jueves, 15 de enero de 2015

DE REGRESO A MARÍAS

Quinto recuerdo

- ¡Don Delfín! -exclamó la muchacha.
El maestro organista llevaba su visera de hule y su pajarita de goma. Estaba sentado frente a una mesa pintada de verde en la única ventana que daba al cementerio. Tras mirar a su alrededor, don Delfín se levantó de su escritorio en las oficinas de La Compañía de Fresas de Santa María. No salió, pero sacó su crisma a la corriente de la calleja con sonrisa de casa.

- ¿Y su señor padre?
- Seguro que bien.
- ¡Plácida información!
La joven parecía nerviosa. El organista comenzó a meter el ojo izquierdo más a la izquierda.
- ¿Tiene alguna pista del tranvía nº7?
- En este pueblo no hay tranvías. Ni hay ni los hubo nunca. Hay un hermoso órgano de cuatro teclados para las manos y otro para los pies. Antiguamente había un seminario. Ahora hay monjas negras. Mi hermano es Rector. El gallo en el gallinero. Precisamente fueron las monjas las que descubrieron el túnel que lleva las notas del órgano a las galerías que forman los caminos de hierro. Trabajos de antes de la Guerra. Es raro que su señor padre no haya venido a visitar el camino que lleva a 16 kilómetros de Marías.
- Sé poco de mi padre desde hace un par de años. Pero le echo de menos. Rompí el teclado del piano de mi madre y me marché de casa. Un pronto.
- Su padre andaba en Marías montado a caballo. Salía muchas noches negras a escuchar los surcos de la tierra. El muy cabrito había oído música de Bach brotar de la tierra esquilmada. Se bajaba de su montura y ponía sus orejas en el surco. Los desleídos decían que se tumbaba a echar sornadas.
- ¿Qué hace usted en la oficina de la Compañía de fresas de Santa María?
-Esperarla. Tiene un aire a mi difunta esposa. Ella era coja del izquierdo. Los recolectores de fresas me dejan sentarme en esta ventana. He recorrido todas las ciudades europeas que tienen tranvía, esperando al nº 7. Viaje en balde. El Rector de Santa María me dijo que el tranvía nº 7, el mismo en el que me enamoré, está en un descampado en donde antes acampaban gitanos y ahora viven titiriteros.
- ¿En dónde está ese lugar?
- A dos manzanas de la casa que me compró mi mujer antes de morirse. La misma de la que partí con unas mudas y estas botas.
Don Delfín se levantó de un salto y puso un pie a la altura de la mesa. Las suelas estaban como el papel de fumar. Un gato saltó asustado y salió por la ventana a la luz artificial. Atravesó la calle y se perdió en la oscuridad del cementerio. El organista parecía muy nervioso. Encima de la mesa tenía partituras de música que había estado estudiando toda la tarde como aturdido por un mazo. Desde que vio a Pilar al otro lado de la ventana, un montón de recuerdos empezaron a correr por delante de sus ojos. La vida era una naranja.
Pilar llevaba un vestido estampado de pequeños racimos amarillos como las flores del tilo. Una pamela de olor dulce y zapatos de bailar. Era un primor contemplarla.
Don Delfín se levantó de un salto y salir por la ventana perseguido por su perro Stalin. En el edificio siguiente, frente a la pared del cementerio, se iluminaba el bar de María La Cochina. En su puerta se sentaba el viejo Matías Diputado, el borracho del pueblo. Don Delfín tropezó con sus piernas. Las cogió con cariño. Las depositó arriba y le acarició su cara con ambas manos.
- ¡Cabrón de mierda!- gruñó el borracho volviendo a estirar sus piernas.
- ¡Vamos, Pilar!-dijo don Delfín. En Santa María hay muchos borrachos. Este es el mayor. Yo le tengo aprecio porque acude a la iglesia a escuchar música. Entre frase y frase, don Delfín soltaba una risa nerviosa.
Don Delfín había visto a Pilar. En cuanto la reconoció, su corazón comenzó a pegarle fuerte en las carótidas. De un golpe, desapareció la imagen de doña Julia corriendo por el pasillo del tranvía nº 7 y la sustituyó por Pilar. Llevaba dos semanas tratando de calmar sus ritmos para poder pasar a la faena. Le esperaba en la ventana de la Compañía de Fresas desde las tres de la tarde. Se sentía feliz caminando a su lado.
- Vivo muy cerca de aquí- dijo Pilar-.Vivo con mi hermano. Alguien nos dijo que hoy iba a tocar el órgano y nos hemos quedado a esperarle. Volvemos a casa, a Marías.
Pilar era hermosa como una actriz de cine italiano. Tan hermosa que había conseguido borrar de la memoria a doña Julia. Don Delfín la dejó adelantarle para contemplarla con parsimonia. Fue un error. A la perfección de sus formas, le faltaba un defecto: no era coja. Sintió un ruido disperso en su pecho. Era como el rechino de una barra de hielo rota a martillazos. Con frío o sin él, quería tocarla. Pensó que con sólo rozar los pliegues de su vestido, sentiría un deleite superior. Pilar le dejó mirarle despacio. Le dejó abatirse.
- No debe fiarse de los viejos. A mi todavía me pican las alas como a un muchacho.
- ¿Malas pulgas?
- Es difícil encontrar en la misma mujer la perfección de una musa y un defecto de nacimiento.
- Yo vivo aquí. Encima de la imprenta.
- Conozco a Jorge Juan, el montador de letras. También escribe en la linotipia y le pega fuerte al plomo. Cuando se le acaba, busca residuos en el suelo y los derrite en un cacito.
- Lo conozco. Es un hombre de otro tiempo. Sabe la lista de los reyes godos y las crestas de los Pirineos. Me ha prometido llevarme hasta la boca de Marías por los túneles.
- Las mujeres consiguen lo imposible de los hombres. Le he rogado que me acompañe a dar ese paseo. Me respondió que todo es leyenda. Suele escuchar mis conciertos de órgano de rodillas.
- Es amigo de mi hermano. ¿A qué hora va a tocar?
- A las dos. Es cuando más mendigos hay durmiendo la mona. Al sonar los bajos mentan a mi madre con gestos soeces. Golpean el suelo levantando las patas de los bancos y dejándolos caer. Yo les lleno sus pulmones de música. Manos y pies ordenan el bramido de un monstruo desconocido y mi público calla y deja de jugar a matar a Judas. Es cuando mi órgano les sorprende con llanto de violines.
Sucedió como lo contó. Lloró durante el camino de regreso al hotelito en donde se hospedaban su hermano y ella.
- Duerme. El sueño borra las emociones -le dijo su hermano desde la puerta.
Pilar no sollozaba por la música en sí. Lloraba por la historia que las melodías habían ido aglutinando en su maldita vida. Aquella misma tarde había caminado simulando una cojera para levantar en un viejo falsas ilusiones.
También don Delfín el organista había comprendido por fin que su felicidad se encontraba en los hierros desvencijados de un tranvía que un día llevaba un siete en su carrocería. Era lo más tangible que quedaba de su doña Julia. Pero la esperó. Permaneció clavado frente a la puerta del hotelito hasta que salió Pilar y cruzó el camino para estrecharle su mano.
- Ayer me burló haciéndose la coja.
- Juegos infantiles, don Delfín.
- Don Delfín el organista. ¿Por qué ya nadie me llama don Juan?
- Usted sabrá. Mi hermano y yo volvemos a Marías con el linotipista Jorge Juan. Iremos por los túneles de la música. Debo regresar a recoger los gansos y ver qué hace Baldomero. Mi padre me decía que Baldomero era un buen hombre.
- No lo conozco.
- ¿Por qué no viene con nosotros?
- Yo también regreso al octavo piso de la vivienda que me compró Julia en Zaragoza. Regreso con Stalin a mirar el río desde el balcón. Algunas veces salta un pez y brilla.
- ¿No volverá a tocar el órgano?
- Cuando me llegue la noticia de que ha perdido el miedo a los hombres. Entonces el fragor de mi marcha triunfal demolerá los túneles, aplastará a los murciélagos y la tierra dejará de soplar el eco de mi querido órgano.
Los vio desde su montura bajar de un coche azul. El coche dio la vuelta y regresó por donde había venido. El médico sintió ganas de gritar sus nombres, de poner al galope a la yegua. “Luego me contarán que han venido por los rieles de la mina”.
El médico traía el fonendo en el cuello y seis termómetros de cristal en el bolsillo de su americana. El cielo comenzaba a sacar las estrellas. Mandó parar el paso a la yegua y se quedó quieto para poder verlos bien. Los hermanos se dieron la mano y apretaron a correr a las vías del viejo ferrocarril minero. Sin soltarse las manos se subieron a los raíles y siguieron al trote dejando su risa en las copas de los pinos. El médico pensó en los dos años de soledad. Dos largos años sin dejar de escuchar los pasos de su hija sin pasos y sin hija. Sin poder mirar el rostro de su hijo, tan igual al de su madre. Cerró las puertas de sus habitaciones y se prohibió entrar. No pudo. Fue precisamente en el cuarto de su hija donde se sintió enfermo. Sabía lo que podía ser. Al día siguiente pidió a su joven compañero que le sustituyera. Esperó a la visita que le hacía Baldomero al empezar la noche y le dijo que le llevara en coche a Zaragoza.
- ¿Puedes? Debo visitar a un colega.
Pudo. Se hizo unos análisis de sangre y un electro. Fue suficiente. Baldomero fue discreto. Respetó el silencio que el médico impuso a su regreso. Sólo a la vista de las luces de Reinas, dijo:
- ¿Malas noticias?
- Tengo una enfermedad cardiaca grave. Lo sospechaba desde hace tiempo, pero cuando se confirman las sospechas, nunca se sabe cómo vamos a reaccionar. Espero poder expirar con discreción.
No era un buen momento para una fiesta de bienvenida. Si el tiempo transcurre con pausa, todo tiene arreglo.
Los dejó llegar a casa antes que él. Doscientos pasos adelante. Esperó a que abrieran la puerta. Llegó sigilosamente. Llevó al caballo a la cuadra. Subió la escalera. El dolor le comenzó en las puntas de los dedos de su mano izquierda. No fue un dolor blando. Fue un martillazo. Se recostó en la barandilla del descansillo. El médico regresaba de cerrar los ojos a un anciano que recibió tranquilo a la muerte. Tras treinta años de ejercer la medicina se le enfriaban los pies en las defunciones. El siguiente martillazo lo sintió en el hombro. El que le golpeó el pecho le cerró sus ojos. Cayó de espaldas por el hueco de la escalera que daba a la cuadra. El sonido de su cuerpo al desplomarse sólo escuchó su caballo blanco y negro, que golpeó cinco veces con sus pezuñas la paja del suelo.
Una hora más tarde, Baldomero lo subió al hombro. Vio una raya de luz por debajo de la puerta y la golpeó con la punta de sus botas. Le abrió Pilar. La muchacha se quedó quieta. No hizo falta que nadie le contara que el muerto era su padre. Baldomero le dejó encima de su cama. Pedro le quitó el fonendoscopio de su cuello y le auscultó el pecho. Abrió el maletín de su padre y le limpió una herida de su frente.
- En la ciudad le dijeron que sufría del corazón- dijo Baldomero.
Su voz ronca cubrió el silencio de la habitación.


FIN


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