viernes, 7 de marzo de 2014

ZAPATOS CON MARIPOSAS


Comenzaron a discutir al regresar del trabajo. Inma metió sus zapatillas y su pijama en una caja pequeña de leche y se marchó de casa. Inma conservaba un apartamento de veinte metros cuadrados de cuando era soltera. Lo compró con el dinero que le dejó su madre. Seguramente fue lo único sensato que hizo en su vida: gastarse los cuartos en una vivienda con dos ventanas y un respiradero sin malla en donde anidaban los gorriones. Inma  vivía en el primer piso. Subía cinco escaleras que arrancaban del descansillo del primer piso y se encontraba con la puerta de su apartamento. La casa  tenía un cuarto de baño con puerta y el resto estaba todo junto. En un ángulo nacía una lámpara arco que terminaba en una mesa de cristal rajada. La lámpara iluminaba toda la pieza. El resto de muebles los había ido recogiendo con esmero de las orillas de los contenedores, a excepción de la cama, que la encontró en la casa y la tele, que la compró en unos grandes almacenes. Inma tenía la fuerza de un serrador de troncos y el melindre de una pastelera. Criaba dos bosques de vello en su pecho, que le empezó a salir a los doce años y su voz dulce enternecía a los ogros. Su bicho malo era el vino de cartón. Vaciaba el litro en un par de horas. Según. También bebía cava rosado para calmar la gastritis. La carne la comía con cava y el vino peleón con aceitunas.
 Nicolás era abstemio de vinos de poca graduación. Bebía brandy con Coca Cola. Además, le gustaba tomarse los tragos en sitios donde ponían música y la gente se pasaba por el forro la prohibición de darle al humo. Le deslumbraban los entornos sofisticados con música de negros americanos. En una calle que moría en San Francisco había un bar de chinos. Uno rubio se pintaba los ojos. Era de Llodio. Lo hacía bien.
 Hacía mucho tiempo daban de comer a los maestros de las escuelas de Las Cortes y a media docena de putas drogatas. Luego llegaron los chinos con un equipo de sonido de madre y con una caja de vinilos de blues, que compraron en la Plaza Nueva un domingo por la mañana. Un chino era alto y flaco. Usaba tirantes con la ikurriña. Le llamaban culoprieto. Era el que decoraba el bar. Unas veces colgaba banderitas de papel de un centenar de naciones. Otras, llenaba el techo y las columnas de hierro de potos, un vergel de potos que se morían de tanto fumar. Nicolás se entendía con el chino flaco porque servía buenos vasos. A Inma le dormía aquella música. Se marchaba a casa llamándose insociable. El vino que sobraba se lo llevaba agarrado de la orejita de cartón del tetrabrik. Se sentaba en el sofá con las piernas en bandera, daba dos pases a los cincuenta canales de la tele y se dormía con la teta de cartón cerca de sus labios. Hasta que discutieron quién de los dos era más borracho. Mala cosa.
- Una mujer dándole al morapio hace a “cerda".
Nicolás supo que se le había escapado la palabra más vejatoria en el vocabulario de su mujer.
Inma ya tenía pensado largarse a su apartamento. Lo había estado limpiando en secreto. También había llevado media docena de tetrabriks por si le cogía la depre. Metió en la caja de leche su pijama y sus zapatillas y se largó. Se sintió aliviada. Se le despegó la ropa de su piel. Era dueña de su cama. Tenía dos mantas para ella sola y dos ventanas para asomarse al mundo y ver de primera mano lo que pasaba.
Nicolás se sirvió en su vaso de tubo dos dedos de coñac. Lo miró con deleite y lo llenó hasta arriba. Siempre hacía lo mismo. No había más vasos de tubo  en toda la casa. No fue ella. El portazo lo dio el viento. El vaso se hizo añicos en el suelo de la cocina.
- ¡Joder qué humos!- dijo Nikolás.
No recogió los cristales. Echó un trago del gollete. Pensó que al día siguiente ella volvería a barrer la cocina. Podría no regresar a poner la lavadora, pero a quitar los cristales rotos, sí. No regresó. Al tercer corte en las plantas de los pies, Nikolás barrió el suelo de la cocina. Primero compró por cero ochenta tres vasos en una tienda de chinos y después barrió los cristales del suelo. Lo barrió a conciencia. También las cucarachas.
Echaba de menos a Inma. Ella le solía esperar en el cuarto de baño con la puerta abierta para que la viera peinarse. Inma tenía el pelo negro, sin canas, brillante como el de las indias de las películas americanas. Se peinaba con raya a medio lado, una raya perfecta en su cabeza más bien plana, daba autoridad. Se lo dijo la peluquera que le peinó para la ceremonia de su boda, ya hacía diez años. Desde entonces no había cambiado su peinado. Al escuchar la llave en la cerradura, cogía su toalla blanca, se la colocaba en sus hombros y mirando a su marido a través del espejo decía:
- Sólo me falta peinarme.
Nikolás trabajaba en un garaje arreglando pinchazos y cambiando baterías. Aunque venía con las uñas ya cepilladas, se volvía a dar un buen repaso en la fregadera de la cocina con jabón de sosa. Ponía la tele, se sentaba en el sofá y clavaba sus ojos en el cepillado rítmico de Inma que realizaba el milagro de transformar lo desagradable en apetitoso. En otros tiempos fue la hora de la pasión. Desde hace años, el recuerdo del trago en las tabernas de todos los días, dominaba cualquier impulso erótico. Ahora metía prisa a Inma.
- Venga. Que ya estás bien.
Nikolás estaba alcoholizado. Pero no permitía a nadie que le llamara alcohólico. Había estado desintoxicándose en una casa de doce habitaciones individuales, servidas por dos enfermeros alcohólicos recuperados, una ex monja carmelita y el médico del pueblo, que les miraba las amígdalas y les tomaba el pulso una vez por semana. La casa estaba en una cañada de la provincia de Cáceres, no muy lejos de un balneario y de un pueblo medieval judío con muchas higueras. El pueblo se llamaba Hervás. En una de sus tres tabernas vendían  cazalla de sesenta grados a los alcohólicos recuperados. Nikolás nunca dejó de chupar cazalla. Permaneció setiembre y octubre de un otoño caluroso rescatando su dignidad. Se lanzaba como un tigre a la yugular de quien le llamaba alcohólico en seco, pero se sentía reconocido ante el que pronunciaba  recuperado después de alcohólico. Nikolás era un alcohólico recuperado para cualquier ser que había bautizado su intelecto en  un panfleto en donde se explica que los alcohólicos son enfermos que pueden sanar. Inma no le acompañó. Se quedó en el apartamento de veinte metros cuadrados en un primer piso y un metro más de altitud en la esquina de un parque en miniatura en donde crecían varios rosales, había árboles con unos pocos pájaros y media docena de bancos con abuelas que jugaban a la brisca. Ella siguió bebiendo lo que había bebido siempre en la cocina de su casa. Su padre, un albañil de barrio, presidía la mesa, rodeado de cinco hijos, una hija (ella) y una mujer que se sentaba cuando todos terminaban de comer. En su casa siempre hubo alubias, pan y vino. Lo demás se llamaba vicio. De la bodega de Toribio les servían el vino: una cántara a la semana. Inma se aficionó de ver a su familia sentada a la mesa siempre con el ánimo reconciliado. Y le comenzó a dar desde antes de cumplir diez años. Antes de que le saliera pelo en el pecho como a sus hermanos mayores. Eso sí. Sólo bebía vino. Y el vino no mataba. Esto último lo decía su padre. El pobre se cayó desde el andamio que habían levantado para lucir el cieloraso de una iglesia y se partió la cabeza.
Al regresar de Cáceres, Nikolás trajo a Inma una cestita con higos. Aquella noche Inma cenó higos con vino. Un plato goloso desde la época bizantina.
- Yo ahora soy un alcohólico recuperado- dijo Nikolás con cierta pedantería.
Inma sabía qué era eso de ser un alcohólico recuperado. Inma comió una docena de higos y bebió un vaso de vino. Fue cuando Nikolás revolvió en su maleta y sacó tres botellas de cazalla de 60 grados. Le dio un buen trago a la que estaba empezada.
- ¿No acabas de decir que ya te has recuperado?
- Esto es cazalla.
- Ya veo.
- De esto nos dejaban beber.
- Ya.
- Te lo juro.
- ¡Menudo timo! ¿Qué vas a beber cuándo se acabe? Yo no pienso comprarte esa mariconada. Ni sé donde lo venden. Además, van a pensar que es para mí. Es bebida de viejas.
- Estás celosa porque soy un alcohólico recuperado.  Ya me las arreglaré.
- Claro.
No era un trabajo difícil. El sábado por la tarde fue a la pastelería de los grandes almacenes. Preguntó en dónde podría encontrar cazalla.
- Anís. Tenemos anís español y francés de primera calidad. A las señoras les va mejor el anís- le dijo un dependiente con los dedos amarillos de nicotina.
- Soy un alcohólico recuperado.
- Entonces a lo mejor le apetece más café, gaseosa y zumos de fruta.
- Me he recuperado en un sanatorio de muchas campanillas. No crea que está hablando con un cualquiera.
- No lo dudo, señor.
- A los alcohólicos recuperados nos permitían tomar cazalla.
El dependiente, hombre cercano a la jubilación, miró con disimulo a Nikolás. Vio zapatones de correr, vaqueros, chaqueta de punto con choto borroka, calva incipiente, treinta y algunos años. Tenía un hijo parecido. Aquel estaba en el paro. ¿Cazalla?
- ¿Por qué no se salta la norma y se lleva una botella de brandy? Coñá con Coca Cola. La mezcla hace señores.
- No tienen cazalla. ¿Cierto?
- Cierto, señor. Precisamente por eso me he atrevido  aconsejarle  brandy. Coca Cola con brandy.
- ¿Podría ayudarme?
- En todo lo que pueda.
- ¿Sabe en dónde venden cazalla?
- Lo siento, señor. La última vez que vi una botella de cazalla, fue en casa de mi suegra. El coñac tiene menos grados que la cazalla. Y si usted ya se ha recuperado. No sé qué miedo le puede dar un trago de brandy.
- Tiene razón. Póngame una botella y ya veré.
Fue el comienzo de su noviazgo con el coñác. La apoteosis tuvo lugar en el bar de los chinos. Lo descubrieron una noche que tenían la puerta abierta. Entraron. Las paredes estaban decoradas con docenas de carátulas de vinilos. Ella pidió vino peleón. Como siempre. Dejó el vaso lleno en el mostrador.
- Yo soy de vino de cartón- le dijo al chino rubio que se pintaba los ojos como Fu-Manchú para dar a sus ojos “el fulgor magnético de los ojos de la pantera”.
El chino se ausentó unos minutos. Regresó con un cartón. Le sirvió un buen vaso. Inma se sintió protegida. A su marido le sirvió coñá con Coca Cola.
- Así no hace daño-  le dijo Nikolás.
Bebió cuatro. 

 

Transcurrieron cinco años. Nikolás curaba el temblor de sus manos con el primer trago. A ella le seguían trayendo tetrabrik. Al tercer trago de Nikolás se marchaba a casa. Se sentaba en el sofá y terminaba el cartón con la tele encendida, sin sonido. Por las mañanas temprano iba a arreglar una tienda de lencería. Por las tardes ordenaba la casa de una señora. Limpiaba la cocina, pasaba la aspiradora y se sentaba a hablar con la anciana de amores imposibles. El que más le impresionó fue el del párroco de Los Sagrados Corazones, que aprendió a tocar en el órgano la guaracha “El Danzón de la Reina Isabel” y el Cha-cha-chá “Ritmo de Pollo”, que eran las charangas que más brillos le sacaban en los ojos a su enamorada. Se le clavaron sus ojos tan sin remisión, que los tubos del órgano se olvidaron las notas de “Corazón Santo, Tú reinarás, Tú nuestro encanto, siempre serás”. Y la iglesia se llenaba y el vicario le hacía guiños de conformidad.

Desde que se había marchado de su casa con su pijama y sus zapatillas, Inma bebía menos. Le fascinaban las dos ventanas que al abrirlas le metían en casa un mundo de ruidos limpios. Abandonó su pantomima del peinado. Podó el jardín de pelos de su pecho con una maquinilla de piernas de señorita. Se compró una barra de carmín rojo muy rojo, se cortó el pelo a lo chico. Y los hombres le comenzaron a silbar como los mirlos en celo. Algunas tardes pensaba que tenía que ir a visitar a Nikolás. Y hasta se compró unos zapatos de tacón pintados de mariposas para sorprenderlo. También se echó al hombro una bolsa con un montón de rayas de colores. Pero pasó por la puerta de un cine que ponían “Robin Hood, príncipe de los ladrones” y se quedó feliz en una butaca con un tetrabrik.
Fue él el que tocó su puerta sin atreverse a subir los cinco escalones que partían desde el descansillo. Eran las siete de la tarde. Hacía tres semanas que se había mudado. El día que escuchó la chicharra de su puerta estaba agachada en la tarima empujando con el mango de un tenedor un manojillo de algodón en el respiradero. Y es que una pareja de gorriones había comenzado a fabricar su nido. Sabía que era Nikolás. Aunque no hubiera carraspeado, sabía que era Nikolás.  Colgó su saco de colorines en su hombro para abrirle la puerta.
- ¿Por qué te has cortado el pelo?- le dijo él.
- Porque ya no me tengo que sacar la raya.
- Me voy a quedar ciego- dijo el hombre.
- Vale Niko. Entra.
- He pensado que a lo mejor no estabas en casa. No se tarda tanto. Lo malo es el transbordo de bus.
Nikolás le sonrió. Ella esperó a que subiera los cinco escalones con el vistoso saco indio en su hombro. Inma cerró la puerta con llave. Siempre cerraba la puerta con llave. Se sentó en su cama. Metió su mano debajo del somier y sacó los zapatos nuevos. Se los puso sentada en su cama. Ella no sonreía. Se levantó de un salto y abrió la ventana por la que se veía un amorcillo de mármol.
- ¿Ibas a salir?- preguntó Nikolás.
- Son mariposas. Había otros zapatos con mariquitas, pero creo que estos me quedan mejor.
- No sé el tiempo que voy a tardar en quedarme ciego.
- ¿No distingues las mariposas?
- Donde vivían mis abuelos había mariposas de colores. Tenían ojos redondos en las alas.  Mi abuela les quitaba el polvo de las alas y me pintaba la nariz con él.
Inma levantó sus pies y movió los zapatos con mariposas. ¿Eran como éstas?
- Las mariposas no pueden volar sin el polvo mágico que cubre sus alas. Yo les ponía harina de rebozar. Pero no era lo mismo. Se marchaban dando tumbos a morirse en un rincón.
- Cada zapato tiene doce mariposas.
- No es que vea menos. Es el viento que me seca las lágrimas y me quema los ojos.
Inma se quitó sus zapatos nuevos y los guardó debajo de su cama. Descolgó de su hombro su bolso de colores y lo colocó en una pequeña percha de detrás de la puerta. La rabia le subía hasta las amígdalas.
- Dentro de poco pasará un hombre con barba blanca por allí. Le podríamos preguntar. Entiende de ojos porque es ciego.
- He ido al oculista.
- Abre la ventana de la derecha y no dejes de mirar el camino de piedras. Yo me acodaré en el alféizar de la ventana de la izquierda. Unas veces trae boina y otras veces, no.
- No sé si podré vivir mucho tiempo sin saber lo que me va a pasar.
- ¿Te frotas los ojos con manzanilla templada?
- Sólo pienso en suicidarme.
- Eres poco sufrido. Piensas en lo peor y así no se arregla la vida. ¡Mira, allí viene el hombre del que te he hablado! El del perro. ¿Para qué quiere ver, si ya ve el perro por él? Parece un actor. Mientras le miras voy a hacer manzanilla con anises. Tengo manzanilla y tengo algodón. Esa silla negra es plegable. La encontré al lado del contenedor. Me viene de maravilla para arreglarme las uñas de los pies. También me siento para escuchar la radio. Me he dado cuenta que oigo mejor la radio sentada en una silla que recostada en la cama. Será por eso de los vasos comunicantes.
- Al principio era como si se me metiera arena en los ojos. Luego eran pelos, pestañas. Pican. ¿Te han picado alguna vez los ojos?
- Sí. Me los froto.
- Esto es una cosa seria. Además. Tenemos que hablar. Después de que me pases el algodón con manzanilla por los ojos, tenemos que hablar.
- Tú no hablas sin pedir. ¿Te han disparado del garaje?
- Sí. Pero no por lo que tú piensas. Veo mal los pinchazos. Es que no escuchas cuando te hablo.
- Eso se quita con manzanilla templada.
Inma puso un cacito con agua y encendió el gas.
- Cuando hierve el agua hay que ponerle el sobre con la manzanilla y esperar siete minutos. Por allí arriba, entre el tronco de aquel árbol y el tejado de la casa se ven siete estrellas. Sólo siete. ¡Cómo me gustaría conocer sus nombres! Si hoy toca noche rasa, les voy a pedir un deseo.
-  No creciste lo suficiente. Tu cabeza guarda un cerebro infantil.
-  Y tú no te vas a quedar ciego. Es una patraña de las tuyas.
- El médico me ha dicho que tengo los ojos secos.
- Eso lo tiene mucha gente. Y no se quedan ciegos.
Inma puso el sobre de la manzanilla en el mismo cacillo que había hervido el agua.
- Quizá si comenzamos a hablar despacio y tomamos posiciones consecuentes. Digo que a lo mejor nos podemos arreglar.
- ¿Otra vez? Cuando consigas estar sin probar alcohol durante tres años vienes a verme y hablamos despacio.
- ¿Y el vino? ¿Dejarás tú de chupar cartón?
- El vino no es alcohol. Lo aconsejan los médicos. Te lo dan en los hospitales. Jesucristo dijo que era su sangre.
- ¡No escupas el Santo Nombre de Dios! ¿Sabes lo que has dicho?
- Nikolás, Nikolás. ¿No será que escuchas por los ojos? No quiero hablar contigo. Sé que me vas a pedir dinero. Si tuviera, no te lo daría. Me temo que has vendido algún mueble de nuestra casa. De nuestra casa. ¿El televisor? ¿El espejo del baño para no contemplar tu rostro de alcohólico sin remisión?
- Sólo quiero que me prestes algo para regresar a la Cañada de Cáceres para que me ayuden a ser un alcohólico recuperado.
- ¿Con cazalla?
- La cazalla me curó. Te traeré higos de Hervás.
Nikolás intentó cogerla de un brazo. Ella adivinó sus intenciones y se acercó a la cocina. Metió un dedo en el cazo. Cogió un plato. Se fue con el agua caliente, la manzanilla y el plato al cuarto de baño. Se cerró por dentro. Nikolás se asomó por la ventana. El ciego se había sentado en un banco. Una niña acariciaba al perro. El ciego acariciaba a la niña. Nikolás sintió la hora del trago en sus venas. Golpeó con un puño la puerta del baño.
- ¿Tienes coñác?
- Hay un cartón con vino encima de la nevera.
- ¿Por qué has cerrado por dentro?-dijo mirando encima de la nevera-. Oye. Aquí no hay nada.
- Me lo habré bebido.
- Sigues siendo una zorra con clase.
- Espera un minuto. Sabía que algún día vendrías. Tengo una botella de brandy para las visitas. Pero primero son los ojos. No te vayas a quedar ciego por mi culpa. Mi madre nos limpiaba los ojos con agua templada con manzanilla. Luego, si quieres, nos sentamos y hablamos.
Nikolás no se alegró. Andaba por las dos botellas al día y sabía que se encontraba al borde del precipicio. “Si no frenas te va a salir jugo de hígado  por la boca”, le dijo el dueño del garaje en donde trabajaba. Porque no le habían echado. Le dio tanta rabia que el dueño le dijera aquello, que se quedó en casa. Se quedó en casa con el pijama puesto y la tele encendida. Sólo salía a comprar  brandy. Dejó de visitar por las noches a los chinos. Después de tres semanas descubrió que no le quedaba un solo euro y que Inma no era tan insoportable. Nikolás volvió a golpear la puerta.
- Ya está esto listo. Si he cerrado la puerta es para que me dejaras en paz. Túmbate en la cama.
- ¿Para qué quieres que me tumbe en la cama?
- Túmbate tripa arriba y cierra los ojos.
Nikolás obedeció. Se tumbó. Pensó que en el fondo todas las mujeres son como madres. La escuchó correr el pasador de la puerta. Salió. Dejó el plato encima de la mesa de cristal rajado. La vio hacerse con un muñón de algodón y dejarlo en el plato para que se hinchara bien hinchado. Cerró los ojos. Se sintió en paz.
Nikolás recordaría toda su vida, no solo el dolor espantoso que produce en los ojos los refriegos de coñac mezclado con alcohol de quemar y unas gotas de lejía, sino el sonsonete que Inma comenzó a recitar con su voz de pastelera empalagosa mientras lo empujaba escaleras abajo con su fuerza de aserrador de troncos y daba dos vueltas a la llave (porque ella siempre cerraba con llave la puerta de casa):
- ¡Nikolás, que la manzanilla y el coñac tienen el mismo color!
Dicen que él ya no bebe. Ahora huele con profundidad a las mujeres que le compran el cupón con la esperanza de que su perro de ciego sepa lanzarse a la yugular de ella.
Ella sigue con su cartón en la mano. Guarda su bolso de colores y sus zapatos con mariposas. No se los ha puesto nunca. Si él le hubiera dicho que le sentaban como a una reina, a lo mejor habría vuelto  a casa.
FIN


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