cuando despuntaban los nuevos brotes verdes entre sus hojas oscuras, me acercaba para preguntarle qué tal había pasado el invierno.  Después, como todos los años, le escribía un soneto y se lo leía con voz impostada hasta que los pájaros que se encontraban en su follaje echaban a volar. La abuela Ascensión me regaló una caja de puros cubanos para que fuera guardando en ella mis sonetos al roble, con el consejo de que los enterrara  en la base de su tronco, consejo que había seguido al pie de la letra. Era un secreto bien guardado por los dos. No sólo era yo el que tenía secretos con la abuela. Ella se había preocupado en regalar a cada uno de sus hijos, nietos y biznietos un enigma.
-  Sólo lo debemos de saber tú y yo. No lo divulgues-decía a cada uno de nosotros. 
Pero aunque nos recordaba, generalmente en el día de nuestro cumpleaños, la obligación de guardarlo, creo que ninguno de sus descendientes, excepto yo, lo hizo. Y ella lo sabía. Por eso me dejó quedarme a su lado y me pidió que anduviera ojo avizor por toda la casa ya que los tres personajes que habían salido de la radio que le regaló su tío Venancio, en algún momento deberían regresar a su trabajo. El mueble del aparato de radio era espectacular. Aupado en una base con ruedas, fabricada en el taller de mi tío Jeremías para que la abuela la pudiera arrastrar consigo, se elevaba hasta algo más de un metro. Era una radio de caoba con calados Art Deco, tres pistones de mando y cuatro columnas salomónicas que, sorteando los peligros de tres generaciones, había llegado viva bajo los cuidados de los abuelos. Él, comprando bujías en los viejos rastros del mundo; ella, pasándole sus pinceles de limpieza por los recovecos de su fachada. Mi padre me solía contar que mis tíos y él se sentaban  frente a su altavoz para escuchar  un cómic inglés que pasó a la SER con el nombre de “Diego Valor, piloto del futuro” en  una serie radiofónica de quince emocionantes minutos. Recordé muy bien las evocaciones de la infancia de mi padre, cuando una tarde nebulosa ya en tiempo de la Semana Santa, la abuela Ascensión, sentada en su mecedora de escuchar la radio, me tomó de la mano y me dijo con voz queda:
- El comandante Valor era inteligente y de buena planta, la profesora Fontana, hermosa como una niña mayor y el capitán Laffitte, que hablaba con dengue francés, un rubiales encantador. ¡Oh,  Diego Valor!  ¡Pensar que lo he tenido tan cerca!
- ¿No crees que ya estarán tumbados a la bartola en algún prado celestial?
- Me puedo haber confundido. ¡Si hubiera escuchado al menos su voz! Es la única “literatura” que El Dictador nos dejó auscultar a partir de los cincuenta. Eso y las “novelitas” del atardecer. ¿Crees que no sé de dónde viene la afición a leer de mis hijos? Y tú. ¿Acaso no escribes sonetos a los árboles?
Fueron días de conversaciones peculiares, sólo interrumpidas por miembros de mi familia cuando le venían a visitar. En presencia de ellos, enmudecía. La abuela, que había perdido toda afición de salir al bosquecillo de laureles para buscar nidos de mirlos, cometía vergonzosas faltas de educación ante su prole y los enviaba a tomar chocolate a la cocina diciéndoles que aprovecharan mientras podían. La realidad era que temía no poder mantener todos sus sentidos en los alrededores de la radio. Estaba segura que cualquier descuido favorecería el regreso de sus héroes radiofónicos.

- Lo importante es no llevarle la contraria. Mientras sus divagaciones sean monotemáticas, estamos salvados. La locura llega cuando comienzan a rodar mundo- dijo la tía Palmira, médica de reconocido renombre.
La tarde del lunes, la abuela me preguntó si me acordaba en dónde brotaban las violetas.
- Junto a los troncos de la parra.
-  Llévame.
Era la primera planta curativa que aprendimos a conocer, primero sus hijos, luego sus nietos y después sus biznietos. Las flores de las violetas cortaban la sangre de las heridas. Frente a ellas había un banco de jardín en donde se sentaba la abuela para curarnos las estocadas de Guerra.
Estaba a punto de oscurecer, en ese punto que las naranjas parecen negras y los txiotxus buscan sitio para dormir en la enramada de los arbustos. De pronto, del otro lado del seto que separa el sitio de las violetas de la huerta de los limoneros, llegaron los cuchicheos de varias personas.  No pude pensar otra cosa que eran algunos miembros de nuestra familia que venían a robar los limones de la abuela. Tenían fama de convertir los combinados en sangre  celestial. La anciana acercó su cuerpo al mío. Temblaba. La rodeé con mis brazos y la llevé a casa arropada en mi pecho.
La casa de la abuela la levantó su padre, don Patricio Iturbe, al regresar de Cuba.  Era una alegre casa de indiano plantada en el centro de un jardín de tres hectáreas en donde no faltaban ni las palmeras ni un bosquecillo de cañas de bambú ni el huerto de cacahuetes. Tenía nueve cuartos  para dormir, la salita de la radio, el salón del teléfono, el comedor con dos aparadores, dos trinchantes, una mesa para veinticuatro comensales y seis pinturas sobre la vida de Guillermo Tell. 

- ¡Señora! Los que andan enredando en el jardín no son de la casa. Creo que duermen en el cañaveral de bambú y me da que están perdidos -le dijo el hombre que cuidaba el jardín.
- Son ellos- dijo la abuela. Su carita seca y rugosa escondió sus ojos de diamante en el lecho de sus cuévanos. -Volver a la infancia para morirse después de vivir noventa años es un lujo. No  puedo dejar amodorrarme por los demonios de mi sueño eterno.
Sus elucubraciones de abuela enfática me hicieron pensar que su cabeza ya no le pertenecía del todo. Mi otra abuela, la madre de mi madre, se murió porque se le olvidó tragar. Aquella noche me acosté entristecido. Pero al día siguiente la encontré sentada frente a su tocador  dejándole a Herminia pasar un cepillo por su pelo. La abuela había recuperado su color, sus ojos se movían alegres y su voz  de niña maleducada peleaba con la criada para darle a entender que le hiciera un moño de novia. 

Yo tenía una bicicleta con un sillín de mimbre en donde paseaba a mis sobrinos por las veredas del jardín.  Cuando el sol comenzó a asomarse por los rotos de las nubes, la abuela me preguntó si tenía un rato para llevarla en mi bicicleta hasta el bosque de cañas de bambú.  La amarré con las correas de seguridad y partimos por el camino de perales llenos de flores blancas pintadas de carmín. La abuela no perdía detalle. Me pedía que no dejara de tocar el timbre de la bici para avisar a posibles visitantes de nuestra presencia. Fue un paseo apacible hasta que pasamos la charca de los patos y nos adentramos en el laberinto.  La abuela me rogó con voz temblorosa que la sacara pronto  del enredo que había diseñado su padre, porque tenía miedo. El laberinto era un calco perfecto de la rúbrica de su padre.  
- Es un lugar perfecto para esconderse. No me extrañaría que Diego Valor y la profesora Fontana vinieran aquí a hacer el amor. La firma de mi padre tenía un rulo muerto. El jardinero trazó en el laberinto un lecho de amor sin salida en donde toda la familia se ha escondido alguna vez -me dijo la abuela.
- ¿Los viste bien, abuela? ¿Estás segura de que eran ellos?       
- ¿Cómo no van a ser ellos si saltaron de la radio vestidos  con trajes de cibernautas extravagantes?
Un extraño rumor compuesto de silbidos, guirigays y cisco con sordina precedió a un zumbo.  Tres sillas volantes se fueron en planeo yo creo que del cañaveral de bambú. Cerré los  ojos para recordar la rúbrica de mi bisabuelo e hice el camino que faltaba para la salida del laberinto en un pispás. La abuela se aferró a mi camisa. La escuché decir:
- ¡A casa, Totxi, a casa!
 Pedaleé con todas mis fuerzas. ¡Qué fantástico espectáculo trazaron en el cielo las sillas volantes! Al llegar a la recta que conducía a la entrada principal de la casa, las volvimos a ver allí a lo lejos. Un sonido sideral, como de estrellas rotas, nos derribó. Sentados en el santo suelo vimos a las tres sillas volantes colarse en la casa por la gatera del portón mientras bajaba del cielo la suit “Los Planetas”, de G. Holst.

FIN


Arrigunaga GETXO, a 29 de abril de 2017.

miércoles, 10 de mayo de 2017

EL REQUIEM DE VERDI


     Marichén clavó un tacón de su zapato de diez centímetros en el agujero de un registro del agua y se rompió el tobillo. Le ayudó a levantarse del suelo un perro de ciego amaestrado para ayudar. Antes, un viandante con granos en la cara y gorro de pompón se solidarizó:
- ¡Menuda hostia, tía! ¡Ju-Ju! -le dijo al pasar por su lado. Y la dejó clavada.
Una chavala dejó de hablar por el móvil un par de segundos para decirle:
 - ¡Qué vergüenza!, ¿verdad?- Se ruborizó y también la dejó abandonada.
Sentada en el suelo, Marichén se frotaba el pie sin ánimo de levantar sus ojos para no ver al personal que trotaba de arriba abajo. También ella pensó que una chica tirada en el suelo  con un zapato de diez centímetros de tacón incrustado en el agujerito de un registro de agua y otro zapato arrebujado en su regazo, era una visión desalentadora para cualquier persona con un mínimo de educación. Así permaneció hasta que la lengua de un perro grande le lamió su cara desde la barbilla hasta su frente y le prestó su lomo para acercarla a un banco. 
El perro se marchó con su dueño ciego y Marichén, mientras esperaba a la ambulancia que había llamado con su móvil, sentada correctamente en un banco, miraba a los ojos de los humanos que paseaban imbuidos en sus entretelas. Marichén, emocionada por el apoyo del perro, lo buscó en la lontananza y le lanzó un beso
- No estamos solos- pensó.
Nuestra protagonista permaneció tres meses recluida en su casa con el entretenimiento de algunos libros ya leídos y atendiendo a las numerosas llamadas telefónicas que le prodigaban sus amistades. Sólo llamaron a su puerta una lanzadera de Gas y el repartidor de Pizzas Ñam-Ñam. Le quedó una pequeña cojera. Suficiente como para apartarla de los zapatos con tacones de aguja. Repasó la balda de zapatos y eligió un par para llevarlos al remendón.


Indalecio el zapatero tenía su cuchitril en un bajo con puerta de cristal, con bombilla de sesenta colgada del techo, justo encima del “burro”. Sentado casi en el suelo, en una banqueta mocha, rodeado de zapatos al alcance de la mano, escuchaba una y otra vez el Réquiem de Verdi de un CD que le regaló una sobrina enamorada de la música clásica. No es de extrañar que la gente del barrio le tuviera como un zapatero culto. Seguro que Indalecio fue un chico guapo antes de que el tren de cercanías le triturara sus dos piernas más abajo de las rodillas. Eso sí. Le quedó en su rostro una mueca de terror que procuraba disimular con una sonrisa trasnochada. Aprendió el oficio haciendo zapatos con ayuda de su abuelo para vestir sus pies nuevos que le confeccionó el ebanista Menelao Vicario, un especialista en pies de apóstoles, cristos y ángeles de los pasos de Semana Santa. Indalecio vivía con una tía viuda. En invierno, cuando la lluvia entraba por la mar azotando los senderos, su tía le bajaba a su taller, aupado en una burra y cubierto con un capote de carabinero. Era cuando su aspecto impresionaba hasta a los perros. Parecía un guiñol de tamaño natural que caminaba bamboleándose colgado de sus muletas como un grillo. Y es que Menelao Vicario, además de tallarle unas piernas postizas de madera de satín con sus correas correspondientes, le hizo un par de muletas axilares que las manejaba con la destreza de un saltimbanqui. 
Sus cuatro piernas de madera le permitían dar zancadas de hasta tres metros. Los días que caminaba ataviado con su capote de carabinero, las madres desviaban la mirada de sus retoños para protegerlos de posibles pesadillas. Sin embargo, sentado en su trono de zapatero, con el CD de Verdi a toda marcha, recibía a su clientela serio como un cura en el momento de la consagración. Indalecio tenía algo que no dejaba indiferentes a las mujeres. No, no era lástima. Si las ruedas del maldito vagón no le hubieran cercenado la tibia y el peroné de ambas piernas, de seguro que Indalecio habría pertenecido al montoncito de hombres codiciados. Aún así, apenadas por el estropicio, algunas eran incapaces de colocar sus ojos en su rostro o en el calendario del parque municipal de bomberos que colgaba encima de su cabeza. Al acercarle los zapatos de vestir de sus maridos para que reparara sus suelas, le miraban su nido con astucia, en donde se suponía que dormitaba su señal de identidad. ¡Ay Indalecio, nunca se sabe en qué punto cardinal  reside el diablo!
Indalecio perdió a su padre a los cinco años. Era labrador. Una patada de una vaca harta de que la ordeñaran, puede matar. La vaca golpeó al padre de Indalecio a las siete de la tarde del mes de noviembre. El muchachito presenció el leñazo desde la puerta de la cuadra. Recogió el balde y lo llevó a la cocina en donde su madre preparaba la cena.
- La vaca es mala. Le ha dado una coz a aita -dijo Indalecio. 
Su madre siguió picando patatas para la tortilla de la noche. Tenía el pelo recogido en una coleta, los labios pintados y las uñas de las manos también pintadas de rosa, menos el dedo índice de la mano derecha que tenía la uña cortada recta. Indalecio se acordaría de dos cosas en su vida: la coz de la vaca y cuando escribió en la pizarra de la escuela del cero al cien. Entonces su padre le llevó a los manzanos y le dio cien besos casi sin respirar. No recordaba ningún beso de su madre. Tampoco los echaba de menos. Además, un mes después del entierro de su padre, ella se marchó a vivir con un carnicero unos diez u once pueblos más lejos de Bilbao. Para ir a casa del carnicero, primero había que ir a Bilbao y coger otro tren en una estación distinta. Le llevó una vez su abuelo, pero no le interesó nada el viaje. Además, su madre no se encontraba en casa y el carnicero, cuando les tocó la vez, cortó un kilo de rabadilla para que se lo comiera en su casa. Estaba buena. 
A Indalecio no le faltó nunca el trabajo ni tampoco los regalos. Las mujeres le llevaban a la zapatería alguna que otra botella de coñac, un kilo de garbanzos, un plato de croquetas preparadas para freír y cosas así.  Indalecio ponía una sonrisa triste que conmovía. Era su forma de dar las gracias. Su mueca iba acompañada de una mirada de perro apaleado. Con el paso de los años, Indalecio advirtió que las mujeres más dadivosas eran las que detenían más tiempo sus ojos en su paquete. Y él, reclamado por los tambores del infierno, estiraba sus muñones y levantaba su delantal de cuero con tal gracia que pinchaba al personal.


 Marichén entró cuando Indalecio lustraba un zapato. Era un ejercicio que dejaba libre su tímida mirada. Así, sin dejar de cepillar, sus ojos se quedaron prendidos de la mujer más linda que seguramente andaba por el mundo. Y pudo permanecer mirándola todo el tiempo que ella quiso porque Marichén también dejó colgados sus ojos  en el rostro del zapatero remendón.  Indalecio sólo enrojeció por un instante al pensar que aquella cosa tan bonita permanecía en pie, mientras él estaba sentado. Y así debía de ser, porque aquella mañana se había quitado las piernas de madera de satín, correctamente calzadas con zapatos de ante. Las piernas permanecían recostadas en la pared, al lado de las muletas. Él y ella. El hombre y la mujer. Se gustaron. De eso no había duda. Primero habló Indalecio. Eso sí. Sin dejar de contemplarla.
- ¿La conozco?
Ella respondió. También sin dejar de contemplarle.
- Creo que no.
- Yo soy de los que van llamando la atención -dijo Indalecio. Y pensó que era la primera vez que hacía un chiste con el desaguisado de sus piernas.
- Yo también me rompí el tobillo-dijo Marichén iluminando su rostro con una sonrisa de pecado mortal.
Marichén no recordaba haber gozado de un sosiego semejante. En sus treinta años de vida,  jamás se había encontrado ante un ser humano con poder para subyugar.  Seguramente eran sus labios. También podían ser sus ojos, ¿quizá su voz? Era todo junto. No había duda de que se había enamorado. Y repentinamente un extraño pudor enrojeció su rostro. Sintió alegría. ¿Cómo no se le había ocurrido entrar antes a aquella zapatería? Nunca había sido una mujer decidida. Nunca había volado hasta las nubes azules que surcan el cielo. Sin embargo, Marichén se agachó para dejar en el suelo la bolsa de plástico cos sus zapatos, extendió sus manos y dijo:
- Me llamo Marichén.
Indalecio, sorprendido por el gesto de la mujer, se dejó despertar de su propio sueño. Su cerebro comenzó a exigirle informes. Quiso saber con apremio la talla de su cintura, el contorno de su perfil, la figura de sus piernas. Pero, sobre todo, necesitaba tocarla, oler su piel, acariciar su cabello, sentir su aliento, morder sus labios, reverenciar sus pechos. ¡Ay, Indalecio! ¡El demonio no es tan malo! Cuando estaba próximo a cumplir cuarenta años, aparece en su cuchitril la hembra con la que había soñado toda su vida. La angustia de su pecho, las cosquillas de sus tripas cantaban sin parar. No había duda. Se había enamorado. Indalecio tiró el zapato que estaba lustrando, estiró sus brazos y en el momento que las puntas de sus dedos rozaron las yemas de los dedos de Marichén, corrió un relámpago por sus venas.
- Me llamo Indalecio.
Lo dijo en el preciso instante  que el CD se fragmentó  y la orquesta y los coros del Requiem de Verdi enmudecieron.

FIN


Arrigúnaga (GETXO), a 22 de marzo de 2017.

miércoles, 29 de marzo de 2017

EL HOMBRE DEL SACO


    En realidad nunca creí que Juana la Seria fuera una bruja. Eso decía mi madre que la conocía de joven y una vez le cosió un abrigo con mangas ranglan. “Entonces era una chica decidida que ayudaba a las madres solteras y acudía a los mítines de gentes progresistas” Después de la Guerra, Juana se fue transformando en una mujer altiva que vivía con su hermano Segundo. Eran pobres y solteros. Vivían de prestado en lo que quedaba de un caserío tullido por el paso del tiempo. No tenían agua, ni luz eléctrica; tenían un fuego bajo en la cocina y jergones con colchones de hojas secas de mazorca para dormir. Muchos días, después de la escuela, entrábamos en su casa a enredar. Y nos cazaban. ¡Ya lo creo que nos cazaban! Juana no hablaba: te agarraba de las orejas y te soplaba en los ojos. Te soplaba tan fuerte que te secaba las lágrimas. A Segundo no le importaba que fuéramos a jugar a su casa. Sólo, cuando le dolía la cabeza, gruñía para despacharnos. Gruñía como un perro. Pero tampoco le gustaba que Juana nos soplara en los ojos. 


- ¡Algún día les borrarás esas cosas tan bonitas que hay dentro de sus ojos!
Era cuando  yo corría a casa para que mi madre me revisara mis ojos para ver si me faltaba algo. 
Dicen que, de joven, Juana iba a cantar nanas a las casas de los ricos. Pero también dicen que Segundo fue sacristán de Santa María, cuando en tal parroquia nunca hubo sacristanes y sí muchas sacristanas. Y un párroco que recordaba en cuaresma que los vascos huelen a alfalfa fresca. Eran las sinsorgadas que quedaron después de la Guerra. Son cosas que pasaron, de poca  credibilidad. También se quedaron un par de frases para medir el tiempo: “Antes de la Guerra”  o “Después de la Guerra”. Yo nací “después de” y nadie ha sabido decirme si  aquello te marcaba en la forma de ser.
Justo encima de la cocina de Juana estaban los jergones en un cuarto grande con tarima de castaño. Se subía por medio de una escalera de pajar. Tenía que ser una gozada dormir allí arriba, fuera del alcance de la mano de los muertos o de los ladrones que meten ruido por las noches. Dicen que “antes de la Guerra” no había muertos en las casas. Ladrones, sí. Pero muertos, no. Un armario largo y robusto hacía de tabique entre las dos camas. Era donde dejaban sus excrementos con forma de txipirón minúsculo las ratas que salían de noche a procurarse alimentos y agua. Segundo veía sus ojos encendidos corriendo por el tablado. Una vez me contó que aprendió a cazarlas con las manos en la cárcel del Dueso cuando esperaba el paseo. Dos fusilados por calabozo y día. Segundo tuvo suerte con las ratas. No vomitó ni con la primera ingesta.
- Si no te liquidan, ya tienes menú para ir tirando-le decía un gudari que aseguraba haber liquidado a tres moros en Upo.
     En la cárcel, los hombres más serios eran capaces de acercarse al foso cantando. El sentido del humor es parte del sentimiento humano.

- ¡Come ratas, Segundo! ¡Aguanta! ¡Seguro que tu hermana te saca de este agujero antes de que te envenenes!-le decían los compañeros de estómago delicado.
Le sacó. Entonces Juana era una mujer gallarda que se ganaba la vida cantando nanas en los palacios del Abra. Cantaba tan dulce que hasta los niños feos se volvían hermosos a la hora de dormir. Juana se cubría el pelo con un pañuelo blanco de dos puntas y su cuerpo olía a manzanas. Sus gestos imprescindibles imponían. Tenía manos de Papa y papada en escalera: una papada perfecta para llevar joyas. Ella sólo se adornaba con collares de chiribitas. El perdón para su hermano lo consiguió el padre de un bebé. Además de la gargantilla de flores, Juana se puso un delantal blanco y se pintó las pestañas con polvo de antracita para lustrar su mirada. El padre del bebé era el secretario de un Juez de Franco. 
- Tengo un hermano en el penal del Dueso con pena de muerte- le dijo ella.
- ¿Sólo una pena?
- ¿Es que se necesitan más para ajusticiarle? Vuestra señoría quizás sepa la manera de perdonarle las penas.
- A lo mejor. Pero tendrás que cantarme para que me duerma. Después de dormir a mi hijo, me acuesto y me cantas “a ron-ron Corderito Divino”.   
Desde entonces, el secretario del juez de Franco lo primero que hacía al llegar a su despacho era revisar las penas de muerte inmediatas. Si la de Segundo se encontraba entre las primeras, la ponía en último lugar. Así, mientras Juana cantó y el secretario actuó, Segundo cazó ratas para su manutención hasta que su pena de muerte fue conmutada por años de cárcel con derecho a rancho de indultado.
 A Juana comenzaron a tenerle miedo en los años de postguerra. Le acusaron de perversidades y dijeron que cantaba canciones de cuna a demonios disfrazados. También le culparon de quemar el confesionario de las monjas de la Dársena, de secar árboles frutales enterrando dientes de ajo entre sus raíces y orinar encima. Quizás lo más llamativo eran las peras de libra que daba un árbol con olor a rosal que creció delante de su casa. Eran, sin duda, las peras más grandes del pueblo.  Vino un general de Madrid a medir y pesar las peras.
 Juana era una mujer de buena estatura que ensuciaba los muros del pueblo con su sombra andante. Producía temor. Sin embargo, el mayor escalofrío llegaba con el rictus que se le había quedado a Segundo en el penal. La carne de rata resucita enfermedades olvidadas y mementos de  ajusticiados. Los roedores se han inmunizado con la llegada de enfermedades nuevas. Los humanos, al contrario, vuelven a enfrentarse a bubas y abscesos con la memoria incapaz de crear brebajes olvidados para curar. 

Cuando se terminó la Guerra, Juana y Segundo dejaron de saludar a la gente. Comenzaron a caminar juntos aunque fueran a distintos lugares. Segundo vestía un traje muy viejo. Costaba adivinar si se trataba de un traje o de una sotana raída. Llevaba un saco al hombro. Primero iba Juana con su pañuelo blanco en la cabeza y su delantal almidonado. Segundo calzaba alpargatas de esparto; alpargatas negras y tobillos repulsivos. Iban a sus quehaceres guardando una distancia de siete pasos. Regresaban ya de noche respetando la distancia. Segundo caminaba con su saco lleno de algo. Juana no se inmutaba ni con la lluvia. Entonces sus pies calzados con txoklos avisaban su presencia. A Segundo comenzaron a llamarle “El Hombre del saco”. A los niños les decían en casa que no llegaran tarde a casa porque les iba a coger el Hombre del saco. Los niños le tiraban piedras y Segundo les daba patadas. Así, muchos niños sentimos la coz de un mulo. Sin embargo, no dejamos de ir a su casa para revisar sus cosas: Segundo tenía un tiragomas colgado en un clavo en la cabecera de su jergón. Lo usaba para matar ratas. En las largas noches de invierno, llenaba la tarima de montoncitos de maíz, esperaba la llegada de dos chispas de fuego, apuntaba en medio, estiraba las gomas y ¡zas!, una rata menos. Por la mañana las metía en el saco y las arrojaba a los jardines de los privilegiados. Juana tenía un rosario de cuentas de algarrobo colgado de un clavo en la cabecera de su jergón. Solía rezar rosarios con misterios inventados. Yo le tenía mucho miedo porque nunca le vi reír. Si iba a su casa era para que me soplara en los ojos. Mi madre estaba convencida de que Juana la Seria no soplaba para hacernos ningún daño. Soplaba para ahuyentar la miseria que veíamos a nuestro alrededor. Otros niños acudían para lavar las pústulas que no desaparecían de sus ojos sólo con la saliva de sus madres. “Antes de la Guerra todas las casas tenían manantiales. Después los manantiales se convirtieron en madrigueras de víboras”, nos predicaba Segundo después de habernos zurrado la badana. En el fondo, Segundo no era malo. Nunca olvidaré la brecha que le hice con un hueso de cañada de vaca vieja. Mi madre me agarró del brazo y me llevó a su casa a pedirle perdón. Pero Segundo estaba demasiado enfadado como para perdonar una pedrada con hueso. No escuchó los razonamientos de mi madre. La llamó madre coñuda y le cerró la puerta en sus narices. Mi madre me prohibió ir a casa de María la Seria a que me sople en los ojos. 
 A finales de los cincuenta cumplí veinte años.  Crecí derecho, con la cintura fina, los brazos largos y dos palas como manos. Las chicas me decían que tenía los ojos limpios. Las madres de las chicas les decían que cuidado conmigo porque tenía cara de demonio.  Y los hombres me admiraban porque jugaba bien a la pelota en el frontón. Apostaban su paga y muchos me daban la mitad. Compré una radio  y mi padre la ponía de noche para oír Radio Pirenaica. Yo me hice carpintero y torneé unos txoklos con una rama de tilo para Juana la Seria. Y es que ella todavía infundía respeto y mi boca se secaba cuando la veía en un bebedero que había cerca de su casa limpiando los puerros que Segundo traía en su saco.  Llevaba ratas y traía puerros.  Pasaron los años y Juana se murió. La enterraron en el cementerio viejo. Alguien debió de empujar el cajón porque su hermano Segundo ya había perdido la cabeza y tampoco fue. Creo que tampoco hubo cura. A Segundo lo encontraron literalmente muerto de frío con los pies dentro del bebedero. Dicen que los renacuajos le estaban comiendo la suciedad de sus pies. Es cierto. Yo le saqué del agua para meterlo en el féretro que le hice en mi carpintería. Y puedo jurar que los sapaburus le habían dejado los pies transparentes como los de un niño de mantos.

FIN



Arrigúnaga (GETXO) 24 de febrero de 2017.

martes, 28 de febrero de 2017

ALLÍ HABÍA UN ROSAL



Un jueves por la tarde, después del catecismo, vi el primer culo adulto no perteneciente a mi familia. Lo vi reflejado en el espejo del armario ropero de nuestra vecina Bernardina Bolanda, hija de Félix Bolanda, engrasador de la marina mercante y de Juana Barbarín, mujer de gran sentimiento, moño propio de viudas y guardesa de la honra de Bernardina Bolanda Barbarín, de unos diecisiete años, piel limpia, ojos sorprendidos y hechuras de gran calidad. De su casa se venía a la mía por un camino estrecho alfombrado con piedras planas colocadas como las caprichosas fronteras de los pueblos de una provincia; de mi casa se llegaba a la suya por el mismo camino, sólo que al revés. La ventana del cuarto de Bernardina caía encima de un rosal cosido al cemento de la fachada con clavos, tornillos, pernos y alambre de cobre. Era un rosal cuyo esqueje lo trajo Félix Bolanda de un jardín privado de Manila poco antes de comenzar la Guerra de Franco en España. Las rosas olían tan de verdad, que allá por mayo, cuando sus zarcillos cargaban más flores, los viejos del asilo se acercaban al rosal, se sacaban bien los mocos y aspiraban el efluvio más placentero con el que se puede soñar. El goteo de ancianos que se colaba en el pequeño jardín de los Bolanda a oler las rosas filipinas alcanzó su cénit al cumplir Bernardina quince años. Y es que la chavala, aún con trece, ya tenía el tamaño y la densidad que la morfología exige para doctorarse con sobresaliente cum laude en belleza absoluta. Además, la niña Bernardina, como la llamaba su madre, era de pensamiento romántico y no dejaba de soñar un solo día en la llegada de un joven apuesto que la sacara de su cuarto por la ventana y le dijera con voz de príncipe: ¡Estás como un tren!
Aquella primavera, un viejo cotilla del asilo se acercó a oler el rosal. Metió sus narices tan dentro que al alzar su cabezota descubrió a la niña Bernardina tocándose encima de su cama. El viejo cotilla pudo hacer por lo menos dos cosas: desmayarse placenteramente o correr al asilo para soplar a otro viejo su descubrimiento. Hizo lo segundo. El asunto corrió como reguero de pólvora. Aquello no se acabó hasta que mi madre me cazó oliendo el rosal. Yo tenía catorce años y Bernardina diecisiete. La perspectiva me impactó con tal robustez que apenas sentí las uñas de mi madre en mis tiernos lomos. Como un niño enamorado de un juguete, me así con todas mis fuerzas a las ramas del rosal anclando manos y brazos en los espinos de sus ramas, hasta que mi madre comenzó a gritar ¡cerdo pecador!, ¡cerdo pecador!, y Bernardina cerró las contraventanas de dos formidables trompazos. Nunca he perdonado a mi madre. Llegué a pensar que por sus venas corría sangre de demonio. Ella era una mujer de huesos grandes y largos que con el tiempo los fue cubriendo con hermosas tajadas de carne y grasa. Cuando se entregaba a la risa, el mondongo de su abdomen se enfrascaba en tal zafarrancho que yo me tenía que contener para  no posar las palmas de mis manos en él. Mi madre es exorbitante en todo lo que dice y hace. Pero, aun comprendiendo su desmedido carácter, no he podido perdonar su desatinada actuación delante de la ventana de la gentil Bernardina, maravilla del género femenino, que hasta hacía poco me paseaba a burrichicos. 
- ¿Sabes lo que ha hecho hoy ese chiquillo? -le decía mi madre todos los días a mi padre.
- Chiquilladas -le respondía mi padre.
- Chiquilladas te voy a dar yo.-Y mi madre cerraba los puños y le cacheteaba sus bíceps. Mi padre me guiñaba un ojo y todo quedaba ahí.
Pero la tarde que me cazó contemplando con cara de lelo el fascinante tras de Bernardina y enterró sus uñas en mi carne llamándome cerdo pecador, se excedió. Todos nuestros vecinos sabían que mi madre pegaba a mi padre. Sin embargo, nadie le daba importancia porque los habían catalogado como cachetinas de amor. Creo que era una querencia admitida en la intimidad de las parejas. El anciano párroco don Seráfico de la Plegaria sabía por el confesonario que las efusivas caricias solían terminar en el lecho conyugal. Por eso seguramente borró de la lista de pecados mortales  a las tundas familiares. El padre Seráfico, ya en su senilidad, compuso un censo de pecados mortales con su correspondiente penitencia, que lo clavó en las partes más visibles del templo. Lo tituló “¡Aintza-lá pekatu mortalá!”y los confesandos tenían la obligación de llevar al confesionario su lista particular y la penitencia correspondiente. 
-¿Sabes en donde he pillado hoy al chiquillo?- preguntó mi madre a mi padre.
- ¡Yo qué sé!- respondió mi padre.
- ¡Contemplando el culo de Bernardina por la ventana del rosal!
- ¡Buen gusto, chaval!
Mi padre vio llegar a mi madre por el rabillo del ojo. La esperó. Mi madre sacó su joroba. Cerró sus puños. Atacó. Mi padre pilló los puños de mi madre en el aire. Echaron un pulso. 
Mi padre dejó libres las manos de mi madre. Se fijó en los puntos de sangre que tenía yo en mis brazos.
- ¿Qué ha pasado hoy aquí? -dijo mi padre.
 Entonces los ojos de mi madre se llenaron de lágrimas y corrió al piso de arriba sin dejar de llorar y se encerró en su cuarto dando un portazo. Yo también me encerré en mi dormitorio, que estaba en la planta baja, sintiéndome un malhechor. No me encerré por dentro porque sabía que mi padre iba a tocar la puerta. Tocó. Le abrí. Miró con detenimiento los rasponazos en mi piel. Fue al baño y me trajo la botella de mercurocromo y la lata de algodón. Me tendió ambas cosas.
- Toma. Vete donde tu madre a que te cure las heridas. Seguro que así deja de llorar-dijo mi padre.
- ¡Me las hizo ella!- exclamé con la voz rota por dos ridículos gallos.
- No seas nena-dijo mi padre-. Los pellizcos de las madres no duelen.
Cogí la lata y el mercurocromo y subí al dormitorio de mis padres. Mi madre me estaba esperando en la puerta. 
- Aita me ha dicho que me desinfectes las heridas.
 Me encontraba muy triste. Aunque mi madre me sacó con una pinza las espinas del rosal, me curó las heridas de sus uñas y me dio un saco de besos, mi decaimiento duró muchos años. Tuve que aprender a olvidar el dolor que causan unas uñas de mujer, sobre todo si son de tu madre. Dicen que las maldades sufridas a lo largo de los años, se olvidan. Sólo cuando llegas a viejo las puedes poner en circulación sin temor al calvario.
 Félix Bolanda venía una vez al año con una maleta llena de globos de todos los colores. Bernardina y Juana hinchaban los globos y los colgaban del techo del pasillo. Cuando Félix bajaba del barco, Juana se pintaba los labios y se daba colorete. Era una mujer hermosa. Mi madre decía que Juana sólo se ponía bragas cuando venía su marido. Mi madre era una extraordinaria ama de casa con profundos conocimientos de las costumbres de la ciudadanía colindante. También sabía cuando Félix sacaba la guitarra para entonar  una canción que hablaba de un marinero borracho que rogaba por Dios que le abrieran la puerta para retozar con su mujer. Juana  encendía las luces de casa y se asomaba por las ventanas haciendo cucús a Félix hasta que Bernardina abría la puerta a su padre. Eran noches traviesas en las que los vecinos salían  a la calle  a ver en el cielo el Camino de Santiago. Los que cogían buen sitio no sólo veían las estrellas, sino también cómo Juana se quitaba las bragas. El que anduviera el resto del año sin estorbos no quería decir que Juana fuera una mala vecina. Mi madre decía que era la mejor vecina que le pudiera haber tocado en suerte. 
Los ancianos del asilo, cuando el sol calentaba los bancos de piedra de la placita del Casino, acudían a coger sitio  y a comentar la quiniela. También llegaban a hablar de su soledad algunas esposas de navegantes que se encontraban en la mar. Los viejos del asilo, en la edad feliz de la picardía, resbalaban sus boinas por sus frentes para esconder el camino de sus ojos y comentar a medias palabras el paisaje de la tribuna de enfrente.
- Si hoy tenemos suerte creo que vamos a poder hablar de la Liga-decía uno.
- También de la Copa-decía otro.
- ¡Toma! ¡Y de la Recopa!- Exclamaba emocionado el más viejo.
- ¡A lo mejor se pone a tiro la Final!
Era el chiste de siempre contado de forma coral y que lo celebraban como si fuera nuevo. ¡Deliciosos ancianos de la Residencia Municipal!
El padre Seráfico paseaba buscando pecados con enjundia. Apuntaba, en su libretita de nombres propios, los alias de los impíos para montar el sermón dominical. Sus parábolas eran tan celebradas que los fieles madrugaban para coger sitio en la iglesia. Fue memorable el sermón que pronunció sobre el quinto mandamiento, no Matar, sobre el asesinato de una madre por su hijo. El Obispo de la Diócesis le pidió que lo repitiera al domingo siguiente. El padre Seráfico era una mina.
Veo que he enredado las cosas trayendo historias que nada o poco tienen que ver con la campanada que sonó en mi ánimo la tarde que Bernardina jugaba con el espejo de la puerta de su ropero. Aquel día mi madre había dado la última puntada a mis primeros pantalones largos. Después de comer, me dijo que me los probara y ya no me los quité.  Mi madre me llamó “mi hombrecito nuevo”. Me sonrojé. Mi padre se rió de mi pinta. Se metió el farias en  su boca y se fue a trabajar. Era jueves, día de catecismo. Las señoritas que dirigían la catequesis eran guapas, olían  rico y nos contaban muchos chismes de la época de San José y así. Nos distribuían por  edades.  Yo estaba con los mayores y desde aquel día era el único que llevaba pantalones largos. Mi señorita era la más guapa de todas. Tenía una voz encantadora. Nos traía tebeos y nos contaba la Historia Sagrada como si se tratara de Blancanieves y los siete enanitos. Fue el primero y último día que asistí a la catequesis con pantalones largos.  Mi señorita me dijo que ya estaba muy crecido para escuchar simplezas.  ¡Lo que hacen unos pantalones como Dios manda! Recuerdo que corrí para ir a casa de Bernardina, enseñarle mi nuevo look y decirle que ya no tenía que ir más al catecismo. Había luz en su cuarto. Las hojas de su ventana estaban arrimadas. Dejaban algo más de un palmo para espiar. ¡Las trampas del Diablo! Siempre, al menos desde que aprendí a andar, entraba en su casa por la puerta de la huerta. Nunca lo hice por la ventana. Sólo asomé mi nariz por la abertura y vi lo que el demonio quiso que viera: el trasero de Bernardina haciendo monadas en el espejo de su cuarto. Parece ser que la velocidad de una erección de un muchacho con la edad comprendida entre catorce y quince años, de 1,75 metros de altura, flaco y sin barba es cero segundos. Bernardina, de rodillas en su cama, con el trasero en pompa, observaba muerta de risa lo que podemos llamar pompis en movimiento, que consistía en elevarlo, bajarlo, o llevarlo a la derecha y después a la izquierda Y otros y muy variados meneos. Pero lo más llamativo quizás era el método que empleaba para vérselo ella sin tener que romperse el pescuezo: se valía de otro espejo de mano. Con la sensación de ser un pervertido taleador (sinónimo de voyeur) me así con todas mis fuerzas al tronco del rosal filipino sin sentir sus espinas en mi pecho, debido seguramente al cándido perfume de sus racimos de flores. Lo único que pude evaluar fueron las sórdidas uñas de mi madre que se clavaron en mis brazos con tal entusiasmo, que me así a las dos hojas de la ventana (una en cada mano) abriéndolas, con mi impulso, de par en par.
Las reacciones de las mujeres son inesperadas. ¿Por qué mi madre comenzó a gritar “¡Cerdo pecador, ¡cerdo pecador!” como una posesa? Una estridencia puede romper la armonía de una vida. Desde  que la niña Bernardina cerró las contraventanas de su cuarto, nunca las ha vuelto a abrir.  Ni para regar el rosal. Y tampoco vienen los ancianos del asilo, porque el rosal comenzó a secarse el día que mi madre me hizo mis primeros pantalones largos. Ahora solo vienen los perros a mear en donde estaba el rosal.


FIN
  

Arrigúnaga (GETXO) 22 de enero de 2017.

lunes, 30 de enero de 2017

EL NEGRO QUE HABLABA CON LOS PERROS



 El primer negro que vi en toda mi vida se llamaba Martín. Tocó la aldaba de mi puerta. Abrí y cerré de un portazo sin dejar de gritar que era un hombre negro con los ojos rojos, los labios rojos y los dientes tan blancos como los dientes postizos de la abuela.
- Aquí no hay negros -dijo mi madre con el cuchillo del pescado en una mano.
- Es negro, ama. Te lo juro.
Ella se limpió las manos en el chorro de la fregadera, se quitó el delantal y dijo:
- Vamos a ver qué quiere ese negro del demonio.
Aunque mi madre se sorprendió al ver que el negro era legítimo, no perdió la compostura. Tampoco puso cara difícil. Sonrió con cordialidad. Pero me agarró fuerte de la mano.
- Soy hojalatero, amiga. Pongo culos nuevos a los pucheros, cazuelas, baldes, cucharones. También les pongo parches; afilo cuchillos, navajas, tijeras; arreglo paraguas y parasoles, juguetes de niños y molinillos de café.
  Sólo tenía siete años, pero ya conocía por minuciosos análisis la mímica más cotidiana de mi madre. Así, al descubrir sus cejas alzadas y sus ojos crecientes, supe que su lógica se hallaba lisiada, seguramente por estar convencida de que los hojalateros eran siempre blancos y gallegos. Por eso me dijo:
- No hay día que no aprendamos cosas nuevas.  Resulta que hay hojalateros negros y yo no lo sabía. Es tan negro como el negro que mató el abuelo en altamar con un arpón de cazar ballenas  al descubrirle robando naranjas. 
- Fue en el río Orinoco.
- Eso decía él. Pero el abuelo contaba muchas mentiras como casi todos los marineros. El abuelo decía que los negros son corpulentos, de manos grandes como palas, de pelo corto y rizado y que te ponían a temblar con solo mirarte. Nada parecido a nuestro hojalatero.
- Se llama Martín.
- Sí. Martín tiene el pelo liso, usa boina, habla cantando, es dulce como una abuela. Y trabaja limpio y rápido. ¿Has visto mi paraguas de golondrinas? ¿Y el culo del puchero rojo? ¡Todo por tres pesetas! 
- A mi no me da miedo.  No me importaría tener uno para jugar.

 Martín, sentado en su cajón de herramientas, sin dejar de martillar los bordes del culo del puchero rojo, metía a ratos sus ojos en los míos como pidiéndome un beso. Martín tenía los ojos grandes, de los que no asustan. Mi ama dice que las personas que tienen los ojos grandes son buenas por naturaleza. Y es verdad que cuando me miraba me entraban ganas de acercarme a su rostro y darle un beso, sobre todo después de llamar con la mano a un perro que pasaba por la carretera. Fue mágico. El perro iba solo. Al llegar a nuestra altura, se detuvo. Se quedó quieto, con la cabeza alzada y las orejas tiesas. Martín lo llamó con la mano. Le hizo tres veces seguidas el gesto de decir “ven”. El perro no dudó, entró por la verja, se acercó a Martín moviendo el rabo y puso sus patas encima de las rodillas del hojalatero. 
- Ya veo que tú tampoco tienes zapatos-dijo Martín al perro.
- Los perros no llevan zapatos-dije a Martín.
- Quieren que los hojalateros les hagamos zapatos de hojalata.
Martín acarició la cabeza del perro. Le midió los pies con un metro. Sacó del bolsillo de su chaqueta una libreta con pastas de hule  y apuntó con un lápiz unos cuantos números. El perro lamió la mano del negro. Ladró. Salió a la carretera y esperó a su amo que venía con una carretilla cargada de sacos con piñas.
- ¿Cómo se llama tu perro?-preguntó Martín al viejo.
- ¡Judas!
- ¡Bonito nombre!-exclamó Martín.
- ¿Le vas a hacer zapatos de hojalata a Judas?- pregunté a Martín.
- A lo mejor. Los perros son unos cabezotas. Todos los perros son cabezotas. Vengo desde Orense andando. No he encontrado en todo el camino un perro razonable. Casi todas las noches duermo en  pajares. Es un buen lugar para un negro. Los perros de las casas, en cuanto se enteran que soy hojalatero, vienen a hacerme compañía y a escuchar de mi boca antiguas leyendas. A los perros les gustan los cuentos. Así, poco a poco, me he enterado de su reivindicación. Dicen que están hartos de pisar chicles, esputos y mokordos de otros perros. Parece ser que a principios de año fue una delegación de chuchos a Roma para decirle al Papa que se habían puesto de acuerdos todos los perros del mundo - ¿Por qué los perros fueron a verle al Papa?-pregunté al negro Martín.
- Porque el Papa se comunica con el Cielo por medio del Espíritu Santo.
- ¿La Paloma?
- Cierto. Además, el Papa sabe muchos idiomas de los hombres y de los animales domésticos. ¿Entiendes?- dijo Martín.
- Creo que sí-dije.
- El Papa se afeita todos los días, se corta las uñas, se ducha con agua bendita, viste de blanco, le huele el aliento a lirios. Es el ejemplo de la purificación. 
El negro Martín me contó que a un perro de la encomienda se le escapó un viento de mucha pestilencia. Tanta que tuvieron que acudir diez mayordomos bajo el mando de un cardenal a orear la sala de las audiencias. El Papa preguntó tres veces que quién había sido. Al no obtener respuesta dijo que hasta que no apareciera el autor incivil del tufo, la reunión quedaba interrumpida y los perros seguirían descalzos.
- ¡Ajá! Por eso los perros se huelen el culo- dije.
- Por eso mismamente.



FIN