jueves, 10 de marzo de 2016

OLLA A PRESIÓN

    A Martín Aza le dio un vuelco el corazón cuando la mujer del sorteo cantó su número desde la atalaya de la tómbola.  Su sangre se le agolpó en el rostro y lo tuvo encendido hasta que gritó: “¡el mío!” con una voz que le pareció de otro. Fue en una tarde calurosa de julio  cuando Martín vislumbró por primera vez en su vida lo que era sentirse feliz. Una especie de euforia se asentó en su ser al ver llegar a un hombre con cabeza de tigre, que le ayudó a llegar hasta el mostrador de la tómbola para recoger la maravillosa olla a presión de acero inoxidable que le tocó por el precio de 1 euro. Martín era un muchacho de diecisiete años con las orejas separadas y los ojos de color miel. Fue con seguridad el momento más feliz de su vida. Su existencia anodina había transcurrido en un hogar monótono, casi letárgico, en el que su abuelo, cuando le veía pegado al cristal de la ventana con la mirada perdida, se frotaba las manos y le decía: “¡Venga! ¡Saca el tablero, que vamos a jugar una partida de damas!” Su madre, una flor lánguida de tanto llorar la falta de su marido, le trajo al mundo en un postrer esfuerzo que la dejó exhausta tres días y tres noches hasta que expiró sin siquiera haber acariciado a la criatura.  Su abuelo, el último  acomodador del Cine Majestad, recogió al bebé de la planta de nacidos del Hospital después  de incinerar a su hija y lo llevó a casa. Los tres primeros años cuidó del niño una señora triste que sabía poner inyecciones. Trataba al crío de usted para que no le cogiera confianza, le permitía llorar el tiempo que quisiera y le soplaba en las orejas cuando el niño esbozaba una sonrisa. El nombre de Martín se lo puso su abuelo en recuerdo de su padre, un cocinero de barco que se perdió del todo en el mercado de especias de Estambul. Al cumplir tres años su abuelo despidió a la señora triste que sabía poner inyecciones y mandó al niño a la escuela. 

Así, Elías Helador y Martín Aza, abuelo materno y  nieto, quedaron como únicos habitantes de la vivienda sita en la calle Arrigoñi, nº 2, bajo Iz.  Era una casa de cinco pisos en el camino que lleva al monte y a la Perrera Municipal. A unos cien metros de la perrera había una campa y una nave con tejado de Uralita en donde desguazaban coches. Allí le llevaba su abuelo  a la salida de la escuela para que jugara hasta hartarse con tuercas, bolas de acero y bujías. Elías Helador, a pesar de haber trabajado treinta años de acomodador en el Cine Majestad, no entendía cómo la gente podía pagar dinero por ver una película. Se ponía enfermo cuando el público miraba absorto la pantalla, y de sus ojos brotaban lágrimas verdaderas y hombres de pelo en pecho suspiraban sin vergüenza. O cuando soltaban una carcajada unísona provocada por unos figurines que no eran de verdad. Desde luego que nunca había leído un libro. A los hombres que escuchaban narrar un suceso en la peluquería en sagrado silencio, les consideraba tontos por creer en las palabras del narrador, seguramente un haragán vendedor de fantasías. Elías Helador era un hombre desconfiado, falto de imaginación. Lo único realmente extraordinario que hizo en su vida es subir en globo.  Le invitó el dueño del Cine Majestad y subió y bajó impertérrito sin sentir nada especial. Por eso no lo contó nunca. Ni siquiera a su nieto Martín, que crecía triste en un mundo sin sobresaltos. 
Martín Aza llegó a los diecisiete años con un estirón espectacular. Creció tanto que su abuelo, que ya había rebasado los ochenta años, se pasó una mañana revolviendo los armarios en busca de unos pantalones que le sirvieran.  Todavía guardaba su traje de novio y el traje azul con botones dorados de acomodador del Cine Majestad.  “¡Estos críos crecen la hostia!”, dijo a su propia imagen dibujada en el espejo del armario. Y es que lo había visto por la mañana alejarse de casa camino del Instituto con los bajos de sus pantalones lamiéndole las rodillas.
- Toma. Ponte estos pantalones- le dijo el anciano a Martín sin pensar que él midió uno sesenta cuando le tallaron para el servicio militar. 
- Se han rasgado-dijo Martín desde su cuarto.
Elías volvió aquella tarde con unos vaqueros que  curaron el mal aspecto del muchacho. Su caminar despreocupado, su mirada de miel y hasta sus orejas soplete descubrieron a un hombre recién nacido agradable de contemplar. 
- Nadie podrá decir que te  he alimentado mal- dijo el abuelo con cierto orgullo.
Martín también sintió que algo había cambiado a su alrededor. Sobre todo le llamó la atención que tanto sus profesores como sus condiscípulos de ambos géneros (cursaba el último año de bachiller) comenzaron a tratarlo como si lo vieran por primera vez. Su mundo plano empezó a resquebrajarse, sobre todo con las miradas eléctricas que recibía del género femenino. Ahora sus ojos de color miel miraban de reojo las señas de identidad superiores de sus compañeras; se paraba en el patio para verlas jugar a la pelota; los domingos, prefería quedarse en la ventana de su cuarto para ver a grupos de jóvenes que salían al monte. Por el contrario, comenzó a desestimar las invitaciones de su abuelo para echar una partida de damas, temió mancharse sus pantalones nuevos de grasa en la campa de desguace de coches y, sobre todo, descubrió en su conciencia incomodidades desconocidas hasta entonces. Unos vaqueros bien ajustados pueden cambiar el carácter de cualquier persona. Y el cambio de carácter nunca llega solo. El Destino suele ser su compañero. 
Aquella tarde calurosa de julio, Martín Aza le dijo a su abuelo que unos compañeros de clase le habían invitado a una fiesta en casa de Patxo Boga, hijo de los Boga, dueños de la fábrica de galletas 5Estrellas.  Elías Helador sintió un ramalazo de orgullo y dio a Martín un billete de 20 euros. “Toma. Para gastar”, le dijo a su nieto. Se peinó diferente. 
- ¿Por qué te peinas raro?- le dijo su abuelo desde la puerta del baño. 

Martín descubrió a su abuelo en el espejo. Tenía una sonrisa rara. Le gustó. Elías se metió en la cocina silbando. Martín pensó que nunca había visto sonreír a su abuelo de aquella manera ni le había escuchado silbar algo que él no conocía. Sólo sabía cómo silbaba a los perros de la perrera de al lado de casa. Un sentimiento extraño por desconocido le sacó los colores. “Cuando me vuelva a peinar, cerraré la puerta del baño”, pensó. Al asomarse a la cocina para despedirse, el abuelo fregaba el viejo puchero del cocido.
 Eran los únicos vecinos de la escalera que no tenían olla a presión. Tampoco tenían tele. Bueno, sí tenían tele, pero no funcionaba desde hacía dieciséis años. Martín llegó al portal de los Boga con el pulso alterado. No subió en el ascensor. Encontró la puerta abierta. Gritó “¡Soy Martín!” hacia donde parecía llegar la música. Y repitió “¡Soy Martín!” casi gritando con el cuerpo metido en la casa. Echó a andar. Las voces le condujeron a una sala llena de desconocidos, posiblemente amigos de la hermana de Patxo Boga. Aunque había butacas y sofás, la tribu estaba sentada en el suelo. Todos hablaban. Una muchacha le miró de abajo arriba. Vestía vaqueros y una camiseta blanca que le marcaba sus pechos sueltos. Los ojos de Martín se quedaron quietos, tan entontecidos que siguieron mirando lo que veían, sin advertir que la moza le invitaba a sentarse a su lado con golpes de su mano en la tarima. Resucitó cuando ella le tiró de la pernera de su pantalón. Se sonrojó. Dio media vuelta y entró en otra sala mucho más grande en donde chicos y chicas del Insti jugaban con un impresionante tren eléctrico de siete vagones y locomotora con tres túneles y un pueblo entero con iglesia y frontón. “¡Joder!”, dijo asombrado. “¡Apa, tú!” le respondió Saioa, una chiquita de clase, abrazándolo por la cintura. 
- ¡Aparta, mosca! ¡Aparta de mí tus sarnosas alas!-dijo Martín.
- ¿Habéis oído? ¡Sabe hablar metafóricamente!-dijo Saioa

Martín se volvió a turbar. Sus intestinos empezaron a meter ruido. Sufrió un retorcijón, se encogió, tragó saliva. Otro retorcijón. Aguantó con los dientes prietos. Enrojecieron sus orejas. Sus amigos comenzaron a reír. El tren pitó al entrar en el pueblo. Martín salió y se metió por un pasillo. Caminó. Lo encontró. Era un baño grande. Se sentó y se vació del todo. Al comenzar a buscar el rollo de papel reparó en su confusión. Lo había hecho en el bidet. Ahora sí se sonrojó de cuerpo entero. Si el baño hubiera tenido ventana a buen seguro que se habría dejado caer. Huir. Es lo que hizo. Miró su deposición. Salió a la carrera. Voló escaleras abajo. La angustia frenó su escapada. 

El hipo y los sollozos se evaporaron con una especie de cosquilleo que eclosionó en una carcajada. Y ya la sonrisa no desapareció de su rostro hasta que llegó a la Feria y caminó por las calles de atracciones que habían conformado los barraqueros. Martín ya había estado en la Feria otros años. Pero nunca con veinte euros en el bolsillo. Endulzó su amargura con una nube de algodón de azúcar, una chalupa de coco y un pedazo de cardo americano. Así, su amargura se mudó en deleite. La tómbola de ollas de acero inoxidable estaba al fondo de la calle iluminada por potentes cañones de luz. Desde lejos parecía un platillo volante dispuesto a desaparecer. “¡Mágico!” “¡Parece el cielo!” Se lió a codazos para abrirse camino entre la muchedumbre. Llegó junto al inmenso altar de ollas. Compró un número. Todo el mundo lo hacía. Y la mano inocente de un crío sacó su número. Sintió todo junto: euforia, alegría, felicidad. Sensaciones nuevas. Cuando recogió la olla la vio entre la apretura. Lloraba de risa. Martín pudo vislumbrar sus pezones debajo de su camiseta blanca.
- ¡Me ha tocado un puchero!- dijo él.
- Te he seguido- dijo ella.
- Se la voy a regalar a mi abuelo.
- He corrido a todo correr. ¡Te he visto comer coco!
- ¿Quieres coco?
- Si tú quieres…

FIN



Arrigunaga (GETXO). 19 de enero de 2016.

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