martes, 29 de noviembre de 2016

VIDAS EJEMPLARES


 Moncho y Ramona eran hermanos, guapos, hermosos y de familia venida a menos. Tenían una tía bisabuela beata, Mar Ros, experimentada botánica en yerbas santas recogidas en los bosques del convento de Miraflores; un tío que llegó a capitán general de la pandilla de Franco, que guardaba los puros en su bastón de mando; también tenían un hermano cheposito, el mayor, que se llamaba Pachín y trabajaba en El Corte Inglés en la sección de alfombras orientales. El padre de los tres era secretario de Ayuntamiento y su madre matrona de padres abertzales en un pueblo de Gipuzkoa. Una familia de ahora con todas sus consecuencias. 
Moncho era psicólogo. Tuvo mal ojo. Diez años buscando trabajo. Nada. Ramona era farmacéutica sin farmacia. Mileurista por meses, ocho años de trapillos, clienta de mercadillo, vacaciones en el mar Cantábrico, el de abajo de casa. Las libretas de ahorro de los aitas adelgazaban sin parar. Estaban enfermas. Ramona tenía coche, Moncho una motocicleta de tócame Roque, Pachín coche y un cascajo con motor fuera borda. Los aitas, un Renault con quince años parado en el garaje de casa. Para ir al súper a hacer la compra gorda del mes, sirve. La clase media de antes de Rajoy, ahora despeñada, lucha para que las olas no les cubran la nariz.  Una sociedad sin clase media no respira. Ricos y pobres. A lo mejor es suficiente. Moncho y Ramona  eran conscientes de que sus prerrogativas de niños bien estaban a punto de desaparecer desde que besaron los treinta años. Pertenecían por derecho propio al tanto por ciento de abandonados por la ruleta. Destrozada la lógica que había imperado en las clases sociales, se quedaron en brazos de la soberana madre que reparte el trabajo con lupa: los licenciados en algo, a jardineros; los doctores ingenieros, a bomberos; los economistas, a barberos; los que sobran, de camareros al extranjero. Moncho y Ramona no tenían secretos entre ellos. Se llevaban tan bien que hasta se cambiaban las revistas porno. Su camaradería  venía de antiguo. Su madre les metió en la misma cama cuando todavía eran de mantos, un gran lecho de matrimonio que esperaba ocupas desde que falleció su tía beata Mar Ros. Hermanos con el mismo color de pelo, el mismo brillo en los ojos, el mismo olor de piel, pero diferente edad, que se fue acortando con el tiempo. Los tomaban por gemelos. Y es que, además, su padre, el secretario de Ayuntamiento, supo recalificar sus papeles y hacerlos hermanos gemelos por ley. Total, unas cuantas firmas de otros, memorizadas de tanto verlas. “¡Son tan simétricos!”, le dijo a su esposa. 
- Sí, pero yo estuve con ellos año y medio preñada y parí dos veces.
- ¡Cosas de mujeres!- decía el padre desde que dio el pego a las autoridades competentes en partos.
Ramona y Moncho no protestaron. Ni cuando su padre cometió la travesura ni cuando llegaron a adultos con licencia para votar. Además, les gustaba ser gemelos. Su intimidad rayaba en lo enfermizo. No había día que no se regalaran alguna confidencia. Así, sus vidas llegaron a ser patrimonio de los dos. También se contaban sus aventuras sexuales. Eran buenos. Los mejores, según su opinión. Se reían con salud el uno del otro, a carcajada limpia. Tanto que su hermano mayor acudía a su lado para recibir una raspa de alegría. Se la daban. Pero Pachín, vendedor de alfombras nobles, sonreía por compromiso y pensaba que sus hermanitos habían desequilibrado su visión de la realidad. Pachín era un soso de mala curación porque estaba convencido de que su simpleza era el carácter de la gente feliz. No le faltaba razón.
Ramona y Moncho tenían amigos con los que iban de botellón a mamarse con mezclas inimaginables. No les duró mucho. Su padre les esperaba en la cocina sentado en una banqueta. 
Cuando les sentía enredar en la cerradura, corría a abrirles la puerta con una sonrisa endiablada. Les llevaba de la mano a su habitación y esperaba a que se acostaran para arroparles con mimo. Algo sabía el hombre. Fueron tres largos años lo que tardaron los gemelos en darse cuenta de que su padre no iba a tirar la toalla. Por eso el secretario de Ayuntamiento predicaba que a los hijos hay que educar con perseverancia. Los tres años de juegos nocturnos sirvieron para que Ramona y Moncho hicieran un montón de amigos. Y es que los gemelos atraían. No olvidaban los nombres nuevos, hablaban mirando a los ojos sin abandonar la sonrisa, sin rechazar una caricia, sin negar un beso. Se pusieron de moda. El que no conocía a los gemelos era cosa mala propia de gente imperfecta.  Uno: “En cuanto me miró a los ojos, me enamoré de ella.” Una: “¿No te has dado cuenta cómo se toca la tripa Moncho cuando se ríe? Es único. Un crack.”  
Al cumplir treinta años, el demonio se fijó en ellos. Treinta años es la edad en la que los individuos hacen generalmente examen de conciencia. Es la edad en la que se detienen delante del espejo del baño, sorprendidos porque su rostro ha mudado su gesto de toda la vida. Un fogonazo. Eso es. Es un flash que te obliga a pararte en seco para estudiar qué es lo que te ha cambiado el semblante: unas arruguillas casi invisibles, alguna cana, una expresión nueva en la boca, ¿más dura? Casi es lo de menos. Lo más preocupante es que también el carácter, el sentido común, muda sus costumbres de tal manera que lo que antes era importante, ahora es trivial; lo que te hacía reír, no tiene chispa. Fue Ramona la que se sintió primero acongojada. No contó nada a su hermano.  No quería decirle: “Hermanito, no digas sandeces. Antes tus ocurrencias me divertían un montón. Ahora me parecen propias de un muchacho sin gracia”.  Y es que, además  de reparar en la metamorfosis de su semblante, Ramona  descubrió entre la multitud de ojos que la miraban, unos muy grandes que la sedujeron sin remisión. Eran de Ulises Cañaveral, un hombre chato con la voz cascada, como de terciopelo viejo, que se le reflejaba su corazón en sus ojos al ver o escuchar o tocar u oler a Ramona a cualquier distancia en locales cerrados o en el raso de la calle. 
Ocurrió eso que dicen flechazo, que es cuando a una pareja les nace en sus cabellos un rayo verde, como el fenómeno óptico atmosférico que ocurre poco después de la puesta de sol. Ulises Cañaveral era de vientre hundido, gran comedor de alubias que trabajaba de jardinero en el Ayuntamiento cuidando las rotondas de la carretera. Era un detallista que plantaba flores con guindillas en circunferencias perfectas separadas por caminos de piedras subidas de la playa. Provenía de la Escuela de Agrimensores de Aragón. Fue ella la que se acercó a él. Y desde entonces sufrían cuando se tenían que separar porque temían no volver a encontrarse. Ulises Cañaveral le regalaba flores secas dentro de libros de astronomía, que Ramona comenzó a coleccionar. Ramona regalaba a Ulises guantes de laboratorio, que hurtaba en la farmacia para que no se estropeara las manos en su contacto con la tierra. Cuando Moncho percibió las rarezas de su hermana, cogió su almohada y pidió permiso a su hermano Pachín para acostarse a su lado. Y es que comprendió que su hermana se había hecho mayor y le habían dejado de interesar las conversaciones mundanas.
 Moncho echaba mucho de menos a Ramona. Se aburría. Llevaba siete años presentándose a toda clase de oposiciones en donde pedían psicólogos. Y es que, fuera de los libros que había estudiado en la Facultad, no se había preocupado en adquirir otros conocimientos. ¡El diablo! ¡Primero te larga cuerda y luego la suelta de golpe! Ella, que ha paseado su olor, esencia de pitiminí, ha hecho lo que hay que hacer: derretir su carne de hielo ante un Adán que la toma de la mano y la lleva a pasear por las veredas por donde pasean los enamorados encerrados en su bola de cristal. Feliz pareja que no se harta de respirar el aire viciado que emana de su piel, de capturar sus miradas, de confesarse sus sueños de amor.  Moncho no sabe de estas cosas. Él no es infeliz por no tener trabajo. Es su vida: no parar de buscarlo. Lo hace. Ése es su trabajo. Es lo que le aconsejan sus padres. No parar de buscarlo. Como hacen los demás. Sin embargo, desde que el espejo le devuelve la imagen de un Moncho de treinta años, se ha comenzado a preguntar por qué los años corren tan rápido, por qué su hermana ha dejado de ser gemela, por qué su hermano no se olvida de recordarle que se le está pasando el tiempo de encontrar trabajo, por qué la vida ya no le hace reír.
Ramona era dichosa cuando metía su coche en una rotonda. Las flores de Ulises Cañaveral guiaban los pasos del viejo vehículo por el laberinto de la rotonda apartándola de los peligros de las circunferencias. Ramona preguntaba a Ulises en cuál rotonda le tocaba trabajar. No era raro verla escondida tras un seto vigilando a Ulises. ¡Y es que no podía vivir sin él! En la rotonda del Escapulario, al lado de una tienda de aparatos eléctricos, había un banco de jardín detrás de un aparcamiento de motocicletas. Ramona jugaba sentada allí con su trenza deshecha y pensaba sin dejar de observar a Ulises, en el tiempo perdido de su juventud. Todo lo pasado, apena. El futuro asusta. Sobre todo cuando eres viejo. En el presente se juega con las cartas descubiertas. Moncho comenzó a seguir a su hermana por las rotondas de la ciudad. Cuando descubría a Ulises Cañaveral expuesto a la miraba de los viandantes en el escaparate del jardín central, allí agachado fumigando una cueva de hormigas con alas, o en pie, enseñando el bocho de su barriga vacía de alubias, anhelaba encontrar por fin un trabajo de algo que sirviera para echarse un jodido euro al bolsillo ganado con el sudor de su frente.
Dios aprieta pero…  Lo encontró.  Era un fabuloso curro. Había que tener la carne blanca, los ojos negros, los dedos largos, la sangre limpia. Él era así. Le pidieron imaginación. Tenía. Le aceptaron. Aquella misma noche comunicó a su familia después del telediario que a primeros del mes entrante comenzaba a trabajar en unos laboratorios del polígono industrial del Tazón. Y es que, tras una semana de  estudiar la oferta de una multinacional, tomó la decisión de convertirse en donante de esperma. 
“La vida es una conmiseración oblicua” se dijo sin saber como definir el futuro en general. Un futuro que transcurrió apaciblemente llenando probetas con su esperma 10 de máxima calidad. Tras un año comprando revistas para mantener la producción uniforme, comenzó a viajar. Hay gente que no está dispuesta a que su hijo sea concebido en un laboratorio. Así fue como terminó acostándose con la mujer, mientras el hombre estaba con ellos en la cama. Hay hombres que necesitan estar presentes mientras  su hijo está siendo creado. 
Ramona se soltaba la trenza para ir a trabajar. A Pachín le subieron el sueldo en El Corte Inglés, se dejó perilla y se compró un peine. Moncho escupía un lapo en la palma de su mano izquierda. Era zurdo. ¡Para que digan que el catecismo neoliberal es malo!


FIN


Arrigunaga, (Getxo) a 3 de noviembre de 2016.


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