jueves, 11 de agosto de 2016

POR DELANTE Y POR DETRÁS


Ana y Jon, joven pareja de buen ver, van a comprar el pan cogidos de la mano los sábados al mediodía. Ella es peluquera de perros y él, profesor de Matemáticas de Instituto. Es un matrimonio todavía virgen de broncas que se emociona contemplando los guiños que hace la luna a los enamorados. Jon es un joven impulsivo. No le importa mostrar sus prontos al tomar a su esposa por la cintura sin apartar sus ojos de sus labios. Pocos paseantes se pierden el cinematográfico destello de la pareja y engolfan sus rostros con sonrisas  cómplices. Ana y Jon caen bien a la gente. Gustan. Hay matrimonios fans, entusiastas del marianito y del plato de aceitunas, que madrugan para sentarse a orillas de las terrazas para verlos pasar y poder saludarlos con aspavientos y alharacas. La gente adusta los mira de reojo y hay mujeres fermentadas que se irritan por  su ternura. Envidia. Envidia inmunda que sienten ante una pareja hermosa, sin defectos, dos cuerpos correosos que incitan a pensar en actitudes propias de un dúo de actores dueños absolutos del arte de amar.

***

Don Claudio Forrado es un jovenzuelo de ochenta años con ojos de niño trasto, pelo blanco embarullado y un chirlo del tamaño de un garbanzo en una aleta de la nariz. Pasea con su perrita Azucena y con su vara de avellano que usa como traspié para derribar a los niños al suelo. Un entretenimiento gozoso para un viejo malo. Don Claudio Forrado lleva a Azucena los jueves a la peluquería para que Ana la acicale. Le gusta presenciar el baño desu perrita y no le importa pringarse de pelos y pompas de jabón, porque al terminar  con Azucena, Ana cepilla al viejo por delante y por detrás y don Claudio llena su boca de risas y se atraganta de contento. ¡Y dice que no tiene cosquillas! Es pillo y tramposo el niño viejo. Con sólo poner a reír a sus ojos claros conquista al mismo diablo. Y cuando Ana, antes de terminar, dice “ya está”, don Claudio se apresura en atrapar la mano de la peluquera para depositar en su cuenco un beso con cosquillas. Entonces Ana exclama:
- ¡Venga ya!-Y se frota la mano en su mandil.
Lo hace sin disimulo, con desenvoltura. Don Claudio no se amosca. Cree que finge para hacerle rabiar. Por eso dice:
- ¡Qué carácter!
Don Claudio vive solo en una casa de tres plantas al borde del acantilado. Aunque él sólo utiliza un cuarto para dormir y un salón para soñar, no hay día que no inspeccione las habitaciones de los tres pisos. Sobre todo vigila las treinta rateras que un día distribuyó por los lugares más estratégicos de la casa. Sólo se le conocen familiares viejos, tíos y tías que se van muriendo, acrecentando su fortuna como heredero universal.  Dicen que su fortuna no cabe en un carro cargado de ceros. Don Claudio no es avaro. Se conforma con tener dinero para llevar a su perrita Azucena a la peluquería y para dejar entre los dedos de Ana un billete de cincuenta euros de propina para verle los dientes al sonreír de felicidad. Y es que Ana y Jon se pusieron a ahorrar para ir un mes entero a un rincón del mundo. Soñaban con volar a un pueblo con caminos perdidos entre árboles grandes donde hubiera un río. Jon ha conseguido ahorrar casi dos pagas extraordinarias y Ana ha engordado su hucha de barro con las propinas. Ana no ha dicho a Jon que don Claudio le suelta un pico al mes. Le parece tanto dinero que siente rubor por sus besos castos en la palma de su mano. “¡Tiempo habrá!”, se dice. Así, sin darse cuenta, ha ido enterrando los billetes de papel en la hucha de barro entre monedas de euro. Ana se ha aficionado al regalo y cada vez cepilla con más perrería las prendas de don Claudio y se deja babosear la palma de su mano hasta que el billete de propina cambia sus colores y acrecienta su valor. Algo ha pasado. Ahora don Claudio lleva a Azucena dos veces por semana a la peluquería canina. Ana lava al perro y cepilla a don Claudio, aunque no hay nada que cepillar. Además, ha aprendido a arrugar su naricilla y a soplar con delicadeza los pabellones auditivos de las orejotas de don Claudio. ¿Por qué les crecerán  las orejas a los viejos?

***

Los domingos al mediodía, cuando Ana y Jon salen a pasear agarrados de la mano, se suelen encontrar con don Claudio que pasea a Azucena. La perrita arrima su rabo a las piernas de Ana y Jon celebra con cara de sorpresa cada piropo encubierto  que don Claudio le dice a su mujer. Sobre todo cuando le llama chiribita. 
- Este viejo está chiflado por ti-dice Jon después de arrancar la marcha.
- ¿Por qué dices eso?
- Se le nota. ¿Y dices que es rico?
- Rico y florido -dice Ana como cortafuegos. 
Ana y Jon suelen terminar su paseo a la orilla de la mar. Juegan con las lenguas de espuma de las olas: corren como dos adolescentes porque sienten las cosquillas del cariño en sus entrañas. Sin embargo, Ana no tiene la conciencia tranquila. Las propinas abultadas de don Claudio han rasgado en cierto modo su manera de ser y ya no piensa en el veraneo en un pueblo tranquilo con paseo al lado de un río. Ahora guarda los billetes que le regala don Claudio entre las hojas de un misal de su difunta madre: los de cincuenta, en Pentecostés, los de cien, en  Adviento, los de  doscientos, en Cuaresma  y los de quinientos en Resurrección. Sería una necedad desaparecer del pueblo durante un mes, cuatro semanas, ocho visitas de don Claudio con su perrita Azucena. Ocho besos en el cuenco de su mano, ocho cepillados desde sus hombros hasta sus tobillos. Además, ahora Ana olvida su mano en la bragueta de sus pantalones porque ha palpado el despertar del corazón del viejo. Es solo un segundo. ¡El diablo tiene alas de ángel! Los latidos enturbian los pozos de los ojos de don Claudio y su rostro se queda sin sangre. Ana se asusta. Parece un muerto. Pero espera el regalo soplando el cepillo. Don Claudio ha aprendido un truco de mago. Saca de la oreja de Azucena el billete de propina y riéndose como un muñeco, se lo entrega con una reverencia grotesca. 
- ¡Domingo de Resurrección!- exclama Ana.
- ¿Qué cosa dices?-pregunta don Claudio.
- Digo que usted es muy bueno conmigo. 
Don Claudio se marcha silbando. Quizás es más certero decir, resoplando. 

***        

Ana y Jon pasean los domingos por La Avenida. Los críos corren al regazo de sus madres. Les dicen al oído: ¡Allí vienen! A Ana le gustan las faldas con vuelo, las que revolotean como banderas con el empuje de sus rodillas. Enlaza sus dedos en los dedos de Jon. Tiene muchas ganas de comentar con su marido que ya no le apetece el viaje. Lo intenta.
- ¿Crees que no nos aburriremos en un pueblo?
- ¿Aburrirnos?-dice Jon mirando los labios de Ana.-Te aseguro que no pienso permitirte el tedio.
Ana busca una frase para poner bajo aviso a Jon. Pero las palabras llegan muertas a su boca. El susurro de los pinos, el gorjeo de los pajarillos que escarban en el suelo en busca de gusanos, la algazara de los niños ahuyentan la mala conciencia de Ana y piensa emocionada en el pueblo perdido. 
- Creo que debemos esperar-dice Ana con la voz temblorosa.
- Esperar… ¿a qué?
- Podremos tener más pasta. 
- ¿Cómo vamos a ahorrar más, alma de cántaro?
- Nada. Que don Claudio me suelta propinas en papel -dice Ana con entonación de niña.
- ¿Por lavar a un perro?
-  ¡Claro! ¿Qué te piensas?
Ana y Jon salen a pisar los festones de las olas. Ana pierde el paso. Le quema la lengua. Lo suelta:
- Don Claudio me besa las manos. Y además le gusta que le cepille por delante y por detrás.  Y que le sople en las orejas.
- ¡Vaya! ¿Cuánto te da?
- Una fortuna. Alguna vez me ha soltado 500 euros.
- ¡Mentirosilla!
- Están en el misal de mi madre. 
Jon patea una ola.  

***

 Sus padres estamparon su coche contra un camión en un cambio de rasante. Dejaron a Ana huérfana. Le vigilaron la adolescencia las nueve hermanas de su madre. Cada uno o dos meses acudía de visita alguna de sus tías a la casa en la que estaba alojada y se la llevaba a su casa como un saco de patatas. Siete largos años cambiando de cama y de primos. Hasta que se fugó. Todas las tías la olvidaron. Todas, menos una: la tía Concha, la mayor. También Ana la echaba en falta. Quizás porque le compró las primeras compresas, le ayudó a comprender el teorema de Tales y olía como su madre.
- Desde luego que sí, amante mía -le dijo la tía Concha-. Deja al viejo a mi cuidado. Lo conozco desde que el Papa era monaguillo. Ve en paz que ya me encargaré yo de que no lleve a su perrita a otra peluquería.

***

Sentados en el velador de la cafetería de la plaza del pueblo, Jon busca la boquita de Ana con la cucharilla llena de mantecado. 
- Primero prueba del mío. ¡Toma, toma! ¡Come!- dice Ana. 
La  suave brisa trae el olor dulce de las flores de un magnolio gigante que contempla impávido a la pareja. 
- ¿Piensas ahora que hemos hecho mal en venir?- pregunta Jon suspirando. Hiciste bien en pedir consejo a tu tía. Es una mujer que sabe lo que conviene a la juventud. ¡Y qué casa nos ha encontrado! Es un señor chalet con piscina y huerta. Hay dos perales, dos manzanos, creo que un melocotonero…
- Sí. Pero ¿para qué necesitamos cuatro cuartos y un gran comedor? La gigantesca pantalla de T.V. parece la de un cine. Dime ¿para qué?
- Para gastar los dineros que tienes guardados en el misal, brujilla- Ana arruga sus labios en un gesto picarón.
En medio de la palaza, una fuente derrama tres chorritos de agua que aparecen del fondo del estanque y se elevan hasta chocar en el aire. 
- Lo mejor de todo es que mañana, ni al otro, ni al otro tendré que lavar chuchos.
Por la calle que desemboca en la plaza asoma la cabeza el autobús de línea. Introduce todo su cuerpo en la acera de enfrente y abre sus puertas con un soplido de modernidad.
- Viene repleto-dice Jon.
Ana mira sus ventanales y contempla la salida de los pasajeros. La mayoría corre a coger sus enseres de los maleteros. Ana empalidece. 
 - Dime que lo que veo no es verdad-musita Ana a duras penas.
- ¿Qué no es verdad, corazón mío?
De pronto, un silbido de montañero ensucia el olor de las flores de magnolio.
- ¡Son Ana y Jon! ¡Eh! ¡Allí en frente, sentados como artistas de cine!- grita el marido de su tía. 
- ¡Toma! ¡Tu tío Diógenes!-exclama Jon.
- ¡Son ellos! ¡Qué casualidad! ¿No es una casualidad que os hayamos encontrado a la primera?-dice el tío llegando a su lado.
- ¡Os queríamos dar una gran sorpresa!-dice la tía Concha- Sólo he traído a mis tres pollitas. ¡Venid aquí nenas! ¡Saludad a vuestros primos! Y ellas se han traído a sus amigos fuertes. No te preocupes, ya nos arreglaremos. Donde comen dos, comen diez. Además, sólo nos quedaremos una semanita. Luego, ya veremos. Espero no molestaros…
Ana, casi al borde de perder el conocimiento, escucha una voz muy conocida. 
- ¿No se acuerda nadie de mí?-dijo don Claudio.
Jon comenzó a sentir un frío raro.
Ana sintió el rabo de Azucena en sus piernas.
Jon se levantó con cara de asesino. Ana, sabiendo que tendría que pasar mucho tiempo para volver a sonreír, dijo:
- ¡Qué bien habéis hecho en venir!  

   
FIN


Arrigunaga (GETXO), 2 de agosto de 2016.

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